jueves, 3 de diciembre de 2009

¿Quién se hizo prójimo del herido?

La ley de Dios nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos. Este mandamiento es semejante a la norma suprema de Moisés que ordena amar a Dios con todo el corazón. De la comprensión unificada de este mandato doble depende, en verdad, la profunda intención del Evangelio.
Tanto debió de repetir Jesús a los que lo seguían que era necesario amar a Dios y al prójimo, que finalmente un fariseo pidió una explicación: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10,29).
Hubiese sido fácil contestar diciendo que «prójimo» es el que está cerca, que «prójimo» son los otros hombres. Pero en el Evangelio, la proximidad no es una medida física, es una dimensión del corazón.
La respuesta era tan importante que Jesús dio un largo rodeo para hacerse entender.
Él contó una parábola que debió de extrañar a los judíos de aquel tiempo, porque hablaba de las bondades de un hombre de Samaria. Ese samaritano ayudó con delicadeza y con sus bienes a un desgraciado que había sido atacado cuando caminaba de Jerusalén a Jericó. Un sacerdote, en cambio, y un levita que pasaron por el mismo lugar, siguieron su marrcha sin molestarse con ese ser que parecía muerto.
Curiosamente, al contar esa parábola, Jesús no hacía sino narrar su propia historia. Él era el buen samaritano. Él vio que había entre nosotros mucha gente herida y mutilada; que había pobres y humillados; que había muchas personas solas y extraviadas. Él percibió que pocos en este mundo se acercaban de verdad a los sufrientes, porque éstos no son «prójimo» de nadie. Percibió que en este mundo, a pesar de la cercanía física, había distancias y abismos muy profundos que separaban al hombre de su hermano. Entonces él decidió llenar esos abismos. Él, que compartía el ser de Dios, decidió compartido con la humanidad que estaba abandonada. Jesús se hizo samaritano y se detuvo en el camino que bajaba de Jerusalén a Jericó y en un recodo de esa ruta estaba también yo. Él quiso hacerse cercanía de todos los que lloran. Él se hizo prójimo.
Jesús, con su ejemplo y con su propia vida, cambió la perspectiva del fariseo que preguntaba por su prójimo. Él respondió a la pregunta dándole vuelta. La diferencia parece sutil pero es muy importante. Él se puso del lado de los que sufren y desde allí miró para ver quién se atrevía a dar un paso; quién era capaz de acercarse al desvalido; quién se hacía «prójimo» del necesitado. En lugar de preguntar quién era prójimo del samaritano o andariego, preguntó quién se hizo prójimo del que estaba herido. Por eso, no interesa tanto saber quién es mi prójimo, cuanto mirar al caído y ver si yo me hago prójimo de él, saber a quién me acerco yo. La verdadera pregunta no es quién es mi prójimo sino quién lo es del que está en necesidad.
¿De quién me hago prójimo? ¿Por quién me preocupo? ¿A quién le doy mi tiempo? ¿Por quién corro riesgos? ¿A quién socorro? ¿A quién le doy mi dinero? La pregunta es necesario formularla desde los que necesitan una mano y tan difícilmente encuentran a alguien con voluntad de cercanía.
A ellos es bueno preguntarles: ¿quién se acercó a ti cuando estabas en tu necesidad?
Todos buscamos que nos amen y consuelen. Nadie quiere quedar solo en esta vida y Jesús nos invita a salir de nosotros, a cambiar la perspectiva y buscar, no tanto mi propia compañía, sino que nadie quede solo. El problema no es saber quiénes están cerca de mí, sino de quién me hago yo prójimo. Si el samaritano hubiese pensado en sus derechos, en su cansancio o en sus necesidades, si hubiese mirado el mundo desde sí mismo, el herido no hubiese tenido jamás prójimo alguno y curiosamente, el mismo samaritano hubiese seguido solo en su camino. «¿Quién se hizo prójimo del herido?». Es ésta una pregunta esenciallmente cristiana, y el Señor vuelve hoya formulámosla.
Es importante centrar la vida en el otro y no en mí mismo; iniciar la aventura de acercamos a los demás, de preocuparnos por ellos, de hacerlos, de verdad, «prójimos» nuestros.
Jesús se hizo prójimo mío. Él asumió mi vida. Él tuvo la iniciativa de acercarse. Yo fui importante para él y él me invita hoya hacer lo mismo por mi hermano.
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¡Alabado sea Jesucristo!
BUENAS NOTICIAS PARA ELHOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangelización

Oremos por nuestros sacerdotes

Salido de la mano del Padre -la Vida- y de su Espíritu -la Luz-, el Hijo de Dios se ha manifestado en carne humana: puso su tienda entre los hombres y para ellos. Jesús ¡"Dios con nosotros"! y ¡"nosotros con Dios"!
Siempre Dios y, una vez hombre, siempre hombre, su humanidad, misterio de plenitud, recogió también la condición de límites y necesidades; la misericordia de su corazón sacerdotal le permite experimentar las flaquezas y compadecerse de ellas.
