lunes, 21 de diciembre de 2009

Juan Bautista

En los vados del Jordán, en el año 28 de nuestra era, había un hombre que gritaba: "Convertíos. El Reino de Dios está cerca". Era Juan el Precursor.
El vestido de Juan era un cuero de camello. Su alimento, langostas y miel sacada de las colmenas que las abejas hacían en las rocas, nunca probaba el vino ni la sidra, (Lc 1,15; 7,33) su morada normal era el desierto.
El desierto antiguamente era el lugar favorito para la experiencia de Dios: allí, en la soledad más absoluta, desasido de las preocupaciones cotidianas, el corazón del hombre percibía los ecos de la voz de Dios. Para Israel el desierto evocaba el período de su historia cuando dependía sólo de Yahvé para comer y para beber, para alabar y para vivir. Todo era incierto en esa época, menos el amor de Yahvé.
Con piedras y arena construyen los hombres sus viviendas, pero a nadie le gusta vivir rodeado de arenales, sino de árboles y de frescura. Sin embargo Juan había optado por vivir en el yermo, desde su juventud. Allí levantaba la voz para gritar que prepararan un camino al Señor, que enderezaran los senderos y que allanaran las rutas tortuosas. (Mt 3,2-3)
Al desierto no van los hombres sino de paso. Sin embargo, alrededor de Juan se congregaban muchedumbres. El le dio vida al desierto. Allí montó su cátedra, allí abrió la universidad, en donde impartía su doctrina. Allí luchó Juan: la tierra árida y rocosa, la convirtió en arena de combate, en palestra.
El desierto fue para Juan, lugar de penitencia, sitio de ayunos y de austeridades, porque para vestirse de sedas, vivir en deleites y ser endeble como una caña que doblega el viento no es buena la aridez de un erial sino los palacios de los reyes. (Lc 7,24-26)
Bordeando el desierto de Judá, lindando con las últimas dunas, pasa el río Jordán. Hasta sus orillas llegaba Juan a bautizar, en Betania o en Enón, junto a Salim. (Jn 1,28; 3,22-24) Las gentes se adentraban en el río y Juan les bañaba con agua las frentes para indicar con ello la conversión de los pecados. (Mt 3,6) Era un baño de agua, preparación del que un día recibirían los cristianos con Espíritu Santo y con fuego.
Como Juan bautizaba, la gente lo llamaba "El Bautista". Los cristianos denominaron a Juan como "El Precursor". Esta voz significa: "el que corre delante", porque la vida de Juan fue un pasar delante de Jesús, proclamando su venida: anunciado antes que Jesús, nació antes, predicó antes, bautizó antes, antes fue encarcelado y antes debió morir. El Precursor iba siempre preparando los caminos al Señor. (Mt 11,10; Lc 1,17-76; Jn 1,15) Todavía hoy, siempre que Cristo llega a cualquier lugar le precede el espíritu de su Precursor. "El es el heraldo de todas las parusías". Por eso predicó alguna vez Orígenes: "Creo que el misterio de Juan sigue renovándose en el mundo. Para que alguien crea en Cristo Jesús es necesario que antes el Espíritu y la virtud de Juan se hagan presentes en su alma, para preparar al Señor un pueblo perfecto y allanar las asperezas de los caminos del corazón y enderezar sus senderos. Este espíritu de Juan sigue precediendo todavía le llegada del Señor Salvador".
Ain Karim es un pueblito de Judea, en las montañas, unos 6 kilómetros al oeste de Jerusalén. Allí vivían Zacarías, sacerdote, y su esposa Isabel. Ambos eran justos y caminaban sin tacha en los senderos de Yahvé. En su hogar no había hijos. (Lc 1,5-7)
Un día, cuando Zacarías ejercía en Jerusalén el oficio de sacerdote, se le apareció el ángel Gabriel y le anunció que tendría un hijo, a quien llamaría Juan. El Sacerdote dudó de la visión y de las palabras del ángel. Como los sacerdotes de todos los tiempos, el no creía en visiones. Debía ser muy prudente, tener los pies puestos en tierra y no aceptar con rapidez el carisma de una visión o de una revelación. El sabía, por haberlo estudiado en los libros sagrados, que antiguamente se daban revelaciones, pero eso era antes. Por eso optó por dudar. Máxime que él y su mujer eran avanzados de edad, y no estaban ya para criar muchachitos. Prefirió pues, no creer y no proclamar las maravillas del Señor, y resultó mudo. Igual cosa ha sucedido a muchos que prefieren callar prudentemente en vez de anunciar cuanto en ellos hace Dios.
Cuando Zacarías salió del santuario, los fieles se admiraban de que no pudiese hablar. La gente como que espera siempre que quien ha estado ante el Señor pueda compartir con los demás cuál ha sido su experiencia espiritual. Similar extrañeza debió sentir Isabel, cuando su esposo regresó al hogar y sólo mediante la escritura le comunicó lo que había pasado. Pero, cuando algunos meses después se dieron cuenta de que las palabras del ángel se iban a cumplir, su admiración y su gozo debieron ser grandes.
Más de seis meses habían pasado desde aquel suceso cuando Isabel recibió una visita extraordinaria: una de sus primas, María, llegó a Ain Karim. La criaturita que se estaba gestando en las entrañas de Isabel saltó de alegría, de modo tan gozoso, que a la madre se le iluminó el corazón, y llena de Espíritu Santo proclamó las alabanzas de María, y ésta, a su vez, proclamó las maravillas del Creador. Tres meses más tarde nació un niño. El y su madre habían sido los primeros en recibir la visita de María y de Jesús. Era como si el arca de la Nueva Alianza hubiese llegado hasta la casita de Isabel.
