domingo, 14 de febrero de 2010

¿Ustedes también quieren irse?

Es una pregunta que el Maestro podría repetirle al cristiano de hoy. Ella trasluce dificultades serias y una crisis en la Iglesia naciente. Los hombres se cerraban. El pueblo de Israel pedía más señales. Jesús se vio acosado por esas insistencias y, comprendiendo que era difícil avanzar más, decidió ir al fondo de su revelación. Entonces empezó el gran desbande. En tales circunstancias la crisis permitió a los discípulos atravesar los signos y llegar al misterio. Tal vez sea el camino que tiene cada uno de nosotros para alcanzar la luz.
¿Ustedes también quieren irse? Esta pregunta no está dirigida a los que no aceptan la fe sino a los discípulos en medio de su desconcierto, porque el creyente también pasa noches oscuras y puede sentir distancia ante su Dios y ante su Iglesia. El seguidor puede cansarse en el camino y buscar otras rutas.
Entre los discípulos de Jesús, algunos se alejaron porque la doctrina era dura; otros, como los que iban camino de Emaús, partieron después del viernes santo con su esperanza hecha pedazos.
Es humano perder las esperanzas. Por eso es bueno reflexionar sobre los que se desilusionan. La Iglesia desde sus comienzos ha conocido los desgarrones. Grupos enteros se han alejado de ella construyendo otras tiendas. El problema adquiere candente actualidad. Tal vez haya pasado el tiempo de los cismas y las guerras religiosas. Muchos de los que hoy se alejan lo hacen en silencio. Parecen haber perdido la ilusión. Abandonando interés, dejan de participar y de repente se sienten distantes de su madre. Se cree en el Señor y no en la Iglesia.
Un punto de doctrina, el modo de gobierno, las riquezas, un escándalo o la propia debilidad hacen que muchos no se sientan en casa en este templo. Algunas de estas desilusiones tienen también su origen en la dificultad del hombre de hoy para creer.
En realidad cuesta aceptar la pequeñez y la opacidad humana como lugar del encuentro con Dios. Por eso muchos prefieren irse. Es delicado este partir que rompe las fidelidades más profundas. Puede haber semillas de ese alejarse en nuestros propios corazones. Es bueno entonces releer el Evangelio y hacemos personalmente la pregunta que Jesús les formuló a los Doce: ¿Ustedes también quieren irse?
Detrás de esta pregunta existe un gran conflicto. Los hombres no aceptaron que el hijo de un pobre carpintero, con domicilio conocido en un mísero pueblo pudiera haber bajado del cielo y ser el camino para llegar a Dios. ¿No es éste el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? (Jn 6,42) Les resultó difícil comprender el camino de la Encarnación. No pudieron aceptar a Dios hecho cercanía y debilidad. Este conflicto subsiste en parte también hoy porque la Iglesia, la institución humana, es el último eslabón de la lógica de Dios. La Encarnación llega hasta la aceptación de una institución conformada por hombres como Cuerpo de Jesús de Nazaret y como continuadora de su obra en la tierra. Eso es duro de aceptar porque donde hay hombres, hay división, ambigüedades, ambiciones, defectos y pequeñez. Donde hay seres humanos hay siempre razón para el escándalo y muchos querrán marcharse.
¿Ustedes también quieren irse? Esa pregunta se replantea hoy. Pedro respondió en nombre de los doce: ¿A quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. El apóstol aceptó ahí el humilde camino de la Encarnación y de la Iglesia. Reconoció que la cercanía de Jesús supone aceptar la humanidad nazarena de Cristo y seguir en el grupo de los doce.
La fidelidad a Jesús pasa por la mediación de esta contradictoria comunidad humana. Esta comunidad hecha Iglesia que escribió y nos transmitió los evangelios. Ella nos entrega hoy los sacramentos y nos alimenta con el cuerpo de Jesús.
La crisis puede ser la ocasión para descubrir el misteerio de este camino humano de Dios. Eso nos permite pasar de una pertenencia a la Iglesia puramente sociológica a una adhesión de fe más personal, capaz de superar los escándalos. Pero esa adhesión es un regalo, es una vocación porque «nadie puede venir a mí si el Padre no lo trae».
¿Ustedes también quieren irse? Que Pedro ayude a cada uno de nosotros a responder como él: ¿A quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna.
¡Alabado sea Jesucristo!
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Grupo Apostólico Nueva Evangelización
aurelio@jesusestavivo.org.mx

El muchachito de los peces y los panes

Entre todos los milagros que hizo Jesús, existe uno solo que es narrado por los cuatro evangelistas: la multiplicación de los panes. Sin embargo, sólo Juan se preocupa de transmitirnos un detalle que los otros tres han pasado por alto: el muchachito que llevó los cinco panes de cebada y los dos peces. Ni Mateo, ni Marcos, ni Lucas repararon en la presencia ni el papel de este joven en este milagro de Jesús... como si panes y peces hubieran caído del cielo. Por esta misma razón, hasta el día de hoy, al hablar de este pasaje, predicadores y comentadores se siguen olvidando del chico que hizo posible tan significativo milagro de Jesús. Sucedió de la siguiente manera: Los doce apóstoles acababan de regresar gozosos de predicar la Buena Nueva de salvación, y contaban alegres y entusiasmados a Jesús todo cuanto habían hecho y cómo hasta los espíritus inmundos les obedecían. Sin embargo, se les acercaba tanta gente que no les era posible comentar con Jesús los milagros, curaciones y prodigios que se habían realizado en su nombre.
Entonces Jesús les dijo: "Vengan aparte conmigo a un lugar solitario y descansen un poco". Dejando a la gente, subieron a la barca de Pedro y comenzaron a cruzar el lago. Pero ni Jesús ni los apóstoles contaban con la astucia y la intuición de la muchedumbre que adivinó sus intenciones y de todas las ciudades y comarcas concurrieron a la otra orilla donde Jesús debía desembarcar. El número de personas que daba la bienvenida a Jesús, era mucho mayor que el que le había despedido en la orilla. Nos cuenta graciosamente el Evangelio que la gente llegó antes que el mismo Jesús y sus apóstoles. Desde lejos, el Maestro percibió que toda esa multitud lo estaba esperando. Se quedó contemplando por un largo rato a todos y cada uno: estaban tan vejados y abatidos... como ovejas sin pastor; y sintió compasión de ellos en lo más profundo de su ser.
Bajaron todos de la barca y Jesús comenzó a enseñar y predicar el misterio del Reino de Dios, sanando a todos los enfermos que tenían necesidad de curación. La gente jamás se cansaba de escuchar al Maestro, y nadie se quería retirar, a pesar de que la tarde comenzaba a declinar; el cielo teñido con colores rojos, naranjas y amarillos anunciaba la proximidad de la noche.
Los apóstoles se dieron cuenta del grave problema que se avecinaba: ¿qué haría toda esa gente? Pedro estaba nervioso y se tronaba los dedos. ¿Por qué Jesús no acortaba un poquito su sermón, para que la gente regresara todavía con luz y buscara qué comer? Jesús, por su parte, parecía no inmutarse por las sombras de la noche que hacían perder la transparencia del ambiente.
Lo que tenía que pasar, pasó: los ingenuos discípulos decidieron intervenir para ordenarle al Maestro lo que tenía que hacer, ante el problema que cada momento se hacía más agudo. Cuentan los tres sinópticos que los Doce se le acercaron con premura, y con voz imperativa y presurosa le dijeron angustiados: "Pero, Señor, ¿qué no te has dado cuenta de que estamos a la mitad del desierto y se está haciendo de noche? Despide a toda esta gente, para que vaya a los pueblos vecinos y busque qué comer...".