Su carne, con la hechura de la tienda de los hombres, sufrió la pasión y la muerte, pero una vez resucitado guarda de Dios las cualidades porque en ella reside la plenitud de la divinidad.
Si la suprema acción sacerdotal de Jesús consistió en ofrecer al Padre su propia vida, su pasión y su muerte por la salvación de los hombres, la misión que nuestro Sumo Sacerdote, comunica al pueblo santa por la unción de su Espíritu es: "hacer de nuestra vida una ofrenda continuada".
Y todavía, de este pueblo sacerdotal escoge algunos amigos para compartirles el precioso regalo de su sacerdocio ministerial, de modo que puedan ofrecer los frutos de la tierra y del trabajo del hombre y consagrarlos en su propio Cuerpo y en su Sangre. Conviene recordar que lo que no se ofrece no se consagra.
Los sacerdotes, misericordiosamente investidos de este ministerio, no predican a ellos mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, ya como siervos de nosotros por Jesús. Pues el mismo Dios que dijo "De las tinieblas brille la luz", ha hecho brillar la luz en sus corazones para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo.
Llevan este Tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria, es de Dios y no de ellos. Por eso no desfallen. Aún cuando su hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando día a día. Y con el rostro descubierto reflejan como en un espejo la gloria del Señor y se van transformando en esa misma imagen, cada vez más gloriosos porque así actua el Señor que es Espíritu. (2Cor 4,5-7.16;3-18).
El pueblo cristiano ora continuamente por la santificación y multiplicación de los sacerdotes, como un fuego prendido en los huesos que aunque se trate de extinguirlo no se puede. ¡Que nuestras oraciones contribuyan a incrementar esta reserva de gracia!
Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: "Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Esta es lacvida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese.
He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra.
Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti. Y han creído que tú me has enviado.
Por ellos ruego; no ruego por el mundo sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido. salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura.
Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno.
Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad. No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mi, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en tí, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.
Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.» Jn 17 1,26
De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cado la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el Nombre que ha heredado. Hb 1,1-4.
Convenía, en verdad, que Aquél por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación. Pues tanto el santificador como los santificados tienen todos el mismo origen. Por eso no se avengüenza de llamarles hermanos cuando dice: Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te cantaré himnos. Y también: pondré en él mi confianza. Hb 2,10-13.
Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados. Hb 2,17-18.
Teniendo, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos, Jesús, el hijo de Dios, mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna. Hb 4,14-16.
Porque todo Su mo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo qúe Aarón. Hb 5,1-4.
Cristo, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte fue escuchado por su actitud reverente y aún siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegó a la perfección y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec. Hb 5,7-10.
Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos sumos sacerdotes, luego por los del pueblo; y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. Es que la Ley instituye sumos sacerdotes a los hombres frágiles; pero la palabra de juramento, posterior a la Ley hace al Hijo perfecto para siempre. Hb 7,26-28.
Cristo se presentó como Sumo Sacerdote de los bienes fuuturos, a través de una tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre no con sangre de machos cabríos ni de novillos sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne. ¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Hb 9,11-14.
Cristo, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados. Hb 10,12-14.
Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios. Fijáos en aquél que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo. No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado. Hb 12,1-4.
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8 años enferma

Nuestra hermana Cristina con dice: Asistí a las instalaciones del Palacio del Arte a un “Retiro de Avivamiento” con el P. Marie Emmanuel, sacerdote muy conocido para quienes gustan ver el canal televisivo María Visión. Hablando en lenguaje religioso un retiro es dejar un receso a toda ocupación y preocupación humana para ir a un “encuentro personal con Dios”.
Llegué puntualmente a la cita que Dios me había invitado. Se respiraba en el recinto un ambiente de paz y cordialidad. Bellos arreglos florales adornaban y perfumaban el espacio, amores fraternos se concretaban en abrazos, amables saludos, frases de bienvenida, todos nos sentíamos familia de Dios, invitados del Señor. Todo era acogedor, se percibía la presencia divina surcando los aires, presente en todos los espacios, disponiendo los corazones, las voluntades, iluminando las inteligencias para ese encuentro íntimo y personal con Dios.
Inició este acontecimiento con unas calurosas palabras de bienvenida y el ministerio de canto nos fue llevando magistralmente a sentir en nuestras almas, a través del canto, alabanza y adoración, la presencia de Dios que nos inundaba e introducía místicamente en la insondable misericordia de nuestro Creador.
El retiro seguía su curso, vinieron muchos momentos muy fuertes de oración, guiados siempre por el carismático P. Emmanuel, reinaba la alegría, la fraternidad. Se aspiraban aires de nuevas esperanzas, fe renovada, gozo de sentirnos amados y escuchados por Dios.
En este marco de honda espiritualidad en comunión fraterna, unidos en oración, entrelazadas nuestras súplicas y alabanzas a Dios que todo lo puede, el P. Emmanuel, ungido del Señor, pronunció con la autoridad ministerial que Dios le ha conferido, una poderosa Oración de Sanación a las miles de personas ahí reunidas. Niños, jóvenes, adultos, ancianos, inmersos en la bondad divina fuimos tocados por Dios que vino a cada uno de múltiples maneras. Miles de voces alabando, adorando, contemplando a Dios. La oración se hacía más intensa, más profunda. El ministerio de música entonaba cantos que transportaban a la gloria, el P. clamaba a Dios-Amor por la sanación física y espiritual de todos los presentes. Era un momento de cielo vivido aquí en la tierra.