Cuando el hijo de Zacarías y de Isabel nació, muchos querían llamarlo con el nombre de su padre, pero en una tablilla el sacerdote mudo escribió: "Juan es su nombre". Entonces recuperó el habla y se puso a bendecir al Señor con himnos proféticos, que el Espíritu Santo le regaló carismáticamente, (Lc 1,67) y todos los que vivieron estos sucesos tuvieron mucho gozo. (Lc 1,14)
El nombre de Juan significa: “Yahvé es favorable”. De veras que Dios le fue favorable a ese niño. Lo escogió como su profeta, el mayor de los profetas, el mayor de los nacidos de mujer en toda la Antigua Ley. (Mt 11,9-11) El sería el encargado, como profeta del Altísimo, de anunciar al pueblo la salvación y el perdón de los pecados, y de preparar los caminos del Señor. (Lc 1,76-77)
Juan es el primer primo de Jesús de que habla el evangelio. Aunque ligado a María, no parece que hubiera conocido a Jesús en su infancia, (a pesar de que muchos pintores representan a los dos niños jugando con corderitos) pues, mientras Jesús debió huir con sus padres a Egipto y luego radicarse en Galilea, Juan al crecer y fortificarse se adentró en el desierto de Judá. (Lc 1,80)
Así llegamos al año 28 de nuestra era, según cálculos de muchos historiadores. En Roma gobernaba el César Tiberio, en Judea la autoridad civil la ejercía Poncio Pilato, y en las provincias vecinas, llamadas "tetrarquías", estaban en el poder Herodes, Filipo y Lisanias. Los sumos sacerdotes del templo de Jerusalén eran Anás y Caifás. Fue cuando la Palabra de Dios llegó sobre Juan. Sobre él siempre había estado el poder del Señor, pero ahora venía a darle una misión especial. (Lc 1,66; 3,1-2)
Era Dios quien lo enviaba a predicar y a dar testimonio de la luz. (Jn 1,6-8) La vida de Juan habría de ser muy corta, pero ella sola llena "una edad en la historia de la salvación". Esos años son como la corona del Antiguo Testamento.
Juan comenzó a clamar. El aire del desierto le daba un acento extraño a su voz, el sol le tostaba la piel y le requemaba el cabello, y el fuego de Dios le quemaba el espíritu. Era extraño el escenario de su predicación: las rocas áridas de un lado y del otro el cauce del río. Allí Juan decía: Haced frutos de conversión. Vosotros sois raza de víboras, aunque os presentáis como hijos de Abraham. Si Dios necesitase hijos de Abraham, de las piedras del desierto los podría crear para cumplirle las promesas al patriarca. Vosotros sois como un tronco seco y estéril, bueno para que lo tumben a hachazos y lo arrojen al fuego. Si no os convertís, no huiréis del juicio, pues el juez vendrá y separará el grano de la paja, y a ésta la quemará en hoguera formidable. (Mt 3,7-12) Así le preparaba Juan los caminos a Jesús con la predicación, con el ejemplo y con el bautismo.
Ante Juan llegaban las multitudes y él les aconsejaba ser generosos con los pobres, llegaban los cobradores de impuestos y les decía que no se excedieran ni robaran, llegaban los soldados y les urgía a que no fueran violentos ni calumniadores ni codiciosos. A todos los invitaba sumergirse en el agua. Las ondas del Jordán como que limpiaban las conciencias y se llevaban los pecados de todos los hombres hasta las marismas del Mar Muerto
Juan no sabía callar. Aún al Rey Herodes le recordó un día que no le era lícito convivir con la mujer de su hermano. (Mt 14,3-4; Mc 6,18) El fuego de Yahvé consumía a Juan, le quemaba las entrañas. El no podía enmudecer sino con la muerte. El no viviría nunca la mudez de su padre, Zacarías.
Un día, ante Juan que bautizaba y clamaba en el desierto (Lc 3,4-6) llegó Jesús. Al verle, Juan exclamó "¿cómo es que tú vienes a mí, si yo soy el que necesita ser bautizado por ti?". (Mt 3,13-15) Porque Juan podía ser duro consigo y con los demás, podía blandir su voz como si fuera una correa que chasqueara contra la hipocresía de los fariseos, pero era un hombre humilde. Muchos le habían preguntado, queriendo tentar u honrarle, que es casi lo mismo: "Dinos, quién eres ¿El Mesías? ¿El Profeta Elías? ¿El que ha de venir? ¿Con que autoridad hablas y actúas?".
De los labios de Juan no salió una palabra altiva. Otros serán los que lo ensalzarían al llamarlo profeta, antorcha que ardía y alumbraba (Jn 5,35) testigo de la luz, (Jn 1,8) lleno del Espíritu y grande delante de Dios (Lc 1,15) o Maestro. El sólo decía: "Yo no soy ese que vosotros decís, yo no soy digno de desatar las sandalias del Mesías, postrándome ante él; yo apenas bautizo con agua pero vendrá quien bautice con Espíritu Santo; yo apenas soy la voz que grita, soy un murmullo, pero vendrá la Palabra después; yo, aunque comencé antes, voy a pasar después, porque quien tras de mí viene es mayor que yo; yo soy apenas una antorcha, anunciadora de la luz; yo apenas soy el novio, el paraninfo, pero me he de alegrar cuando aparezca el esposo; conviene que yo comience a menguar, para que quien venga luego, pueda crecer como si fuera un astro que camina hacia el cenit". Así fue Juan el que desengañó al pueblo de sus vanas expectativas y lo centró en el verdadero Cristo. (Lc 1,77; 3,15)
Juan era como una antorcha encendida en el sol de Dios, pero una antorcha que brillaba en el desierto sin querer subir a las cimas de la soberbia para que no la apagase el orgullo. Una antorcha que presagiaba el brillo de la nueva luz.