Jesús les escuchó. Pero, afortunadamente, no les hizo caso. Más bien, les contestó con asombrosa paz y serenidad: "La gente no tiene necesidad de irse. Denles ustedes de comer... Ustedes son los que ahora tienen que solucionar el problema. Ustedes saben lo que se debe hacer...".
Ellos retorcieron la boca de incredulidad y se quedaron pensando qué quería decir Jesús con esas palabras tan misteriosas. ¿Cómo podrían darles alimento a tantas personas hambrientas?
Judas y Mateo comenzaron a contar el dinero que había en la bolsa. Era tan poco, que ni caso tenía tomarlo en cuenta. Por eso, alguno de ellos replicó: "Doscientos denarios no serían suficientes para darle de comer un pedacito de pan a cada uno de estos...".
Jesús nada respondió. Simplemente movió negativamente su cabeza, como para darles a entender que ese no era el camino. Con su silencio también les quería decir: Ustedes pueden darles de comer, porque me tienen a mí. Ustedes tienen la solución, porque yo estoy con ustedes. Es en mí donde van a encontrar el pan para las multitudes hambrientas. Por tanto, sólo tienen que recurrir a mí con lo que ustedes tienen y son. Luego, él mismo les ayudó a buscar la solución: "¿Cuántos panes tienen?".
Los discípulos comenzaron a ver qué era lo que tenían. Andrés, el hermano de Pedro, fue con Jesús y le dijo: "Aquí hay un chico que tiene cinco panes de cebada y dos peces...".
Toda multiplicación, como en este caso, depende de dos factores: De cuánto se tiene. No importa si es mucho o poco. Lo esencial es partir de la realidad concreta. De Jesús que, aceptando esa realidad, la va a transformar.
Aunque el hecho parece demasiado sencillo, se deben notar varias cosas: Existe una persona que ofrece lo que tiene, y él no es menos importante que la mercancía que portaba, aunque predicadores y comentaristas hablen más de sus peces y panes que de él mismo. Por otro lado, el hecho de que conservara su mercancía, a pesar de la gran demanda que de ella había, nos invita a pensar en varias cosas:
Había salido de su casa al amanecer, pensando que con la venta de su cargamento iba a remediar en algo la difícil situación de su hogar. Cantando un himno de amor y alegría le sorprendió la Luz del mundo, Cristo Jesús, que predicaba palabras de vida eterna a una inmensa multitud. Olvidó sus peces y sus panes y con ellos sus necesidades, para pasar la mañana entera escuchando en el desierto al predicador de Buenas Noticias.
Por la tarde, ya todo mundo estaba hambriento. En esta embarazosa situación, no faltó quien comenzara a buscar alimento. Algunos se dieron cuenta, como más tarde Andrés, de que ese muchachito de catorce años tenía una cesta de paja donde guardaba unos pececillos y algunos panes.
Alguien le preguntó en voz baja cuánto costaba cada pan. Otro, sacando un denario, le ofreció el doble que pidiera; y no faltó una señora que le quería comprar toda la canasta. Sin embargo, él nada vendió. Sentado con su cesta entre las piernas, escuchaba la palabra de Jesús y no estaba dispuesto a negociar, aprovechándose de la popularidad del famoso predicador.
Ciertamente se le estaba presentando una maravillosa oportunidad para hacer un gran negocio. La ley de la oferta y la demanda estaba a punto de retribuirle abundantes beneficios económicos. Por otro lado, entre más tiempo pasara, habría más hambre; y por tanto, si lo acaparaba, más caro podría vender su producto.
Alrededor del muchacho se habían sentado los que pensaban que el alimento se vendería en subasta al mejor comprador, y sólo esperaban que el muchacho se decidiera a dar principio a la competencia de precios. Gracias a los que lo rodeaban, fue que Andrés pudo localizarle y llevarle frente a Jesús, con su cesta de paja que guardaba el fresco pan y los pescados envueltos en hojas de palmera.
El muchachito no le envió sus panes y sus peces a Jesús, sino que él, personalmente, fue a llevárselos. Quiso tener un encuentro con Jesús. Antes de darle sus cosas, se encontró con Jesús, se dio él mismo. Jesús tomó los panes y los peces en sus manos. Los bendijo y los dio a los apóstoles, los cuales a su vez los repartieron a unos cinco mil hombres. El Evangelio atestigua que todos comieron hasta saciarse.
Al terminar de comer toda aquella multitud, los apóstoles comenzaron a recoger lo sobrante en doce canastos. Todos daban las gracias a Jesús, como a sus apóstoles, por el alimento de esa tarde, pero nadie se acordó ya del muchachito que había ofrecido su mercancía, para que todo mundo hubiera podido comer. El simplemente llenó otra vez su cesta con peces y panes multiplicados por Jesús.
Jesús no sacó el alimento de la nada, sino precisamente de lo que este muchacho le había ofrecido.
Jesús realiza los milagros partiendo de lo que somos y tenemos; sea poco o mucho, él hace la multiplicación. Mas, para que sea posible una multiplicación es necesario que los factores no sean ceros. Dios puede multiplicar lo poco que tengamos, con tal que lo pongamos a su disposición.
Cuando Dios y el hombre colaboran en una obra salvífica, las fuerzas de ambos no se suman, sino que se multiplican. Allí está el milagro. Entre los hombres las fuerzas se suman, entre Dios y el hombre se multiplican.
Jesús fue quien multiplicó el pan, pero no fue él quien lo dio a la muchedumbre. Fueron los discípulos quienes lo repartieron a toda la gente. Jesús les había dicho: "Dadles vosotros de comer"; pero nunca les dijo: "Multipliquen los panes y los peces". Sólo les pidió que ellos ofrecieran lo que tenían, para hacer el milagro.
El milagro de la multiplicación lo hizo Jesús, pero no se debe olvidar que también fue posible gracias al muchacho de la canasta de paja, al cual nadie le dio las gracias; al muchacho del cual se olvidaron tres evangelistas, y el cuarto apenas si lo evoca. El milagro comenzó con sus dos peces y cinco panes.
Este joven es uno de los olvidados del Evangelio, pero que nos enseña que lo poco o mucho que tengamos, con tal de que sea puesto en las manos de Jesús, él lo va a bendecir, partir y repartir a las muchedumbres hambrientas del pan de vida. Dios hace los milagros con nuestra materia prima, aunque sean panes de cebada.
Mañana lunes estaremos orando por la salud de los enfermos en el templo de El Carmen a las 5 de la tarde. Ahí le pediremos a María, la Madre de Dios, nuestra Madre, Madre de todos y cada uno de los que leen este mensaje, que interceda a su amadísimo hijo Jesús por la salud de los más necesitados, por los que la ciencia nada puede hacer, por los que creen que verdaderamente Jesús es Dios, por los que están lastimados, heridos, enfermos y esperan el cumplimiento de la Palabra de Dios: ¡No nos sana hierba ni emplasto alguno sino la Palabra de Dios que TODO lo sana! Estaremos pidiendo por ti que estás leyendo este mensaje. Manda tu intención a: lapalabra@jesusestavivo.org.mx y oraremos por ti en la Z radio y en la oración por los enfermos eneltemplo de El Carmen. Te informamos que cada 16 de mes a las 12 del día tenemos la Misa de Unción por los enfermos en honor de la Virgen de El Carmen, bendición de agua y escapularios. Además de confesiones para quieres quieran reconciliarse.