Yo había ido a alabar a Dios anhelando, como mis hermanos ahí reunidos, encontrarme con JESUS, DIOS SALVADOR, pero siempre es él quien nos encuentra y esta vez llovió de su misericordioso cielo sanación de cuerpos y almas a raudales.
Hacía aproximadamente ocho años que yo empecé a sentir dificultad para respirar. Con frecuencia me dolía el pecho. El cansancio y la fatiga ganaron terreno en mi vida diaria, me faltaba el aire durante el día y por la noche, respiraba a medias, con mucha insatisfacción, algo obstaculizaba mi respiración profunda que vino a deteriorar mi calidad de vida. Desde que presenté los primeros síntomas recibí atención esmerada de médicos especialistas y seguí cuidadosamente sus indicaciones y a pesar de todos los tratamientos que me recetaron mi salud no la recobraba.
Transcurría el anochecer del sábado 30 y el P. Emmanuel oraba incansable por nosotros y Dios escuchaba y actuaba: bendición, consuelo, liberación, sanación física, sanación espiritual y más recibimos por gratitud divina. Nadie retornó a casa con sus manos vacías. ¡Bendito Señor!
Recuerdo que en un instante cumbre de la oración me di cuenta de lo apacible de los latidos de mi corazón. Mi respiración era tranquila, profunda, total, plena de satisfacción… mis pulmones inhalaban y exhalaban plácida, apaciblemente… sentía paz, serenidad, quietud. Mi cuerpo se tornó ligero, flexible, podía elevar mis brazos para alabar a Dios, inclinarme cabeza ante su grandeza, levantar espalda, hombros, con toda soltura en alabanza a Dios. Ningún dolor, ningún obstáculo en mi respiración. ¡Dios me había sanado!
Interiormente seguíamos bendiciendo y alabando a Dios mientras lágrimas de agradecimiento asoman sin esfuerzo. Dios coronó su obra de sanación cuando el P. al tocar suavemente mi cabeza, el Altísimo me concedió tener un descanso en el Espíritu. ¡A ti la gloria Señor!
Gracias Dios nuestro: Tú eres el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin. Tu esencia es el amor y lo entregas a la humanidad entera, tu Espíritu que en la Creación aleteaba sobre la superficie de las aguas, hoy sigue renovando, ungiendo, sanando, obrando milagros. Dios preeminente, eres VIDA que comunica vida. Haz Señor que el don sobrenatural de la fe nos permita escuchar tu dulce voz que habla los lenguajes del cielo y de la tierra.
Cristina López Salcedo.
Ul domingo después de la celebraciòn de la Eucaristía una hermana se dirigió con nosotros a decirnos que tenía serios problemas con su columna vertebral, tres vértebras estaban completamente desviadas y le producían un dolor muy intenso, además de que no podía mover su espalda. Nos pidió oración y francamente no se la pudimos negar. Estamos acostumbrados que después de la Eucaristía no hacemos ninguna oración puesto que la Eucaristía es la oración por excelencia, la más grande. Pero nuestra hermana estaba completamente segura que Jesús la iba a sanar. Varios hermanos nos reunimos junto al sagrario y le dijimos a Jesús que creemos que él está ahí. Le tocamos a la puerta. Pusimos a nuestra hermana en sus manos. Al imponerle las manos ella tuvo descanso en el Espíritu y traté que cayera en la alfombra que estaba delante. Me tomó de sorpresa y se fue hacia atrás y se resbaló por los escalones. Le dije al Señor que si le pasaban otras complicaciones la tendría que sanar completamente.
Nuestra hermana quedó varios minutos de espalda en el frío mosaico. Cuando se puso de pie su espalda estaba completamente sana, sus vértebras estaban en su lugar, el dolor había desaparecido, Jesús la había sanado. Jesús usó el golpe y el frío y le dio lo que le hacía falta a nuestra hermana Paty.
¡Gloria a Dios!
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Lesión cerebral sanada

En días pasados tuve la gracia de asistir a la Primera Comunión de Valeria y su hermana Natalia. Normalmente las primeras comuniones son iguales, pero esta revistió una situación mucho muy especial. En una plática que tuve con sus papás me informaron que Valeria tenía ciertos problemas que se manifestaban con el poco avance en la escritura y la lectura. Ella quería escribir y leer pero no podía hacerlo en plenitud, le costaba mucho trabajo y esto le causaba inconformidad con ella misma. Le hicieron varios tratamientos para solucionar este problema pero el resultado no se veía. Los médicos dijeron a los papás que tenía una lesión cerebral causada por la falta de llanto al nacer.