Juan llegó antes pero quiso pasar después, comenzó siendo maestro, pero terminó siendo discípulo, porque Maestro sólo hay uno, el Cristo.
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BUENAS NOTICIAS PARA ELHOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangelización

Desahuciado

Nuestra hermana de comunidad, Amparo, nos da el testimonio de la sanación de su esposo: mi matrimonio fue muy tormentoso ya que había de todo, faltas de respeto, infidelidad, golpes y demás. Teníamos una hija que estábamos dañando profundamente. Mi esposo en su desesperación buscó otro tipo de trabajo fuera de la ciudad pues el nuestro era de abarrotes con venta de vino y él a diario estaba tomando. Después de varios intentos de reconciliación todo siguió igual o peor y a los ocho meses salí con embarazo de alto riesgo. Pasaba más tiempo en el hospital que en casa.
A los seis meses de embarazo tuve el peor altercado de mi vida con mi marido y le reclamé a Jesús en un crucifijo que está en la sala de mí casa diciéndole: te pedí un hombre bueno y no es tan bueno, porque me maltrata. Y a los dos días Sergio se desmayó en el baño. Lo llevamos a la Clínica y los doctores creían que era adicto a una droga pero los resultados de los estudios fueron negativos. Llamaron al neurocirujano y el resultado de la tomografía fueron dos problemas muy graves: en el parental derecho un tumor maligno grado 2 y en el parental izquierdo otro tumor similar.
Cuando me dieron la noticia de la gravedad de mi marido no lo podía asimilar ya que siempre lo he amado. Entonces volví al Cristo de la sala y le dije: Señor te dije que quería un hombre bueno y no que te lo llevaras. Jesús, ¿qué voy a hacer como estoy? Me faltan solo 22 días para tener a mi bebé. Por un lado me regalas el milagro de la vida y por otro me dejas sufrir con la enfermedad de mí marido, y me va a hacer mucha falta. Así transcurrió una semana en la Clínica y al ver que no había mejoría se tenía que trasladar con un especialista a la ciudad de Guadalajara o a León.
Mi cuñada nos dijo que le pidiéramos a Jesús por su salud y que también había que buscar soluciones de vida. Ella se llevó a mi marido para que lo diagnosticara un prestigiado neurocirujano y esto fue lo que él contestó después de auscultarlo: Sergio, solamente un milagro te puede salvar la vida puesto que este problema es muy grave.
Al salir del sanatorio y pensando en una operación a cerebro abierto, Sergio se entristeció y decidió ir primero a Cristo Rey, al Cubilete. En eso, una persona desconocida lo llama por su nombre y le dice: Sergio, no dejes que te operen. Ve con este oncólogo, él te dirá que hacer. Y le entregó una tarjeta con los datos del doctor. Se fueron a Cristo Rey sin darle mucha importancia al ofrecimiento de esta persona. Al salir de Cristo Rey se agacha Sergio y se le tira la citada tarjeta y allí precisamente decide ir a verlo. Al llegar a consulta le dijo el doctor que “alguien” había sacado su cita por teléfono, no se identificó simplemente dijo ser un amigo de Sergio.
Pasaron varios días y no se decidía que se tenía que hacer. Hubo junta de médicos y se analizó otra posibilidad de tratamiento antes de operar a cerebro abierto. Empezó una nueva esperanza y nuestra pregunta era quien había sido la persona anónima que contactó la cita médica.
El doctor dijo que ese tratamiento se llama Gama Knife y es muy caro y Sergio contestó que no tenía tanto dinero, a lo que el médico continuó diciendo: no te preocupes Sergio, vende lo que tengas porque la vida no tiene precio. Sergio se quedó mudo. Estando en Morelia solo recibía noticias porque mis días estaban por cumplirse y no me podía mover. Solo pedía y pedía a Dios por la salud de mi esposo.
Lo primero que había que hacer era abrir ocho centímetros de su cabeza para introducir un aparato llamado reservorio que era necesario para sacar el agua que producía el tumor en el cerebro y con un costo superior a los $10,000 dólares. Mi papá estaba conmigo y me dijo: hija no te preocupes, te presto lo que tengo, pero a Sergio lo atendemos. La segunda parte del tratamiento era encapsular la malformación de venas y el tumor cerebral que por cada lado costaba $25,000 dólares y de nuevo la angustia para conseguir el dinero pues cuando más se necesita, menos gente hay quien lo preste.
Sergio regresó a Morelia y nuestro encuentro fue entre lágrimas y dolor. El me decía que quizá no conocería a nuestro hijo y me pidió perdón por todo lo que había hecho. No quiero morir -dijo- pide por mí.