Si deseas las seis columnas semanales diferentes que se publican los domingos en los tres principales diarios de Morelia, localízalas en Blogger: jesusestavivoenmorelia.blogspot.com y en Twitter: twitter.com/jesusestavivo Si quieres recibirlas cada ocho días en tu correo, haz click en el cuadro naranja y automáticamente las tendrás. Hoy y todos los domingos en la Z radio, 96.3 FM y 1340 AM, “La Palabra” cuarenta y cinco minutos en comunicación con Jesús vivo que sigue sanando a los más necesitados que creen que él tiene todo el poder en los cielos y en la tierra. Visita nuestra página web: www.jesusestavivo.org.mx y vive los 210 videos de misas, evangelización y testimonios de sanación de lo que Jesús hace en su Morelia.
¡Alabado sea Jesucristo!
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Cómo sana Jesús a un ciego

El lunes pasado al terminar la oración por la salud de los enfermos en El Carmen varios hermanos que vienen de Santa Fe de la Laguna, se acercaron y nos dijeron que habían llegado tarde, que por favor oráramos por uno de ellos que tenía seis años de estar ciego.
Nos dirigimos hacia el Santísimo que está expuesto y dos hermanas servidoras le pidieron a Jesús por la sanación del hermano enfermo. Cuando se terminó la oración les pedimos a ellos que se quedaran orando frente a Jesús Eucaristía.
Cuando regresamos a la iglesia después de unos cuantos minutos nuestra sorpresa fue muy grande, nuestro hermano que estaba ciego totalmente desde hacía seis años caminaba sin ninguna ayuda. Le preguntamos que como veía, nos contestó: no veo claramente, veo nada más el bulto, pero cuando llegué estaba completamente ciego, no veía absolutamente nada. Le pedimos que regresara en unos días para que nos comentara como evolucionaba su caso.
Cuando se fueron a la central camionera para dirigirse a su pueblo, nuestro hermano iba al frente, "llevaba" de la mano a su esposa, se levantaba el sombrero a cada momento como queriendo ver mejor a cada instante. Estas son las maravillas que hace Jesús en su pueblo.
Una pregunta muy natural que surge de lo profundo de cada persona cuando es testigo de las maravillas de Dios: ¿Cómo ha sucedido eso? ¿Cómo ha hecho Dios?
Cuando se puede dar alguna explicación a las cosas de Dios es más fácil que la gente crea en El. Con gran sabiduría Pedro dice: Estén preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen, pero háganlo con humildad y respeto: 1 Pe 3,15. Hay muchas cosas que son misterios y su explicación sobrepasa nuestro entendimiento. En esas cosas sólo hay que aceptar. Pero existen otras situaciones a las que se les puede encontrar alguna explicación y ayudan a creer. Con el ciego de Siloé encontramos un caso en que se busca "cómo sucedió el milagro" y las sencillas respuestas del hombre sanado que explica el hecho con toda claridad. (Jn 9)
Las cosas de Dios, aunque nos parezcan difíciles y misteriosas, a veces pueden expresarse de una manera tan sencilla que muchos pueden negarse a creer y a aceptar, como los Fariseos que interrogaban al ciego.
Ahora vamos a analizar las tres formas como Dios nos sana. Un elemento que Dios usa a veces para nuestra curación es la autosugestión. Un principio de filosofía afirma: "Dios no multiplica los seres sin necesidad", lo que equivale a decir que no actúa directamente si lo puede hacer mediante lo que ya existe en nosotros.
En un ambiente de fe y oración Dios puede hacer crecer y aumentar nuestra "sugestión" hasta el nivel de curarnos, ya sea por la palabra ungida del predicador, un testimonio, el ambiente de fe, etc. En muchas oraciones de sanación hay gente que se cura por este medio.
Aclaremos muy bien que no es la sugestión lo que cura. El Señor nos cura, usando como medio la sugestión. Tampoco debemos confundir la fe con la sugestión; son dos cosas diferentes.
Si mucha gente se enferma por autosugestión ¿por qué Dios no puede usarla para sanarnos? Sin embargo, debemos decir que así como la sugestión no interviene en todas las enfermedades, tampoco actúa en todas las sanaciones.
Aunque sea por sugestión, Dios no pierde su crédito; no se echa a perder la curación. ¿Qué importan los medios usados por Dios si el enfermo recuperó su salud?
Cada vez más la ciencia va descubriendo las capacidades y energías que Dios puso en nuestro cuerpo cuando nos creó. La parasicología trata de dar una explicación científica a estos fenómenos. En algunos casos de curación la parasicología puede ofrecer algunas explicaciones, pero para el hombre de fe, esto es lo menos importante.
Por otro lado no es posible dar una explicación parasicológica a todas las cosas, menos a las de Dios. Debemos usar el don de la fe que no va en contra de la razón pero sí la supera.
Dios usa los medios que hay fuera de nosotros. Dios utiliza lo que hay fuera de nosotros: médicos y medicinas. Todos hemos sido sanados gracias a ellos.
La Sagrada Escritura tiene varios pasajes en donde Dios sana por medio de estos instrumentos.
Por los médicos. Trata el médico porque lo necesitas, también a él lo ha creado Dios: Eclo 38,1.
Dios ordena visitar, honrar y tratar al médico. La razón es porque "lo necesitas"; como diciendo: Yo sano por medio de ellos.
Porque del Señor viene la curación y del Rey, el médico recibe el don de curar: Eclo 38,2.
Dios le ha concedido al médico el don de curar como le ha dado a las autoridades civiles el don de gobernar.
Ellos (los médicos) también rogarán al Señor que les conceda la gracia de aliviarte y de sanarte para que recuperes la salud: Eclo 38,14. Este es el texto más claro en donde Dios concede la salud por medio de los médicos.
En una reunión con médicos se hizo una oración por la salud de la Dra. Ana Solórzano recibiendo una curación muy especial que dio a conocer positivamente con el siguiente escrito: "Tengo 40 años. Soy médico. Desde el mes de octubre de 1978 comenzó mi enfermedad con una lumbociatica bilateral, ya en ese mes de noviembre comenzó la polialtragia leve. Desde el mes de enero de 1979 hasta junio de ese mismo año la enfermedad se generalizó hasta tomar prácticamente todas las articulaciones siendo más evidente en manos, rodillas y pies, con intensos dolores hasta musculares que se hicieron invalidantes. Consulté con especialistas tanto en la provincia como fuera de ella sin ningún resultado positivo; los tratamientos fueron desde aspirinas hasta reacción alérgica a la misma por la frecuencia de las tomas, pasando por todos los tratamientos anti-inflamatorios y analgésicos conocidos sin ningún resultado positivo; lo único que disminuyeron en algo fueron los dolores, que eran continuos. La betametosona me produjo un Cushing iatrogénico, que, por supuesto, agravó el proceso articular por sobrepeso. La enfermedad diagnosticada como "artritis reumatoidea" es progresiva, deformante y, sobre todo, invalidante por dolor, por la deformidad y por la atrofia muscular que la falta de movimiento provoca. Desde el punto de vista psíquico, el dolor y la invalidez que toman a un ser humano en la plenitud de su vida y actividad física traen aparejados cuadros depresivos y, cuando el dolor no cede a los calmantes más potentes, lleva a las tendencias suicidas para tratar de paliar el dolor.
¡Alabado sea Jesucristo!
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Más allá del desierto

Por cuarenta años, la existencia de Moisés fue gris y árida, como el desierto mismo. Su horario y calendario, así como su itinerario, eran fijos, cerrados a cualquier cambio: se levantaba siempre a la misma hora para conducir las ovejas de su suegro al mismo campo, abrevar en el mismo pozo, y antes de que el sol se escondiera, encerrarlas en el mismo redil. La trasquila de cada año era lo único que lo hacía romper con aquel fastidio.