A la mamá de Valeria le causaba mucho dolor ver las calificaciones de su hija, ya que al no poder leer y escribir rápido y bien, no podía igualarse a sus compañeros y sus evaluaciones eran bajas. Su mamá nos manda el siguiente testimonio: Tengo una hija de 6 años, muy normal, alegre, inquieta y feliz como toda niña, pero en la escuela es más inquieta de lo normal y la maestra veía que con ella tenía que trabajar más, debido a eso ha estado en observación al igual que otros compañeros de ella.
La directora tuvo a bien invitar a una psicóloga para observar a estos niños dentro de los cuales estaba mi hija. Después de algunas clases en las que la psicóloga estuvo presente nos fue llamando para comentarnos acerca del comportamiento de la niña. Y empezamos a platicar desde que ella nació, llegando a la conclusión que no lloró inmediatamente, lo cual hizo que la evaluación con la psicóloga confirmara que había algo raro. La llevamos con un neurólogo, le hicieron un electroencefalograma y apareció una alteración en el estudio Entró a un tratamiento pero antes de empezarlo le pedimos a Dios que nos ayudara con esto porque no imaginamos nunca que algo tan curioso para nosotros, como el que no llorara la niña al nacer fuera de cuidado, y hasta pensamos que había nacido media dormida.
Un hermano que hace oración en la Z radio los domingos a las seis de la tarde nos sugirió hacer oración en familia y lo hicimos lo mas pronto posible y quedamos muy sorprendidos. Durante la oración nuestras hijas abrieron sus biblias y participaron activamente y con mucho interés. Fue algo muy familiar y participamos en ese encuentro personal con Jesús vivo. En un momento Aurelio impuso las manos sobre la cabeza a nuestra hija y traía con él a Jesús en el relicario. Ahí fue cuando nuestra hija comentó que sintió algo muy caliente en su cabecita, sentía que algo le quemaba. Momentos antes habíamos escuchado un pasaje de la Biblia que en ese momento no comprendimos, pero después como que nos cayó el veinte, ese texto trataba justamente del Fuego, Espíritu Santo, que nos purifica.
Gracias a esta oración que hicimos en familia y que Dios quiso recibir, la niña empezó a presentar un avance en su escuela que hasta hubiera parecido ilógico porque en la misma semana empezó a leer y escribir con suma facilidad y al hacerlo con cierta fluidez, todos nos sorprendimos. Obviamente continúa con su medicamento médico, pero también es cierto que acabando de hacer la oración la niña escribió: “Aurelio, felicidades”, y a partir de ahí empezó a escribir y para nosotros eso es una muestra palpable de que Dios puede hacer lo que para nosotros es imposible.
Gracias Jesús porque nos estás escuchando y además porque tienes en nosotros a unos hijos que no se cansan de pedirte porque tu eres un Padre Bueno que no se cansa de darnos.
¡Gloria a Dios!
Esta sanación aceleró la Primera Comunión de Valeria ya que desde ese momento quería conocer más profundamente a Aquel que la había sanado y para nosotros es un auténtico llamado a comulgar con Jesús de Nazareth. Si tú también quieres sanar, acelera tu próxima comunión con quien tiene todo el poder en el cielo y en la tierra: Jesús, el Hijo de Dios, tu Hermano Mayor.
Pedimos al Santo Espíritu de Dios, que le pareció bien adelantarse en la familia de Valeria y mandó el Fuego que quema enfermedades, el Fuego que eleva la temperatura, saca de las tibiezas y se lleva las lesiones cerebrales...
La última vez que la mamá de Valeria recibió las calificaciones de su hija se admiró ya que fueron las más altas logradas desde su inicio en la escuela. Valeria invitó a Jesús a vivir con ella y le envió una carta en la cual le hace peticiones por sus papás y hermanos y por ella y termina la carta diciéndole a Jesús que él es su invitado de honor.
Esperamos en Dios que al recibir nuestra siguiente comunión la vivamos en plenitud y nos pase lo que desde toda la eternidad el Santo Espíritu de Dios nos tiene preparado y desea que lo recibamos en abundancia. Invita tú también a Jesús y espera su respuesta en tú próxima Comunión que hagas.
Quiera Dios que hoy y todos los domingos en el programa en la Z radio, te suceda algo igual o más grande que a Valeria.
-Después de una oración una hermana de comunidad, María Eugenia, se acercó y nos comentó: no pude participar delante del Santísimo en la oración por los enfermos porque venía con un dolor muy fuerte en la cintura y me tuve que quedar sentada. Cuando una hermana nos pidió que nos pusiéramos de pie para orar por un hermano que estaba de rodillas, hice un esfuerzo muy grande para estar parada y me puse en oración por él. Grande fue mi sorpresa pues cuando pedí por él: ¡el dolor se me quitó! En estos momentos no tengo ningún dolor y puedo hacer los movimientos que quiera. ¡Gloria a Dios!
Ese día predicamos que Jesús nos hace un llamado para subirnos a la "Barca de Pedro", su Iglesia, y ayudar en la evangelización y oración por los enfermos. Cuando nuestra hermana pidió por otra persona, la primer sanada fue ella. ¡Gloria a Dios!