Lo invitaron a una oración de sanación en un templo y se fue con sus hermanos. Esta fue una verdadera experiencia de un encuentro real con Jesús vivo. A partir de allí empezó a platicar su testimonio. Su hermano mayor le preguntó si se sentía mal a lo que respondió: ¿yo mal? Que te pasa. A mi Dios ya me sanó. Cuando me avisaron lo sucedido me emocioné porque allí comenzó el milagro. El primero de febrero nació nuestro hijo y al mismo tiempo estaba siendo operado Sergio en Guadalajara. Nuestro hijo nació bien. El dinero para atendernos él y yo lo prestó un tío abuelo que tenía años de no verlo, fue una cantidad pesada. Todo esto se pudo hacer porque Dios nos ama.
Ahora mi esposo dice: bendita enfermedad que me hizo acercarme a Jesús vivo. Yo era la oveja perdida y Jesús me subió a sus hombros y me acarició como a ninguna otra oveja de su rebaño. Ahora no queremos separarnos del Camino que es Jesús. Esta fue una oportunidad que nos dio el Señor, fue dolorosa pero hermosa, escalofriantemente bella.
El doctor dijo que este fue un milagro de la ciencia. Que el caso lo va a llevar a un congreso internacional en Alemania pero yo le dije: doctor, la ciencia no hace milagros, reconozca que fue Dios quien le regresó la salud a mi esposo. La humildad del doctor se hizo patente cuando reconoció lo hecho por Jesús que está vivo.
Mi esposo es un hombre normal, no tiene ninguna discapacidad. Lo más maravilloso es que queremos servir al Señor Jesús y lucharemos por formar a nuestros dos hijos como auténticos hijos de Dios.
Quiera Dios que este testimonio ayude a ver que Jesús está vivo hoy y sigue haciendo los milagros que ha hecho desde siempre. ¡¡Dios nos ama muchísimo!! ¡Gloria a Dios!
Ahora nuestros hermanos alaban y bendicen a Dios en el templo de Las Rosas en la oración por la salud de los enfermos donde el único requisito para poder orar es creer que Jesús es el mismo de ayer, es el mismo de hoy y será el mismo por siempre. Jesús te espera a ti que estás cansado y agobiado, a ti que ya no puedes más con tu enfermedad. Jesús te quiere sanar ya que él es especialista en casos difíciles. Ha dado consulta por más de dos mil años y sus diagnósticos siempre han sido acertados. Lo que es imposible para el hombre es posible para Jesús que está vivo y presente en la Eucaristía, en la Hostia consagrada.
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¿ Quién dicen ustedes que soy yo?

Es ésta la pregunta central del Evangelio. En torno a ella se organiza en los sinópticos -Mateo, Marcos y Lucas- la vida y la enseñanza de Jesús. Es bueno que también yo me pregunte por el lugar que ocupa Jesús en mi vida; por el significado que él tiene para mí.
Después de largo tiempo de formación, el Señor les preguntó a los suyos quién decía la gente que era él, y oyendo la variedad de respuestas -porque unos creían que era Juan Bautista, otros pensaban que era Elías o alguno de los profetas- se atrevió a averiguar si ellos mismos habían comprendido el fondo del misterio y si estaban aptos para escuchar el alma del mensaje: «¿Quién dicen ustedes que soy yo?».
Es importante este paso de la opinión general, de la teoría, que no compromete vitalmente, a la pregunta que penetra hasta la verdad del corazón y que no se puede eluudir: ¿y ustedes?, ¿quién dicen ustedes que soy yo?». Jesús largamente ha estado instruyendo a los suyos. Les ha ido revelando poco a poco su misterio. Les ha mostrado su amor y manifestado las ternuras insospechadas de Dios, su Padre.
Él sabía que para esos hombres sencillos que dejándolo todo lo habían seguido, no sería fácil ir más allá de las apariencias. Ellos tendrían dificultad de manifestar una opiinión diferente a la que tenía la gente de su entorno. ¡En esto eran tan parecidos a nosotros! Sin embargo, era imposible construir una Iglesia sobre unos discípulos que no hubiesen hecho penetrar el Evangelio en su propio corazón. Por eso, todo dependía de esta simple pregunta: «¿ Quién dicen usteedes que soy yo?».
Para poder contestar a esta interrogación, no basta con haber aguzado la razón. Conocer a Jesús, llegar a intuir la hondura de su ser, es un regalo. Hay que abrir el corazón como un niño para que Dios lo llene con su gracia. Por lo demás, siempre es así cuando se quiere llegar a conocer en realidad a una persona. No es la carne ni la sangre quienes permiten descubrir el misterio.
Si Jesús no es más que un hombre ejemplar, vana es nuestra fe; si es sólo un hombre, nuestro mundo se cierra y la marcha de nuestros pies se detendrá algún día sin haber llegado a parte alguna. Si el Señor es tan sólo un profeta, los que creemos en él somos los más desgraciados de los hombres.
¿Quién dicen ustedes que soy yo?... Pedro tomó la palabra en nombre de los Doce y, por qué no decido, en nombre de nosotros, y dio la respuesta que el Maestro esperaba: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Esa resspuesta, tomada en serio, cambió la vida de los apóstoles y también influyó hasta en la raíz de la nuestra.
Los exégetas podrán discutir sobre esa respuesta, pero la Iglesia sabiamente ha entendido siempre que ahí está la verdad última. Ahí se revela mejor que en ninguna parte lo que es Dios, la Iglesia y el hombre. Reconocer a Jesús como el Mesías es aceptar, no solamente con la cabeza, que él es quien llena todas las expectativas del hombre, pero reconocerlo como Hijo del Altísimo es afirmar que nuestro Dios fue más allá de todo lo que podíamos anhelar, porque vino a compartir nuestra propia humanidad.