Su vida era monótona. Todo estaba programado, sin variantes ni sorpresas. Y esa rutina duró muchos años. Moisés se había amoldado y estaba instalado, aunque fuera en la aridez y soledad de un ingrato desierto.
El que vivió cuarenta años a la sombra de las pirámides, pasó otros tantos al abrigo de la tienda de su suegro... otra vez se había vuelto a acomodar, viviendo a expensas de los demás. Seguía en el infantilismo de depender de otro más grande o poderoso, porque en el fondo, se sentía tremendamente inseguro e incapaz de tomar la responsabilidad de su destino. De nuevo era el subcapitán en el barco de su vida.
Una vez llevó las ovejas "más allá del desierto” y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios: Ex 3,1.
Pero un día todo cambió. Esa mañana fue totalmente diferente de las otras, porque se atrevió a romper el ritmo de su vida y se encaminó con las ovejas: más allá del desierto".
Moisés siempre había llevado las ovejas "al desierto", dentro de un espacio bien conocido. Pero un día se decidió a ir "más allá del desierto". Traspasó la región del granito rojizo y se internó hasta los negros suelos de lava. Escarpó las pendientes y sorteó los caprichosos wadis secos hasta llegar al monte de Dios.
Ciertamente toda la península es desértica. No es posible identificar dónde se esconde el desafiante "más allá del desierto"; por lo tanto, no se trata de un lugar geográfico sino de una actitud personal, significa que Moisés fue capaz de romper su esquema de vida e ir más allá de donde siempre había llegado. Cansado de siempre lo mismo, se atrevió a desprogramarse de su monotonía para traspasar la frontera de sus propias seguridades Rompió con la tradición y llegó hasta el monte de Dios, donde contempló la zarza que ardía, pero que no se consumía. Allá, y sólo allá, "más allá del desierto", tiene el encuentro con el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob que se revela. Moisés tuvo su experiencia con el Dios de la libertad sólo cuando corrió el riesgo de ir "más allá del desierto" enfrentando el reto de inventar caminos y cruzar fronteras... aunque tardó cuarenta años para tomar dicha decisión.
Moisés llegó "más allá del desierto", no por un mandato exterior ni porque alguien lo llamara. Se trataba de un proceso irreversible que no podía sofocar. Un imperativo interior se iba acumulando como energía de volcán, hasta que hizo explosión. La soledad y la monotonía provocaron un vacío existencial que ya no era posible seguir soportando y decidió correr el riesgo de incursionar por el fascinante mundo de lo desconocido.
El ángel de Yahveh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía: Ex 3,2.
Cuando Moisés fue capaz de ir "más allá del desierto”, despertó de su rutina y percibió algo diferente en un fenómeno que muchas veces había presenciado: el candente sol que incendia los palos secos, la hojarasca y hasta llega a consumir furiosamente los arbustos. Sin embargo, en esta ocasión el incendio revestía una variante que traspasaba la frontera de lo creíble. La zarza aquella ardía, pero no se consumía.
Las cosas le llaman la atención y se deja cuestionar desde el interior. Sabe que no tiene todas las respuestas, y la experiencia le ha demostrado que no goza de infalibilidad, pero conserva la capacidad de preguntarse y de asombrarse para reconstruir su historia, pues se va a enfrentar a la verdad y a la realidad. Quiere conocer el porqué.
Se trata de una zarza, un arbusto cualquiera, que no sirve para nada. No es ni un bello rosal, ni un orgulloso cedro, ni un robusto roble, sino una frágil zarza. Dios se revela en la zarza, como en la vid o la mostaza, que también son modestas. El no distingue por las apariencias exteriores, ya que todo fue creado por El y todo es bueno. (Gen 1,31) Dios puede arder en la zarza, de cualquier persona, aunque aparentemente no haya suficiente materia prima.
Entonces, fascinado por tan singular prodigio, dijo: Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza: Ex 3,3.
Moisés, al salir de su rutina, abre los ojos para descubrir la novedad: las cosas lo Incitan para que las admire. Había renunciado a su lengua, su cultura y el sistema de pensamiento que le ofrecía respuesta sistemática para todo. Y al romper su esquema de vida, recupera la capacidad de preguntarse a sí mismo. El hombre puede vivir sin respuestas, pero no sin preguntas. La sabiduría no radica en tener todas las respuestas sino en saber formular las preguntas adecuadas.
Aquí esta lo maravilloso: en lo más ordinario, la zarza, existe algo extraordinario: no se consume ni se agota. El fuego parece simplemente acariciar la zarza. Se pasea caprichosamente en el agreste arbusto que no sólo permanece intacto, sino que se convierte en fuente de luz.
Así es Dios: no por iluminar pierde su luz; no por dar se empobrece; no por calentar a otros, El se enfría. Aunque la madera sea frágil como la leña de una zarza, su fuego no se extingue. Cuando Dios abrasa una criatura, no la destruye, sino que la ilumina, y la hace luminosa sin aniquilarla.
De alguna manera, el fuego inextinguible lo transporta a la eternidad de Dios, que siempre arde y jamás se agota. Las caprichosas llamas manifiestan la libertad divina que se niega a ser encajonada, pues dependen del viento que sopla como quiere. Jamás el fuego es el mismo. Sus continuos movimientos muestran su dinamismo inagotable. Su calor comparte su esencia y es capaz de convertir en llama todo cuanto toca. Se trata de un Dios inaprehensible.
Con paso lento y pisada suave, ojos abiertos y corazón palpitante, se dispone a franquear la frontera del misterio. Pero cuando está llegando a la puerta del paraíso, escucha una calurosa voz, suave y fuerte a la vez, que emana del corazón del fuego y lo llama por su nombre y lo repite:
Moisés, Moisés: Ex 3,4.
El fugitivo de Madián debió quedarse estupefacto al oír su nombre. En la inmensa soledad del desierto, donde había huido para ocultarse, alguien lo conocía y lo llamaba por su nombre propio. Su vida y su persona interesaban a alguien:
Alguien conoce mi pasado y mi vida le interesa personalmente. Soy conocido en el escondite que me forjé y no me he podido sustraer a su mirada. Me llama por mi nombre y lo repite.
Su nombre le recuerda quién es: el que ha sido salvado de perecer en las aguas. Debe tomar conciencia primeramente de sí mismo y de lo que le ha sucedido. El no pereció como sus hermanos, porque su vida tenía una misión en favor de todos ellos. Su nombre, cual campo virgen, encierra el tesoro del sentido de su destino.
Mientras las llamas crepitan en la zarza, Moisés responde simplemente: Aquí estoy, Señor. Ex 3,4.
Hace presencia en cuanto se le llama y se le solicita.
Mientras el fuego cruje, el monte entero está abrasado por las llamas que todo lo penetran. El cielo se ha enrojecido corno un espejo de rubí, y todo el desierto brilla como si fuera un abanico de piedras preciosas que despiden un fulgor celestial. Luego, con suavidad y firmeza, se le da una orden que es imposible desobedecer:
Quítate las sandalias, porque el suelo que pisas es sagrado. Ex 3,5
El Dios que se está revelando, exige absoluto respeto. Para acercarse a El se necesita tener clara conciencia de estar internándose en territorio de santidad y trascendencia, y para sintonizar con El, hay que descalzarse para caminar, no imponiendo el propio paso a Dios, sino amoldándose al suyo.
Moisés debe desprenderse de su esquema de vida. El Dios del Horeb no consiente ser encapsulado en programa alguno; al contrario, es El quien quiere integrarlo en su plan global de salvación.