Te invitamos a escuchar por la Z radio un programa con oración por la salud de los enfermos. Pedimos la presencia de María, hacemos oración pidiendo perdón por nuestras faltas cometidas e invocamos la presencia del Santo Espíritu de Dios. La parte central es la proclamación de la Palabra de Dios que es viva y eficaz y siempre cumple lo que contiene. Nuestros hermanos de comunidad piden oración por ellos o sus enfermos y Jesús al tener compasión por cada uno: nos sana. Después recibimos los testimonios de las personas que fueron sanadas, damos gracias, nos despedimos y los invitamos al próximo mensaje dominical. La cita con el Doctor de doctores que TODO lo sana es el domingo a las seis de la tarde en el consultorio más grande de Morelia: La Z radio, 96.3 FM y 1340 AM
Es un deber de los cristianos reconciliarse con Dios, confesarse, cuando se presenta un peligro de muerte. (mandamiento segundo de la Iglesia) ¡Facilita a tus enfermos este servicio! ¡Hazlo de día! Pero si se presenta una emergencia llama al Tel. 324 60 24 de 22:00 horas a 6:00 de la mañana. Confesión y Unción de los enfermos.
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¿De qué discutían?

Atravesando Galilea, medio escondido, sin detenerse, Jesús iba instruyendo a sus discípulos (cfr. Mc 9, 30). Ellos connversaban y discutían porque no entendían las palabras de su Maestro. En el primer descanso el Señor les hizo una pregunta decisiva: «¿De qué discutían por el camino?».
Es curioso, pero al menos dos veces se preocupó Jesús de lo que conversaban sus discípulos. Él, que los quería y que deseaba formarlos para el futuro ministerio, sabía que la palabra era importante. Qué se dice y cómo se dicen las cosas debía preocuparle a quien se interesaba en formar apóstoles.
Después de su resurrección, cuando ya terminaba su presencia visible entre los suyos, volvió a preguntarles de qué estaban hablando a dos que se alejaban, descorazonados, llorando la derrota. Ellos iban camino de Emaús (Lc 24,17).
Triste debió ser para el Señor constatar que, después de tanto esfuerzo pedagógico, la conversación de sus discípulos tuviese tan poca alma de Evangelio. En verdad ellos habían entendido poco. Discutían sobre quién era más importante y camino de Emaús, sin entender las Escrituras, iban mirando hacia atrás, rota toda esperanza.
Siguiendo el interés de Jesús, es bueno preguntarle al hombre de este siglo de qué habla y cómo se comunica.
Es triste constatar que en este tiempo nuestro hay mucha soledad. Por odio, por rutina, por falta de horizontes o por miedo, hay personas que han dejado de hablar. Mudas ante un televisor, hay familias enteras que han perdido la capacidad de mirarse a la cara, de conversar y de contar sus sueños.
«¿De qué discutes?». Preguntar esto equivale a interesarse por las cosas que nos apasionan, las cosas que son importantes para nosotros. Cuando tú hablas, ¿qué cosas tienen realmente valor para ti?
Muchos discuten y hablan de cosas que no valen la pena. Por desgracia, hay hombres que tienen un registro pequeño de intereses. Sólo se puede hablar con ellos de dinero, de sexo, de negocios, de futbol o de autos. La política, cuando se hace tema excluyente, puede ser también una forma de decir pocas cosas. Pero más delicado es cuando nuestra conversación, hecha para comunicarse y construir lazos, se dedica a destruir a otros.
En el hablar se manifiestan los prejuicios, las estrecheces de clase, las pasiones. También allí se manifiestan las ternuras, la grandeza, la objetividad y el respeto .. " «porque de la abundancia del corazón habla la lengua». (Lc 6,45)
El Señor quería que nuestra conversación fuese simple y directa: «Sí» o «No»; que jamás hiriera al hermano; que nos preocupáramos de las necesidades y dolores de los otros y que dijéramos en todo momento la verdad.
El hablar humano también debe ser bello, Es una pobreza grande tener un vocabulario reducido, una gramática imperfecta o convertir el lenguaje en una grosería. La grosería a veces se usa para ofender, pero la mayor parte de las veces es muletilla que oculta una inopia atroz. Empobrecer la palabra reduce fuertemente la capacidad que tiene el hombre de ser hombre... de entrar en comuunión y de dominar la tierra. Dios le dio a Adán, como muestra de su señorío, el poder de irle poniendo nombre al universo.
Jesús quiso enseñar a los suyos a hablar también con Dios. Sólo en ese diálogo confiado, donde el hombre puede decirle «Abbá, Padre» a Dios, la conversación, la palabra humana, adquiere toda su profundidad y su esplendor. Un hombre que nunca habla con Dios, verá que su palabra tarde o temprano perderá horizontes.
Por todo lo anterior, es bueno que hagamos hoy resonar en nosotros la pregunta de Jesús: «¿De qué discutes?».
Es un deber de los cristianos reconciliarse con Dios, confesarse, cuando se presenta un peligro de muerte. (mandamiento segundo de la Iglesia) ¡Facilita a tus enfermos este servicio! ¡Hazlo de día! Pero si se presenta una emergencia llama al Tel. 324 60 24 de 22:00 horas a 6:00 de la mañana. Confesión y Unción de los enfermos.