Si la respuesta de Pedro expresa la verdad, la vida humana adquiere una dimensión que no era posible imaginar: el hombre es mucho más que la imagen de Dios como nos enseña el Génesis. Al asumir nuestra humanidad el Verbo se hizo uno de nosotros y nos introdujo en el misteerio mismo de Dios.
¿Quién dicen ustedes que soy yo?. Es ésta finalmennte la radical interrogante que tarde o temprano se nos presenta y que define el horizonte de nuestra existencia.
Es bueno hoy hacemos esta pregunta con toda honestidad. Si yo digo de verdad que para mí Jesús es el Hijo de Dios vivo, el Mesías largamente esperado, todo cambia.
En un momento de crisis, cuando la humanidad busca con afán un camino, cada cristiano y cada grupo de la Iglesia tienen que preguntarse, con la misma fuerza con que Jeesús preguntó a sus apóstoles, qué piensan en verdad de Jesús. ¿Quién dicen ustedes que soy yo?. Si dudamos, si no nos atrevemos a responder, recordemos que Dios oculta el misterio a los sabios de este mundo y lo revela a los niños, a los pobres y a los humildes de corazón.
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Siete palabras en el Antiguo Testamento

Jesús en la Cruz pronunció siete palabras que concentran toda su vida y toda su predicación, en el Antiguo Testamento también encontramos siete palabras que sintetizan la fe y la vida del pueblo de Dios. Siete palabras que son la columna vertebral de toda su fe, su alma, su vida y la teología y su oración más sublime. En fin, son su himno y su bandera.
Estas siete palabras bastarían para tener el concentrado de lo que es Dios y de lo que es el pueblo de Israel: Por eso, hasta el día de hoy, en el muro de las lamentaciones en Jerusalén -que es el lugar más sagrado de la fe del pueblo de Israel- vemos a los judíos piadosos orando y llorando mientras meditan estas siete palabras: Shema Israel Adonai Elohe-nu Adonai ejad: Escucha, Israel, nuestro Dios es Dios uno.
Los niños judíos cuando cumplen 13 años y por vez primera van a proclamar la Palabra de Dios ante la asamblea (Bar-Mitzbá), casi siempre eligen estas palabras para hacer su profesión de fe. Sin duda que Jesús muchas veces las repitió. El evangelio así lo atestigua: Shema Israel Adonai Elohe-nu Adonai ejad: Escucha, Israel, nuestro Dios es Dios uno.
Meditemos pues en estas siete palabras, saboreemos esta Palabra de Dios, dejemos que la Palabra hable y entre hasta nuestro corazón. Son palabras dirigidas al Pueblo de Dios, a ese pueblo al que Dios dice: tú eres mi pueblo, porque Yo te adquirí, te compré, te rescaté, te elegí sin que tú hubieras hecho nada de tu parte.
En el capítulo16 del profeta Ezequiel se pinta ese Israel con caracteres de una mujer recién nacida, desvalida, pobre, desnuda, sin que nadie la quiera y Dios pasa por allí, le tiende su manto y la hace suya.
Libremente Dios ha escogido a Israel: No porque seas el más numeroso de todos los pueblos se ha ligado Yahvéh a ti y te ha elegido, pues eres el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que te tiene y por guardar el juramento hecho a tus padres, por eso te ha sacado Yahvéh con mano fuerte y te ha librado de la casa de su servidumbre, del poder del faraón, rey de Egipto: El amor de Dios es gratuito. Israel y el nuevo Israel, el Israel de Dios somos nosotros. No hicimos nada para merecer la elección de Dios. Todo es gracia de parte de Dios. Da su amor libérrimamente, porque quiere darlo.
Notemos claramente que Dios habla a un pueblo, no a un individuo aislado. Se dirige a una comunidad, a los hijos de Abraham, de Isaac y de Jacob; los hijos de la fe son ese pueblo de Dios. No se pertenece al pueblo de Dios por una credencial blanca y azul con una estrella de seis picos al centro, ni por tener la sangre de Abraham, pues Dios puede hacer de las piedras hijos de Abraham. Al pueblo de Dios se pertenece por la fe, que no es creer en algo, sino creer en Alguien, creerle a Alguien, depender de Alguien, obedecer a Alguien: a Dios. al único.
Dios habla a ese pueblo elegido que El tomó de la nada y lo hizo suyo y con él pactó una alianza. Pero si la elección fue totalmente libre de parte de Dios, la alianza depende de las dos partes: de Dios y del hombre "Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo".
Dios se compromete: "tú, Israel, serás mi pueblo entre todos los pueblos de la tierra y te voy a preferir y a cuidar, pero tú también tienes algo que hacer: Yo soy tu único Dios. Esa alianza desemboca en una misión, la de ser luz para todos los pueblos: Por tí serán benditas todas las naciones que hay bajo el cielo.
Y dice Dios a este Israel: Escucha, escucha. Tenemos los oídos tan embotados, tan llenos de otras cosas, de falsos profetas y de tantos otros ruidos creados por nosotros mismos, que ya no sabemos escuchar. Por eso, Dios nos dice: "Antes de que me hables tú, Yo ya sé lo que me vas a decir. Por eso escúchame a Mí, porque de mi boca saldrá una palabra viva y eficaz que será como una semilla que tiene poder para fecundar y crecer tan grande como un árbol, donde los pájaros del cielo van a hacer sus nidos.