Toda aproximación al Dios del Horeb se hace descalzo. En esa pobreza radica la verdadera riqueza del hombre, que no vale por lo que lleva puesto ni por lo que ha hecho, sino por él mismo, desnudo, porque su dignidad radica en su ser y no en ninguno de los accidentes de su vida.
Por otro lado, descalzarse es mostrar las propias limitaciones, para que la escoria pueda ser purificada por las llamas incandescentes de la zarza. No se trata de negar las limitaciones, sino de presentarlas delante del fuego que puede destruir los defectos, o a la luz de su resplandor encontrarles un lugar en la armonía de la vida.
Moisés siente la candente arena. El calor lo penetra y lo envuelve, cual manto que lo arropa y lo desnuda a la vez. Ya está arrobado por la divinidad. Ha aprendido la gran lección: no podemos obligar a Dios a marchar al mismo ritmo de nuestros pasos; sino, descalzos, hemos de adaptarnos al suyo.
Para adentrarse al misterio hay que desnudarse, y tocar con los pies la tierra de la que fuimos hechos. Las sandalias ya no son necesarias, porque no hay que caminar hacia adelante sino sumergirse en lo profundo. Escarbar dentro de sí para percibir el incendio que nos abrasa.
El suelo que pisas es santo: Moisés se sorprende cuando ese ingrato desierto, refugio de bandoleros, que ha sido su cárcel por cuarenta años, es canonizado en vida. Se debe reconciliar con su prisión. El árido desierto ya no será más su enemigo sino el puente hacia la tierra prometida.
Moisés se cubrió el rostro: Ex 3,6b. Aquí encontramos otro detalle característico de una experiencia mística. Quien ha tocado el misterio divino, para evitar el engaño de los sentidos, no puede sino cubrirse el rostro para internarse en el santuario de sí mismo, donde se refleja la esencia divina, y así evitar los espejismos que engañan al peregrino sediento. No es para no ver, sin para contemplar en la pantalla del propio ser, la imagen y semejanza divina que ha sido plasmada en lo más íntimo de cada hombre y mujer.
La vida de Moisés, plantada más allá del desierto, fue alcanzada por el fuego del Horeb y arderá sin consumirse. Moisés se convierte en zarza, en signo de esperanza para el pueblo oprimido por la esclavitud.
El fuego del Horeb tatúa indeleblemente al pastor de Madián. Su fulgor será siempre su motivación, y su calor el motor para perseverar frente a los constantes vientos que amenacen apagar su llama. Esta experiencia deja una profunda huella en su vida y marca toda su historia: comprenderá que ante la eternidad divina, todo pasa; que las dulzuras, así como los sufrimientos de este mundo, son transitorios, y que nada puede compararse con ese misterioso fuego que no consume la zarza.
Solo se da el encuentro con el Dios liberador y se perciben sus signos, cuando nos adentramos por caminos vírgenes y nos atrevemos a sonar en lo que ya nadie esperaba. Sólo entonces se da la manifestación del Dios liberador.
Mientras no rompamos los moldes preestablecidos y no nos abramos a lo inédito, nuestro Dios renunciará a manifestarse en las estrechas fronteras donde le hemos encajonado…
Mientras el hombre no abra la puerta de su eternidad y, descalzo, descubra que hay un camino más allá de las apariencias visibles, no aprenderá a ser verdaderamente hombre.
Si creemos que ya llegamos a la meta y que se ha agotado la fuente de las sorpresas, nos tornamos ciegos para descubrir la novedad en lo más ordinario de la vida. Ya no esperamos nuevas maravillas y se apagan las ilusiones. Cuando la rutina marca el ritmo de la existencia, entonces se vive en la peor de todas las esclavitudes: "más acá del desierto", cobijados por el tedio y arropados por la monotonía. Esa cárcel ya no merece el regio nombre de vida.
Dios no ha pronunciado su última palabra ni su imaginación ha palidecido. Las cosas más hermosas de la historia están todavía en el calendario, y no en los museos para sentir nostalgia de aquellos tiempos. Un mundo nuevo da la bienvenida a todo aquel que renuncie a su propio programa, para traspasar sus rígidos esquemas.
Sólo quienes deciden ir "más allá del desierto", son capaces de guiar a su pueblo rumbo a la tierra prometida. ¿Cómo podrá ser guía de nuevos horizontes, quien nunca los ha desafiado?
Tocando con sus pies desnudos la candente arena, tiene lugar el encuentro con el Dios del Horeb: las lenguas de fuego parecen haber abrasado el corazón de Moisés, que arde con la llama celestial, pero sin consumirlo ni aniquilarlo. El Dios de la zarza ardiente tiene tres características fundamentales:
Desde el fondo del fuego, azotado por el viento huracanado, Moisés escucha una solemne declaración:
Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob: Ex 3,6a.
A partir de mañana estaremos en el templo de El Carmen en la oración por la salud de los enfermos a las 5 de la tarde. Ahí le pediremos a María, la Madre de Dios, nuestra Madre, Madre de todos y cada uno de los que leen este mensaje, que interceda a su amadísimo hijo Jesús por la salud de los más necesitados, por los que la ciencia nada puede hacer, por los que creen que verdaderamente Jesús es Dios, por los que están lastimados, heridos, enfermos y esperan el cumplimiento de la Palabra de Dios: ¡No nos sana hierba ni emplasto alguno sino la Palabra de Dios que TODO lo sana! Iniciaremos pidiendo por Rocío que tienen esclerosis múltiple y por ti que estás leyendo este mensaje. Manda tu intención a: lapalabra@jesusestavivo.org.mx y oraremos por ti en la Z radio y en la oración por los enfermos.
Si deseas las seis columnas semanales diferentes que se publican los domingos en los tres principales diarios de Morelia, localízalas en Blogger: jesusestavivoenmorelia.blogspot.com y en Twitter: twitter.com/jesusestavivo Si quieres recibirlas cada ocho días en tu correo, haz click en el cuadro naranja y automáticamente las tendrás. Hoy y todos los domingos en la Z radio, 96.3 FM y 1340 AM, “La Palabra” cuarenta y cinco minutos en comunicación con Jesús vivo que sigue sanando a los más necesitados que creen que él tiene todo el poder en los cielos y en la tierra. Visita nuestra página web: www.jesusestavivo.org.mx y vive los 210 videos de misas, evangelización y testimonios de sanación de lo que Jesús hace hoy en su Morelia.
¡Alabado sea Jesucristo!
BUENAS NOTICIAS PARA ELHOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangelización
aurelio@jesusestavivo.org.mx

lunes, 8 de febrero de 2010

Cómo sana Jesús a un ciego

El lunes pasado al terminar la oración por la salud de los enfermos en El Carmen varios hermanos que vienen de Santa Fe de la Laguna, se acercaron y nos dijeron que habían llegado tarde, que por favor oráramos por uno de ellos que tenía seis años de estar ciego.
Nos dirigimos hacia el Santísimo que está expuesto y dos hermanas servidoras le pidieron a Jesús por la sanación del hermano enfermo. Cuando se terminó la oración les pedimos a ellos que se quedaran orando frente a Jesús Eucaristía.
Cuando regresamos a la iglesia después de unos cuantos minutos nuestra sorpresa fue muy grande, nuestro hermano que estaba ciego totalmente desde hacía seis años caminaba sin ninguna ayuda. Le preguntamos que como veía, nos contestó: no veo claramente, veo nada más el bulto, pero cuando llegué estaba completamente ciego, no veía absolutamente nada. Le pedimos que regresara en unos días para que nos comentara como evolucionaba su caso.