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Sólo Jesús me da Espíritu Santo

Ciertamente, el Espíritu Santo es "la promesa del Padre" y, por tanto, es el Padre quien lo envía a nosotros. Podríamos decir que "tanto me amó a mí que me dio su Santo Espíritu, para que yo, si lo recibo, no me pierda, sino que tenga vida eterna". Jesús mismo nos dice que es el Padre quien nos da este don inestimable: "el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan". Lc 11,13.
Pero es cosa clara en la revelación, que el Padre nos da su Espíritu sólo por medio de Jesús. El designio de Dios era que, cuando Jesús fuera glorificado, recibiera en su máxima plenitud el Espíritu Santo, y lo "repartiera" entre los creyentes. Leamos con cuidado los siguientes textos: 1- Jesús es presentado por Juan el Bautista como aquel que viene a traemos el don del Espíritu: "Yo los bautizo solamente con agua, como signo de purificación, pero EL QUE VIENE DESPUES DE MI, los bautizará con Espíritu Santo" Mt 3,11. 2- Jesús ofrece dar a los que crean en él y se lo pidan, el don del Espíritu Santo: "Si alguno tiene sed, que venga a Mi y beba. Con esto, Jesús quería decir que los que creyeran en él recibirán el Espíritu" Jn 7,37. 3- Por la intercesión de Jesús recibimos el don del Espíritu: "YO PEDIRE al Padre que les mande otro Paráclito que se quede para siempre con ustedes" Jn 14,15. 4- El Padre nos envía al Espíritu Santo en el nombre de Jesús, es decir, en atención a su mérito y a su intercesión: "El Espíritu Santo, que el Padre va a enviarles EN MI NOMBRE, les enseñará todas las cosas" Jn 14,26. 5- El Padre envía al Paráclito por medio de Jesús: "Cuando venga el Paráclito QUE YO VOY A ENVIAR de parte de mi Padre, él dará testimonio de Mi". Jn 15,26 6- Es Jesús resucitado y glorificado quien nos da el don del Espíritu: "Todavía no había venido el Espíritu, PORQUE JESUS NO HABIA SIDO AUN GLORIFICADO". Jn 7,38 "Jesús fue levantado para ir a sentarse a la derecha de Dios. Y recibió del Padre el Espíritu Santo que habla sido prometido, el cual a su vez, EL ESTÁ REPARTIENDO". Hech 2,33 7- Jesús comparte su privilegio actuando a través de sus apóstoles: "Entonces Pedro y Juan les impusieron las manos y así recibieron el Espíritu Santo. Simón, al ver que el Espíritu Santo venía cuando los apóstoles imponían las manos a la gente, les ofreció dinero y les dijo: Denme también a mí ese poder, para que aquel a quien yo le imponga las manos reciba el Espíritu Santo. Pedro le contestó: ¡Que tu dinero se condene contigo, porque has pensado comprar lo que es un don de Dios!". Hech 8,17
Podríamos resumir así esta enseñanza: El Espíritu Santo es un don del Padre, dado al hombre siempre por medio de Jesús resucitado y glorificado, concedido por los méritos y por la intercesión de Jesús a todos los que creen en él. En este sentido el Espíritu Santo es llamado: "el Espíritu de Jesús". Hech 16,7. "El Espíritu del Hijo". Gal 4,6, y "El Espíritu del Señor". Hech 5,9 y 8.39
El prefacio de la Misa del Espíritu Santo expresa admirablemente esta doctrina: "Verdaderamente es justo darte gracias, siempre y en todo lugar, Padre Santo, Dios Todopoderoso y eterno, por Jesucristo nuestro Señor. El cual después de haber resucitado, y estando sentado a tu derecha, derramó sobre tus hijos el Espíritu Santo que habías prometido. Por eso, llenos de profunda devoción, nos unimos a los ángeles para cantar tu alabanza".
Así pues, la oración para pedir el don del Espíritu Santo podemos dirigirla al Padre, en el nombre de Jesucristo nuestro Señor. O a Jesús, pidiéndole que, así como derramó sobre sus primeros discípulos aquel "bautismo" del Espíritu, así también lo realice en nosotros. O podemos dirigir nuestra oración al mismo Espíritu Santo diciéndole ¡VEN! como lo hace la Iglesia en su Liturgia.