Escucha mi Palabra que es como una espada de dos filos que entra hasta lo más profundo del alma. Escucha mi Palabra que purifica y deja que te cuestione, te interpele y vaya renovando tu mentalidad. Escucha mi Palabra que sana, que es medicina para todo el que cree en ella. cf Sab 16,12. Escucha mi Palabra que es Palabra de salvación, quien crea en ella no será defraudado. Escucha. No hables.Entra al fondo de ti mismo donde escucharás esa voz del Dios que vive en ti y que ha dejado su imagen y semejanza en tu propio ser. Deja que la semilla fecunde y dé vida y un fruto que permanezca. Escucha para que aprendas a hablar. Los que nacen sordos son incapaces de hablar porque nunca han escuchado. Si tú nunca has escuchado a Dios serás mudo para hablar de las cosas de Dios y del Dios de las cosas. La fe viene por la escucha de esta Palabra, recibida y acogida y que permanece en el corazón del creyente.
Un día Pablo predicaba en Filipos. Había allí una mujer, Lidia, vendedora de púrpura y "Dios le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo" . Claro que Lidia estaba dispuesta. Dios lo hizo, más no sin ella, sin con ella y en ella. cf. Hech 16
Cuántas veces el Señor nos dice: Escucha mi Palabra. No ores con tanta palabrería. Lo más importante es lo que Yo te voy a decir, mi palabra es primero porque es la que toma la iniciativa, no la tuya. Escucha con el corazón: Cuando Salomón construyó el templo, Dios se le presenta y le dice: Salomón, pídeme lo que quieras. Salomón fue muy sabio cuando le dijo: Dame un corazón que te sepa escuchar a Ti, porque se sí escucharte, sabré escuchar a este tu pueblo y voy a saber gobernarlo como Tú quieres que lo gobierne, porque Tú eres el rey y yo tu lugarteniente. Dame, Señor, un corazón que te sepa escuchar. Pidámosle a Dios un corazón que escuche, un corazón atento a su Palabra.
El nombre de Dios es inefable. No hay palabras que puedan contener la esencia divina. Es el que es. Cuando los judíos pronunciaban la palabra "Yahvéh". Si la encontraban escrita, se tapaban la cara con las dos manos y se inclinaban con reverencia y no la pronunciaban por respeto. Tan grande era el misterio que encerraba que por referirse a El usaban circunloquios: hablaban del cielo, por ejemplo: "la victoria no viene de la fuerza de los ejércitos, sino de la fuerza que viene del cielo", es decir, que viene de Dios. Mateo, que escribe a los judíos, cuando habla del reino de Dios, dice "el reino de los cielos", porque no se atreve a pronunciar el nombre de Dios.
Tan inefable era ese Dios que se manifestó entre truenos, relámpagos y temblor en el Sinaí. Ese Dios Todo poderoso, Santo, Santo, Santo, que se reveló al profeta Isaías; ese Dios de justicia que nos pinta el profeta Amós; ese Creador que vemos en el libro del Génesis o de la Sabiduría.
Por eso el Padre Félix Rougier, cuando entraba en profunda oración le bastaba decir: "Dios, Dios, Dios" y se abismaba así en la intimidad de la divinidad. Por eso Francisco de Asís repetía extasiado: "Sólo Dios me basta. Mi Dios y mi todo". Por eso los judíos sentían "el santo temor de Dios". El temor de Dios no es tenerle miedo, sino que el hombre limitado, ante la inmensidad de Dios, reconociendo su pobreza frente a la riqueza de Dios; cuando el hombre pecador se pone frente al Dios Santo, Santo, Santo; cuando Dios Todopoderoso se revela a la criatura. Es la experiencia que el hombre tiene de la grandeza, santidad y pureza de Dios que es como un sol que al bañar con su luz a la criatura humana, la hace consciente de sus impurezas y sus manachas, mas no para sumirla en la desesperación, sino para abandonarse total y completamente en esa su llama fulgurante que lo purifica.
Ese Dios inefable es una persona. Este es el mensaje central del libro del Exodo. Dios no es como esos ídolos de los pueblos vecinos que tienen ojos pero no ven; tienen boca pero no hablan. Nuestro Dios es una persona que -usando términos humanos- siente, ve, le duele el sufrimiento de su pueblo.
Ese Dios Todopoderoso es Nuestro Dios. Ese Dios tan grande y trascendente es Nuestro Dios. Nos pertenece a nosotros. Qué atrevimiento y que oposición parece haber en esta afirmación.
Sin embargo, no nos pertenece porque lo hayamos comprado o adquirido, nos pertenece porque nosotros le pertenecemos a El y El ha querido ser nuestra herencia y heredad. Israel es la herencia y heredad de Dios, pero también Dios es la herencia y la heredad de Israel. Por eso Israel se llena de orgullo y puede decir que Dios no ha hecho cosa semejante con otra nación: Sal 147l,
Es Nuestro Dios. Qué atrevimiento y qué certeza de la fe. Es nuestro porque se ha querido dar y regalar al hombre. No se contentó con darnos todas las cosas y darnos lo que más amaba: Cristo, su Hijo único. También El mismo se nos dio y por eso el pueblo de Israel exclama: "Es nuestro Dios". No propiedad individual, sino herencia de todo un pueblo, de una comunidad.