Cuando se fueron a la central camionera para dirigirse a su pueblo, nuestro hermano iba al frente, "llevaba" de la mano a su esposa, se levantaba el sombrero a cada momento como queriendo ver mejor a cada instante. Estas son las maravillas que hace Jesús en su pueblo.
Una pregunta muy natural que surge de lo profundo de cada persona cuando es testigo de las maravillas de Dios: ¿Cómo ha sucedido eso? ¿Cómo ha hecho Dios?
Cuando se puede dar alguna explicación a las cosas de Dios es más fácil que la gente crea en El. Con gran sabiduría Pedro dice: Estén preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen, pero háganlo con humildad y respeto: 1 Pe 3,15. Hay muchas cosas que son misterios y su explicación sobrepasa nuestro entendimiento. En esas cosas sólo hay que aceptar. Pero existen otras situaciones a las que se les puede encontrar alguna explicación y ayudan a creer. Con el ciego de Siloé encontramos un caso en que se busca "cómo sucedió el milagro" y las sencillas respuestas del hombre sanado que explica el hecho con toda claridad. (Jn 9)
Las cosas de Dios, aunque nos parezcan difíciles y misteriosas, a veces pueden expresarse de una manera tan sencilla que muchos pueden negarse a creer y a aceptar, como los Fariseos que interrogaban al ciego.
Ahora vamos a analizar las tres formas como Dios nos sana. Un elemento que Dios usa a veces para nuestra curación es la autosugestión. Un principio de filosofía afirma: "Dios no multiplica los seres sin necesidad", lo que equivale a decir que no actúa directamente si lo puede hacer mediante lo que ya existe en nosotros.
En un ambiente de fe y oración Dios puede hacer crecer y aumentar nuestra "sugestión" hasta el nivel de curarnos, ya sea por la palabra ungida del predicador, un testimonio, el ambiente de fe, etc. En muchas oraciones de sanación hay gente que se cura por este medio.
Aclaremos muy bien que no es la sugestión lo que cura. El Señor nos cura, usando como medio la sugestión. Tampoco debemos confundir la fe con la sugestión; son dos cosas diferentes.
Si mucha gente se enferma por autosugestión ¿por qué Dios no puede usarla para sanarnos? Sin embargo, debemos decir que así como la sugestión no interviene en todas las enfermedades, tampoco actúa en todas las sanaciones.
Aunque sea por sugestión, Dios no pierde su crédito; no se echa a perder la curación. ¿Qué importan los medios usados por Dios si el enfermo recuperó su salud?
Cada vez más la ciencia va descubriendo las capacidades y energías que Dios puso en nuestro cuerpo cuando nos creó. La parasicología trata de dar una explicación científica a estos fenómenos. En algunos casos de curación la parasicología puede ofrecer algunas explicaciones, pero para el hombre de fe, esto es lo menos importante.
Por otro lado no es posible dar una explicación parasicológica a todas las cosas, menos a las de Dios. Debemos usar el don de la fe que no va en contra de la razón pero sí la supera.
Dios usa los medios que hay fuera de nosotros. Dios utiliza lo que hay fuera de nosotros: médicos y medicinas. Todos hemos sido sanados gracias a ellos.
La Sagrada Escritura tiene varios pasajes en donde Dios sana por medio de estos instrumentos.
Por los médicos. Trata el médico porque lo necesitas, también a él lo ha creado Dios: Eclo 38,1.
Dios ordena visitar, honrar y tratar al médico. La razón es porque "lo necesitas"; como diciendo: Yo sano por medio de ellos.
Porque del Señor viene la curación y del Rey, el médico recibe el don de curar: Eclo 38,2.
Dios le ha concedido al médico el don de curar como le ha dado a las autoridades civiles el don de gobernar.
Ellos (los médicos) también rogarán al Señor que les conceda la gracia de aliviarte y de sanarte para que recuperes la salud: Eclo 38,14. Este es el texto más claro en donde Dios concede la salud por medio de los médicos.
En una reunión con médicos se hizo una oración por la salud de la Dra. Ana Solórzano recibiendo una curación muy especial que dio a conocer positivamente con el siguiente escrito: "Tengo 40 años. Soy médico. Desde el mes de octubre de 1978 comenzó mi enfermedad con una lumbociatica bilateral, ya en ese mes de noviembre comenzó la polialtragia leve. Desde el mes de enero de 1979 hasta junio de ese mismo año la enfermedad se generalizó hasta tomar prácticamente todas las articulaciones siendo más evidente en manos, rodillas y pies, con intensos dolores hasta musculares que se hicieron invalidantes. Consulté con especialistas tanto en la provincia como fuera de ella sin ningún resultado positivo; los tratamientos fueron desde aspirinas hasta reacción alérgica a la misma por la frecuencia de las tomas, pasando por todos los tratamientos anti-inflamatorios y analgésicos conocidos sin ningún resultado positivo; lo único que disminuyeron en algo fueron los dolores, que eran continuos. La betametosona me produjo un Cushing iatrogénico, que, por supuesto, agravó el proceso articular por sobrepeso. La enfermedad diagnosticada como "artritis reumatoidea" es progresiva, deformante y, sobre todo, invalidante por dolor, por la deformidad y por la atrofia muscular que la falta de movimiento provoca. Desde el punto de vista psíquico, el dolor y la invalidez que toman a un ser humano en la plenitud de su vida y actividad física traen aparejados cuadros depresivos y, cuando el dolor no cede a los calmantes más potentes, lleva a las tendencias suicidas para tratar de paliar el dolor.
¡Alabado sea Jesucristo!
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Más allá del desierto

Por cuarenta años, la existencia de Moisés fue gris y árida, como el desierto mismo. Su horario y calendario, así como su itinerario, eran fijos, cerrados a cualquier cambio: se levantaba siempre a la misma hora para conducir las ovejas de su suegro al mismo campo, abrevar en el mismo pozo, y antes de que el sol se escondiera, encerrarlas en el mismo redil. La trasquila de cada año era lo único que lo hacía romper con aquel fastidio.
Su vida era monótona. Todo estaba programado, sin variantes ni sorpresas. Y esa rutina duró muchos años. Moisés se había amoldado y estaba instalado, aunque fuera en la aridez y soledad de un ingrato desierto.
El que vivió cuarenta años a la sombra de las pirámides, pasó otros tantos al abrigo de la tienda de su suegro... otra vez se había vuelto a acomodar, viviendo a expensas de los demás. Seguía en el infantilismo de depender de otro más grande o poderoso, porque en el fondo, se sentía tremendamente inseguro e incapaz de tomar la responsabilidad de su destino. De nuevo era el subcapitán en el barco de su vida.
Una vez llevó las ovejas "más allá del desierto” y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios: Ex 3,1.
Pero un día todo cambió. Esa mañana fue totalmente diferente de las otras, porque se atrevió a romper el ritmo de su vida y se encaminó con las ovejas: más allá del desierto".
Moisés siempre había llevado las ovejas "al desierto", dentro de un espacio bien conocido. Pero un día se decidió a ir "más allá del desierto". Traspasó la región del granito rojizo y se internó hasta los negros suelos de lava. Escarpó las pendientes y sorteó los caprichosos wadis secos hasta llegar al monte de Dios.