Desde el día que Jesús subió al cielo, los creyentes tomaron la costumbre de reunirse para orar en el piso superior de la casa donde estaban alojados. "Eran como ciento veinte, y entre ellos estaban los apóstoles, los parientes de Jesús, María su madre, y las otras mujeres". Hech 1,1
Y diez días después de la ascensión de Jesús, el día en que los israelitas celebraban la alianza con Dios en el Sinaí, Jesús glorificado envió a "todos los creyentes, que estaban reunidos en aquel mismo lugar", la Promesa del Padre para consumar la nueva alianza. San Lucas narra así el hecho:
"De repente, como a las nueve de la mañana. (Hech 2,15) un gran ruido que venía del cielo, como de un viento poderoso, resonó en toda la casa. Y se les aparecieron lenguas como de fuego, repartidas sobre cada uno de ellos. Y todos comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu hacía que hablaran". Hech 2,1
Desde ese día, los discípulos comenzaron a predicar las buenas noticias de Jesús, y eran muchos los que se iban sumando al número de los creyentes. Pero las autoridades de los judíos amenazaron a los apóstoles con encarcelarlos si seguían predicando el nombre de Jesús. Entonces toda la comunidad cristiana se reunió para orar y dijeron:
"Concede a tus siervos que, a pesar de estas amenazas, anuncien tu mensaje sin miedo, y que por tu poder sanen a los enfermos y hagan milagros en el nombre de tu santo siervo Jesús. Y cuando acabaron de orar, el lugar donde estaban reunidos tembló; Y TODOS FUERON LLENOS DEL ESPÍRITU SANTO, y anunciaban abiertamente el mensaje de Dios". Hech 4,29...
Pasado algún tiempo, "cuando los apóstoles estaban en Jerusalén supieron que en Samaria habían aceptado el mensaje de Dios, mandaron allá a Pedro y a Juan. Al llegar, oraron por los creyentes de Samaria, para que recibieran al Espíritu Santo. Porque todavía no había venido el Espíritu Santo sobre ninguno de ellos; solamente se habían bautizado en el nombre del Señor Jesús. Entonces Pedro y Juan les impusieron las manos y así RECIBIERON EL ESPÍRITU SANTO". Hech 8,14...
Después de estos sucesos, Pedro fue a Cesarea, a casa de un centurión romano llamado Cornelio para hablarle a toda su familia acerca de Jesús. Habló de su vida, de sus milagros, de sus promesas de su muerte en la cruz y de su resurrección.
"Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo vino sobre todos los que escuchaban su mensaje. Y todos se quedaban admirados porque los oían hablar en lenguas extrañas alabando a Dios. Entonces Pedro dijo: ¿Acaso puede impedirse que sean bautizadas estas personas, que HAN RECIBIDO EL ESPÍRITU SANTO IGUAL QUE NOSOTROS? Y mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo". Hech 10,44
Entre tanto, en Damasco, un creyente llamado Ananías, fue a la casa donde estaba Saulo, el temido perseguidor de los cristianos. Al entrar, puso sus manos sobre él y le dijo: "Hermano Saulo, el Señor Jesús, el que se apareció en el camino por donde venías, me ha mandado para que recobres la vista y QUEDES LLENO DEL ESPÍRITU SANTO". Hech 9,17... Este Saulo, quien se llamó después Pablo, ya convertido de perseguidor en apóstol, llegó a Efeso donde encontró varios creyentes. Les preguntó: ¿Recibieron ustedes el Espíritu Santo cuando se hicieron creyentes? Ellos le contestaron: Ni siquiera hemos oído hablar del Espíritu Santo. Pablo les preguntó: Pues ¿qué bautismo recibieron ustedes? Y ellos respondieron: El bautismo de Juan. Pablo les dijo: Si, Juan bautizaba a los que se convertían a Dios, pero les decía que creyeran en el que vendría después de él, es decir, en Jesús. Al oír sus explicaciones, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús; y cuando Pablo les impuso las manos, VINO SOBRE ELLOS EL ESPÍRITU SANTO, y hablaban en lenguas extrañas, y comunicaban mensajes recibidos de Dios. Hech 19,1...
Estos casos en que el Espíritu Santo "viene sobre los creyentes" o "llena a los creyentes", son solo unos cuantos ejemplos de lo que sucedía normalmente y constantemente como fruto de la evangelización y de la conversión: "Habiendo escuchado la Palabra de la verdad, la buena nueva de la salvación y habiendo creído, fueron marcados con el sello del Espíritu Santo prometido". Ef 1,13. "Habiendo sido iluminados, GUSTARON EL DON CELESTIAL, RECIBIERON EL ESPÍRITU SANTO, saborearon las buenas nuevas de Dios, y los prodigios del mundo futuro". Heb 6,1...
"Conviértanse a Dios, bautícense en el nombre de Jesús y así EL LES DARA EL ESPÍRITU SANTO. Porque esta promesa es para ustedes, y para sus hijos, y para todos los que el Señor nuestro Dios quiera llamar". Hech 2,38
Es pues, un error lamentable pensar que Jesús cumplió la gran Promesa del Padre una sola vez y para un solo grupo el día del Pentecostés. Jesús resucitado y glorificado sigue cumpliendo fielmente su misión que es bautizar con el Espíritu Santo a todos los creyentes de todos los tiempos.
Por lo tanto, basta que te conviertas a Dios por medio de Jesucristo y asumas el compromiso de tu bautismo que es el de vivir como hijo de Dios, y acudas a Jesús con sed del agua viva; y el cumplirá en ti la gran promesa.
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¡Alabado sea Jesucristo!