Pero, si Dios es nuestro es porque antes nosotros fuimos suyos, El nos compró, nos adquirió, nos eligió e hizo una alianza con nosotros. Somos su propiedad y por tanto hemos de ser semejantes a El; ser como El, no podemos ser como todos los demás pueblos. Somos un pueblo "aparte" y eso significa ser un pueblo santo, consagrado a El.
El pueblo de Israel tiene conciencia de que no puede ser como los demás. Por eso, Jesús dirá: Ustedes no deben orar, vivir y actuar como los paganos. Ellos se preocupan por otras cosas, oran de diferente manera, actúan para ser vistos por los demás. Ustedes no. Ellos quieren ser los primeros, los más grandes. Ustedes no. Ustedes tienen que ser diferentes en su manera de vivir, de pensar, de actuar, porque Yo les estoy comunicando lo mío. Porque mi Palabra se va haciendo vida en ustedes. Esa Palabra va creando nuevos valores y nuevos criterios de vida para que vivan de acuerdo a mi Palabra.
El que lee, vive, medita la Palabra de Dios, tiene su pensamiento de acuerdo a la Palabra de Dios. Lo que entra por nuestros ojos, llega a nuestra cabeza y de eso hablamos. De la abundancia del corazón habla la boca. Si Dios está en ti, va a salir Dios de ti.
Dios quiere grabar estas palabras en nuestra mente, para que nosotros nos decidamos a vivir esta síntesis del credo del Antiguo Testamento: Shema Israel Adonai Elohe-nu Adonai ejad: Escucha, Israel, nuestro Dios es Dios uno. Dios quiere que estas 7 palabras no sólo estén escritas en las puertas de las casa de los judíos sino vividas en todos los hogares de cristianos.
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¡Alabado sea Jesucristo!
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Vida nueva

En la actualidad el mundo se ha vuelto superficial y materialista quizá porque la vida ahora ha evolucionado tanto que nos olvidamos de cosas muy importantes y primordiales. Mi vida ha sido muy compleja y difícil a la vez, ¿la razón? muy simple: nunca llevé un orden. Le di más importancia las malas amistades, me dejé influenciar fácilmente por gente ajena a mi familia y el vicio me empezó a absorber sin darme cuenta. A través del tiempo y sin saber cometí estupidez tras estupidez, hasta que llegó el momento en que abandoné a mi familia. Mi esposa y mis dos hijos estaban cargando por todo lo malo que yo les daba, pero ni así medía las consecuencias y seguí adelante. Pasaron más de 20 años y todo ese sentimiento de culpabilidad, remordimiento de conciencia, jamás los pude superar. Mis noches eran eternas, mi alma no tenía momento de descanso y tranquilidad, mi vida entonces se volvió monótona, sin sentido, sin sabor, sin nada de nada. No tenía ningún sentido seguir cargando ese peso en mi espalda que no me dejaba descansar. Mi presente lo vivía con mi pasado, no podía liberarme de ese tormento. Pensaba que ese era mi castigo por haber hecho tanto daño a mi propia familia y a mi mismo, estaba arrepentido pero no sabía que hacer.
Con el tiempo logré el perdón de mi familia, pero aún así sentía que algo me faltaba, me sentía vacío por dentro. Hasta que un buen día conocí a mi amigo quien me platicó algo de su vida, no mucho, pero llegó para mí el gran día donde pude darme cuenta de las oraciones de sanación. Mi amigo Aurelio amablemente me invitó a ver un programa en la televisión local de aquí en la ciudad de Morelia, el cual tuvo una duración de una hora. Fue ahí donde me di cuenta de muchas cosas valiosas porque al ver los testimonios de los invitados me quedé profundamente sorprendido de todo lo que pudo hacer nuestro Jesús con esas personas, dándoles de nuevo esperanza y la oportunidad de seguir viviendo para amarlo. Al final del programa Aurelio hizo una oración por todo el staff y los televidentes que en ese momento lo veíamos. Tuve una sensación extraña pero al mismo tiempo agradable, fue algo sensacional. Esto fue lo que me animó a contarle parte de mi vida a él para que ha su vez tuviera un acercamiento con mi amigo Jesús a través suyo y de una vez por todas me liberara todo este tormento y carga que me ha acosado desde hace muchos años. La oración de sanación por la televisión fue el 2 de septiembre del presente año, fue una experiencia que recordaré el resto de mi vida porque por primera vez tuve un acercamiento con Jesús y le pedí con devoción y mucha fe que me quitará esa loza de cemento que había cargado por más de 20 años. Le dije todo lo que me atormentaba y no me dejaba estar en paz conmigo mismo. Mientras Aurelio oraba yo sentía de repente escalofríos en muchas partes de mi cuerpo, pero a la vez sentía que algo en mi interior estaba sucediendo sin saber lo que vendría después. Cuando tocó mi frente y mi pecho con las palmas de sus manos siguiendo con la oración de sanación sentí un calor agradable en mi espalda. En ese momento sentí haberme liberado de mi tormento. Sin darme cuenta mi vida cambió a partir de esa noche porque cuando llegó el momento de dormir lo hice con un sueño profundo que me perdí en el tiempo. Dormí como nunca lo había hecho.
Al día siguiente sentí que ya no era el Armando de hace unas horas anteriores y de toda la vida. Ahora soy un Armando renovado y nuevo. Me siento libre, me siento bien. Me da alegría de estar de nuevo en la vida, Jesús, mi Jesús con su perdón me volvió a poner en el camino, pero sin nada que arrastrar, ni obstáculos ni barreras que impidan mi felicidad y se vislumbra el acercamiento con todos esos seres que alguna vez les hice daño.