Ciertamente toda la península es desértica. No es posible identificar dónde se esconde el desafiante "más allá del desierto"; por lo tanto, no se trata de un lugar geográfico sino de una actitud personal, significa que Moisés fue capaz de romper su esquema de vida e ir más allá de donde siempre había llegado. Cansado de siempre lo mismo, se atrevió a desprogramarse de su monotonía para traspasar la frontera de sus propias seguridades Rompió con la tradición y llegó hasta el monte de Dios, donde contempló la zarza que ardía, pero que no se consumía. Allá, y sólo allá, "más allá del desierto", tiene el encuentro con el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob que se revela. Moisés tuvo su experiencia con el Dios de la libertad sólo cuando corrió el riesgo de ir "más allá del desierto" enfrentando el reto de inventar caminos y cruzar fronteras... aunque tardó cuarenta años para tomar dicha decisión.
Moisés llegó "más allá del desierto", no por un mandato exterior ni porque alguien lo llamara. Se trataba de un proceso irreversible que no podía sofocar. Un imperativo interior se iba acumulando como energía de volcán, hasta que hizo explosión. La soledad y la monotonía provocaron un vacío existencial que ya no era posible seguir soportando y decidió correr el riesgo de incursionar por el fascinante mundo de lo desconocido.
El ángel de Yahveh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía: Ex 3,2.
Cuando Moisés fue capaz de ir "más allá del desierto”, despertó de su rutina y percibió algo diferente en un fenómeno que muchas veces había presenciado: el candente sol que incendia los palos secos, la hojarasca y hasta llega a consumir furiosamente los arbustos. Sin embargo, en esta ocasión el incendio revestía una variante que traspasaba la frontera de lo creíble. La zarza aquella ardía, pero no se consumía.
Las cosas le llaman la atención y se deja cuestionar desde el interior. Sabe que no tiene todas las respuestas, y la experiencia le ha demostrado que no goza de infalibilidad, pero conserva la capacidad de preguntarse y de asombrarse para reconstruir su historia, pues se va a enfrentar a la verdad y a la realidad. Quiere conocer el porqué.
Se trata de una zarza, un arbusto cualquiera, que no sirve para nada. No es ni un bello rosal, ni un orgulloso cedro, ni un robusto roble, sino una frágil zarza. Dios se revela en la zarza, como en la vid o la mostaza, que también son modestas. El no distingue por las apariencias exteriores, ya que todo fue creado por El y todo es bueno. (Gen 1,31) Dios puede arder en la zarza, de cualquier persona, aunque aparentemente no haya suficiente materia prima.
Entonces, fascinado por tan singular prodigio, dijo: Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza: Ex 3,3.
Moisés, al salir de su rutina, abre los ojos para descubrir la novedad: las cosas lo Incitan para que las admire. Había renunciado a su lengua, su cultura y el sistema de pensamiento que le ofrecía respuesta sistemática para todo. Y al romper su esquema de vida, recupera la capacidad de preguntarse a sí mismo. El hombre puede vivir sin respuestas, pero no sin preguntas. La sabiduría no radica en tener todas las respuestas sino en saber formular las preguntas adecuadas.
Aquí esta lo maravilloso: en lo más ordinario, la zarza, existe algo extraordinario: no se consume ni se agota. El fuego parece simplemente acariciar la zarza. Se pasea caprichosamente en el agreste arbusto que no sólo permanece intacto, sino que se convierte en fuente de luz.
Así es Dios: no por iluminar pierde su luz; no por dar se empobrece; no por calentar a otros, El se enfría. Aunque la madera sea frágil como la leña de una zarza, su fuego no se extingue. Cuando Dios abrasa una criatura, no la destruye, sino que la ilumina, y la hace luminosa sin aniquilarla.
De alguna manera, el fuego inextinguible lo transporta a la eternidad de Dios, que siempre arde y jamás se agota. Las caprichosas llamas manifiestan la libertad divina que se niega a ser encajonada, pues dependen del viento que sopla como quiere. Jamás el fuego es el mismo. Sus continuos movimientos muestran su dinamismo inagotable. Su calor comparte su esencia y es capaz de convertir en llama todo cuanto toca. Se trata de un Dios inaprehensible.
Con paso lento y pisada suave, ojos abiertos y corazón palpitante, se dispone a franquear la frontera del misterio. Pero cuando está llegando a la puerta del paraíso, escucha una calurosa voz, suave y fuerte a la vez, que emana del corazón del fuego y lo llama por su nombre y lo repite:
Moisés, Moisés: Ex 3,4.
El fugitivo de Madián debió quedarse estupefacto al oír su nombre. En la inmensa soledad del desierto, donde había huido para ocultarse, alguien lo conocía y lo llamaba por su nombre propio. Su vida y su persona interesaban a alguien:
Alguien conoce mi pasado y mi vida le interesa personalmente. Soy conocido en el escondite que me forjé y no me he podido sustraer a su mirada. Me llama por mi nombre y lo repite.
Su nombre le recuerda quién es: el que ha sido salvado de perecer en las aguas. Debe tomar conciencia primeramente de sí mismo y de lo que le ha sucedido. El no pereció como sus hermanos, porque su vida tenía una misión en favor de todos ellos. Su nombre, cual campo virgen, encierra el tesoro del sentido de su destino.
Mientras las llamas crepitan en la zarza, Moisés responde simplemente: Aquí estoy, Señor. Ex 3,4.
Hace presencia en cuanto se le llama y se le solicita.
Mientras el fuego cruje, el monte entero está abrasado por las llamas que todo lo penetran. El cielo se ha enrojecido corno un espejo de rubí, y todo el desierto brilla como si fuera un abanico de piedras preciosas que despiden un fulgor celestial. Luego, con suavidad y firmeza, se le da una orden que es imposible desobedecer:
Quítate las sandalias, porque el suelo que pisas es sagrado. Ex 3,5
El Dios que se está revelando, exige absoluto respeto. Para acercarse a El se necesita tener clara conciencia de estar internándose en territorio de santidad y trascendencia, y para sintonizar con El, hay que descalzarse para caminar, no imponiendo el propio paso a Dios, sino amoldándose al suyo.
Moisés debe desprenderse de su esquema de vida. El Dios del Horeb no consiente ser encapsulado en programa alguno; al contrario, es El quien quiere integrarlo en su plan global de salvación.
Toda aproximación al Dios del Horeb se hace descalzo. En esa pobreza radica la verdadera riqueza del hombre, que no vale por lo que lleva puesto ni por lo que ha hecho, sino por él mismo, desnudo, porque su dignidad radica en su ser y no en ninguno de los accidentes de su vida.
Por otro lado, descalzarse es mostrar las propias limitaciones, para que la escoria pueda ser purificada por las llamas incandescentes de la zarza. No se trata de negar las limitaciones, sino de presentarlas delante del fuego que puede destruir los defectos, o a la luz de su resplandor encontrarles un lugar en la armonía de la vida.
Moisés siente la candente arena. El calor lo penetra y lo envuelve, cual manto que lo arropa y lo desnuda a la vez. Ya está arrobado por la divinidad. Ha aprendido la gran lección: no podemos obligar a Dios a marchar al mismo ritmo de nuestros pasos; sino, descalzos, hemos de adaptarnos al suyo.
Para adentrarse al misterio hay que desnudarse, y tocar con los pies la tierra de la que fuimos hechos. Las sandalias ya no son necesarias, porque no hay que caminar hacia adelante sino sumergirse en lo profundo. Escarbar dentro de sí para percibir el incendio que nos abrasa.
El suelo que pisas es santo: Moisés se sorprende cuando ese ingrato desierto, refugio de bandoleros, que ha sido su cárcel por cuarenta años, es canonizado en vida. Se debe reconciliar con su prisión. El árido desierto ya no será más su enemigo sino el puente hacia la tierra prometida.