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Grupo Apostólico Nueva Evangelización

Jesucristo resucitado te busca a ti

Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado; que no está aquí. Vean el lugar donde le pusieron. Pero vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ustedes a Galilea, allí lo verán como les dijo. (Mc 16,6-7)
Del texto anterior se puede derivar que cuando Jesús resucitó, tenía el gran deseo de ver a Pedro pues es al único que menciona concretamente el ángel, sentado en la piedra del sepulcro de Jesús, cuando explicó a las mujeres que el Señor había resucitado y les daba su mensaje! “...Vayan a decir a sus apóstoles y a Pedro”
¿Por qué se hace esa mención especial de Pedro? ¿Sería porque había dudas de que él llegará de nuevo a encontrarse con Jesús?
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro y llegó al sepulcro. (Jn 20,3-4)
Al leer este texto podríamos explicarnos lo que pasó cuando Pedro recibió de María Magdalena la noticia de la Resurrección de Jesús. La Escritura nos dice que Pedro y Juan corrieron rumbo al sepulcro pero Juan llegó primero, ¿Por qué? ¿Tendría Pedro algún temor de encontrarse con Jesús? ¿Recordaría sus acciones antes de la muerte del Señor? ¿Pensaría en las tres veces que lo había negado? Por su carácter impulsivo vuela en busca de Jesús, por su entrañable amor al Señor corro para verlo, pero... ¿No se acordaría de su pecado en el camino? ¿No sería algo que le hizo perder el paso y dar lugar a que Juan le ganara la carrera y llegara primero ante la tumba?
Con todo esto, se requería hacer una mención especial, un llamado muy concreto y único: “Vayan a decir a sus discípulos y a Pedro...”
Seguramente era Pedro quien más necesitaba al Señor y es por eso que el ángel pide de manera especial que le avisen a Pedro que Jesús irá delante y los esperará en Galilea.
Los discípulos de Emaús iban decepcionados de Jesús, pero Pedro estaba decepcionado de sí mismo: “¡Pero cómo he fallado yo! ¡Que malo soy! Pedro estaba amargado, quería salir a buscar a Jesús, tenía en su corazón un fuerte deseo de ir con él, pero al mismo tiempo sentía temor por haberlo negado. Ese temor que no nos deja avanzar en los caminos de Dios, es el temor que nos tiene anclados al lugar en que estamos. Quisiéramos seguir al Señor, pero decimos: “Yo no lo merezco...” Y esa puede ser una trampa del Enemigo, que nos hace caer y luego nos acusa.
Yo esto y seguro que hay personas que habían decidido ya no seguir buscando al Señor, no porque Dios le haya fallado, sino porque se sienten avergonzados de haberle fallado a Dios.
Cuando Pedro se vio frente a Jesús, fue fabuloso. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿Me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí Señor, tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos”. “Apacienta mis ovejas”. Le dice por tercera vez: “¿Me quieres?” y le dijo: “Señor, tu lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús; “Apacienta mis ovejas”. 21,15-17
Señor, tú lo sabes todo...” ¡Qué respuesta la de Pedro...!
El Señor conoce todo lo que hay en el fondo de tu corazón. Cualquiera mira sólo lo de encima, por lo que sólo observa superficialmente. Tu esposa puede estar decepcionada, tus hijos puedes desilusionarse de ti, pero la mirada de Jesús lo penetra todo.
Pedro está representado al grupo de los que están a punto de no llegar, porque sienten que no lo merecen, pero Jesús lo sabe todo. El conoce más de ti que lo que tú mismo conoces. El sabe, él entiende y por eso te pregunta: “¿Me amas?” El no te dice: ¿Por qué has pecado? como no le dijo a Pedro: “¿Por qué me negaste?”
Si tú estás a punto de retirarte porque piensas que ya no mereces seguir al Señor, que tú le has fallado, que tú le has defraudado, que tú arruinas el equipo, que tú afeas nuestra Iglesia... ¡No te avergüenses!, ¡Acércate! Recuerda a Pedro, ¿Cómo se sentiría cuando veía a los demás ir contentos? mientras él se decía: “Yo arruino ese grupo, yo voy a legar ahí todo manchado...” Pero Jesús mandó decir con el ángel que avisaran a los discípulos y especialmente a Pedro que los esperaría en Galilea.
¡Seguro que a ti te dice lo mismo! Yo sé que es fácil decepcionarse de uno mismo. Muchas veces, durante mi vida he tenido momentos en que ha dicho: “Ya, no más”. Hace cinco años hubo un momento en el que dije: “No quiero volver a predicar, no quiero volver a hablar de Jesús”. Estaba decepcionado de mí mismo y Jesús, a través de una hermana sencilla, me mandó este mensaje que se clavó en mi corazón. “Si yo te amo así como eres ¿Por qué tu no me quieres servir y amar así como eres?” A veces luchamos, porque queremos ser otro y nos decepcionamos o no nos aceptamos, y no queremos amar a Dios así como somos, sino que decimos: “Yo quiero cambiar esto, hacer lo otro, y cuando deje de hacer esto o lo otro entonces sí me voy a aparecer...”
¡Aparécete como estás!, lleno de negaciones. Jesús puede ver no sólo tus negaciones, sino también el amor por él, que guardas en tu corazón.
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