Moisés se cubrió el rostro: Ex 3,6b. Aquí encontramos otro detalle característico de una experiencia mística. Quien ha tocado el misterio divino, para evitar el engaño de los sentidos, no puede sino cubrirse el rostro para internarse en el santuario de sí mismo, donde se refleja la esencia divina, y así evitar los espejismos que engañan al peregrino sediento. No es para no ver, sin para contemplar en la pantalla del propio ser, la imagen y semejanza divina que ha sido plasmada en lo más íntimo de cada hombre y mujer.
La vida de Moisés, plantada más allá del desierto, fue alcanzada por el fuego del Horeb y arderá sin consumirse. Moisés se convierte en zarza, en signo de esperanza para el pueblo oprimido por la esclavitud.
El fuego del Horeb tatúa indeleblemente al pastor de Madián. Su fulgor será siempre su motivación, y su calor el motor para perseverar frente a los constantes vientos que amenacen apagar su llama. Esta experiencia deja una profunda huella en su vida y marca toda su historia: comprenderá que ante la eternidad divina, todo pasa; que las dulzuras, así como los sufrimientos de este mundo, son transitorios, y que nada puede compararse con ese misterioso fuego que no consume la zarza.
Solo se da el encuentro con el Dios liberador y se perciben sus signos, cuando nos adentramos por caminos vírgenes y nos atrevemos a sonar en lo que ya nadie esperaba. Sólo entonces se da la manifestación del Dios liberador.
Mientras no rompamos los moldes preestablecidos y no nos abramos a lo inédito, nuestro Dios renunciará a manifestarse en las estrechas fronteras donde le hemos encajonado…
Mientras el hombre no abra la puerta de su eternidad y, descalzo, descubra que hay un camino más allá de las apariencias visibles, no aprenderá a ser verdaderamente hombre.
Si creemos que ya llegamos a la meta y que se ha agotado la fuente de las sorpresas, nos tornamos ciegos para descubrir la novedad en lo más ordinario de la vida. Ya no esperamos nuevas maravillas y se apagan las ilusiones. Cuando la rutina marca el ritmo de la existencia, entonces se vive en la peor de todas las esclavitudes: "más acá del desierto", cobijados por el tedio y arropados por la monotonía. Esa cárcel ya no merece el regio nombre de vida.
Dios no ha pronunciado su última palabra ni su imaginación ha palidecido. Las cosas más hermosas de la historia están todavía en el calendario, y no en los museos para sentir nostalgia de aquellos tiempos. Un mundo nuevo da la bienvenida a todo aquel que renuncie a su propio programa, para traspasar sus rígidos esquemas.
Sólo quienes deciden ir "más allá del desierto", son capaces de guiar a su pueblo rumbo a la tierra prometida. ¿Cómo podrá ser guía de nuevos horizontes, quien nunca los ha desafiado?
Tocando con sus pies desnudos la candente arena, tiene lugar el encuentro con el Dios del Horeb: las lenguas de fuego parecen haber abrasado el corazón de Moisés, que arde con la llama celestial, pero sin consumirlo ni aniquilarlo. El Dios de la zarza ardiente tiene tres características fundamentales:
Desde el fondo del fuego, azotado por el viento huracanado, Moisés escucha una solemne declaración:
Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob: Ex 3,6a.
A partir de mañana estaremos en el templo de El Carmen en la oración por la salud de los enfermos a las 5 de la tarde. Ahí le pediremos a María, la Madre de Dios, nuestra Madre, Madre de todos y cada uno de los que leen este mensaje, que interceda a su amadísimo hijo Jesús por la salud de los más necesitados, por los que la ciencia nada puede hacer, por los que creen que verdaderamente Jesús es Dios, por los que están lastimados, heridos, enfermos y esperan el cumplimiento de la Palabra de Dios: ¡No nos sana hierba ni emplasto alguno sino la Palabra de Dios que TODO lo sana! Iniciaremos pidiendo por Rocío que tienen esclerosis múltiple y por ti que estás leyendo este mensaje. Manda tu intención a: lapalabra@jesusestavivo.org.mx y oraremos por ti en la Z radio y en la oración por los enfermos.
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¿No han leído nunca lo que hizo David cuando tuvo hambre?

Los fariseos, empapados de ley, se escandalizan al ver que los apóstoles cortan unas espigas para poder comer. Era un sábado y los preceptos les parecían claros: un hijo de Israel en esa fecha debía descansar. Los fariseos vivían intensamente preocupados de lo que hacían los otros y su mirada estaba siempre cargada de sospecha y de condenación. Buscaban la perfección mediante la fidelidad escrupulosa a los preceptos. Ante el error o la debilidad ajenos, preferían escandalizarse antes que comprender. Hacían la vida muy dura a los demás, por eso mismo hacían muy difícil su propia existencia. Es la actitud de aquellos que, olvidando el espíritu, se encapsulan en la ley. Este modo de proceder impide discernir y, al aprisionar al hombre en estrecheces, le corta, sin quererlo, las manos al Señor. El problema es eterno y por eso es actual.
。Qué distinto fue en eso Jesucristo! Les enseñó a sus discípulos que el día de reposo había sido hecho para el hombre y que Dios era un Padre. Que la verdadera inteleccción de la Escritura lleva necesariamente a la misericordia y a la genuina libertad que es más exigente que la ley. Impresiona constatar cómo la palabra de Dios puede ser leída con espíritus tan diferentes.
Los fariseos, escandalizados al ver a los discípulos, condenan preguntando: ソTe das cuenta de que hacen en sábado lo que no está permitido? Jesús respondió volviendo a la Escritura y recordando el caso de David ソNo han leído nunca lo que hizo David? El Señor hacía referencia a una ocasión en que el rey y sus compañeros entraron en la casa de Dios porque tenían hambre y comieeron los panes consagrados que sólo podían comer los sacerdotes. ォEl sábado ha sido creado para el hombreサ (Mc 2, 27 Y ォlo que quiero es que sean compasivosサ (Mt 12, 7).
Esta respuesta es esencial para entender la verdadera moral cristiana y para captar el mensaje de Jesús sobre el hombre y sobre Dios. El cristianismo sólo se entiende si genera hombres libres, con la conciencia de ser en este mundo hijos y no esclavos de su Dios. Y en estos tiempos de cambio y desconcierto es de máxima importancia que seamos capaces de vivir y transparentar esta realidad.
En una sociedad marcada por muchas inseguridades, cambios y temores, cuando muchos al traspasar toda barrera caen en un cierto libertinaje, es normal que algunos se tranquilicen sembrando los caminos de barreras para que nadie yerre. Quien no se mueve y nada arriesga no puede equivocarse, pero, en realidad, no vive. Muchos prefieren amordazar la vida en vez de señalarle un rumbo que la oriente. Parece más seguro decirle al transeúnte: 。No se puede! 。Está prohibido! 。Es pecado! Pero la libertad supone ciertos riesgos y está en el corazón del cristianismo formar personas que sabiéndose hijos se atrevan a asumir los desafíos. Ser hijo es un proyecto centrado en el amor, que genera relaciones de confianza frente al Señor y de gran compasión y fraternidad hacia los otros hombres.
La intransigencia, la dureza, la estrechez y el libertinaje egoísta aparecen cuando no se ha entendido la humanizadora exigencia del verdadero amor. El fariseo busca la paja en el ojo del otro, el discípulo de Cristo es por esencia un hijo y un testigo de la misericordia.
ソNo han leído nunca lo que hizo David? En nuestra vida personal, profesional, familiar y comunitaria es importante preguntamos si se manifiestan la libertad y la miseriicordia del cristiano. Es el sello que marca al discípulo de Jesús.
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