Ahora pienso que Jesús es todo y aunque a veces o casi la mayor parte del tiempo me olvidé de él, he aprendido que él siempre está conmigo para protegerme e iluminar mi camino para que viva una vida bien en todos los aspectos.
Con cariño y amor escribo este testimonio. Habrá gente incrédula o escéptica que quizá nunca crea en esto, pero lo que si puedo decir es que si no lo pruebas nunca lo corroborarás por ti mismo, ¿qué pierdes? ¡Nada!, y créeme que puedes ganar bastante. Gracias amigo por acercarme a Jesús, esto siempre estará en mi corazón y en cada oración que haga. Espero regresar a Morelia, pero ahora con mis hijos y esposa para que les suceda lo mismo que a mí. ¡Gloria a Dios!
Armando Soria Quiñónez, tengo 45 años y soy originario de la ciudad de Durango, Dgo.
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La Gran Comisión, la Gran Omisión

Todo el mundo conoce "el primer mandamiento": Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Por otro lado, nadie ignora "el mandamiento nuevo": Ámense los unos a los otros como yo los he amado. Sin embargo, pocos conocen "el gran mandamiento".
El gran mandamiento fue el último que Jesús resucitado comunicó a los suyos antes de ascender a los cielos. Con el esplendor de su resurrección dijo solemnemente a los suyos: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra". Nunca una orden había sido introducida con tanta autoridad. Luego, añadió con toda claridad: "Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación": Mc 16,15.
Debe quedar claro que no se trata de un consejo o una sugerencia sino de una orden expresada con dos imperativos: Vayan y proclamen. Se trata de un mandamiento explícito.
A través de la gran comisión, el Maestro nos comparte su misión: implantar su Reino, anunciado la Buena Nueva a todos los hombres. Desgraciadamente "la gran comisión" se ha convertido muchas veces en la "gran omisión". Y lo peor es que a veces ni se tiene conciencia de estar faltando a esta orden de Jesús. Si es el mandato más grande, obliga tanto o más que el de "No matarás, no mentirás, no fornicarás". Sin embargo, tal vez nadie se haya ido a confesar diciendo: "Me acuso de no evangelizar". El pecado de no evangelizar es una omisión mucho más grave que la mayoría de pecados de los que pedimos perdón en la Reconciliación.
Por tanto, para un seguidor de Jesús no es optativo el evangelizar, sino que es una necesidad intrínseca de su vocación a la que ha sido llamado. Cristiano que no evangeliza es contradicción de términos. Definitivamente nadie se puede identificar como un seguidor de Jesús si no está instaurando el Reino de Dios en este mundo.
Desgraciadamente tenemos todavía mucho miedo para evangelizar y el temor es signo de que aún debemos romper las barreras del respeto humano.
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¿Quieres Comida Sólida?

“Yo, hermanos, no les pude hablar a hombres espirituales, pues sienten como hombres ‘carnales,’ y en Cristo son todavía niños. Les di leche y no comida sólida, pues todavía capaces y ni siquiera ahora la pueden soportar, porque todavía son hombres carnales.” (1Cor3,1-3)
Algunos hablan de los primeros cristianos como si ellos hubieran sido modelos ejemplares del vivir en el Espíritu y testimonio de los frutos del mismo Espíritu, que son caridad, alegría, paz, paciencia, comprensión de los demás, bondad, fidelidad, humildad y dominio de sí mismo. (Gál 5,22) Sin embargo, Pablo había recibido unas noticias por la familia de Cloe hablando de rivalidades, divisiones internas y dudas respecto a la fe, sobre el celibato y el matrimonio, sobre la resurrección de los muertos, sobre la convivencia con los que no tienen la fe cristiana, sobre la manera de la celebración de la Eucaristía y el uso de los dones espirituales. Pablo no pudo dejar su trabajo en Éfeso, por eso les contestó a los corintios en una carta.
Uno de los temas principales de la primera carta es el vivir, pensar y hablar como hombres espirituales, comiendo comida sólida. Mientras las rivalidades: “Yo soy de Apolo”, “Yo soy de Pedro”, “Yo soy de Cristo” , eran la obra de hombres carnales, la unidad de la comunidad y el entendimiento verdadero de “la locura de la cruz” sería obra del Espíritu. Pablo compara la unidad potencial de los corintios con la unidad del cuerpo, un solo cuerpo con muchos miembros con funciones y dones diferentes. Los diferentes dones, los diversos ministerios y la diversidad de obras no impedirían la unidad de los muchos miembros.
¿Ha cambiado mucho la situación desde el día cuando Pablo viajó a Éfeso (54-57) y escribió su primera carta a los corintios? Últimamente, para contestar la pregunta, se necesitaría ubicar la historia relativamente breve de nuestro gemir interior en la historia del mundo, gimiendo y sufriendo dolores de parto (Rom 8,22-23) por billones de años y en un futuro de quién sabe cuantos miles, millones o billones años más para hacer obras aún mayores que las que hizo la Palabra encarnada (Jn 14,12). De todos modos, se puede decir que todavía no experimentamos la unidad que desea Jesús, que seamos uno como él y su Padre son uno (Jn 17,11). Él todavía está en oración por nosotros. ¿Estamos tomando leche o saboreando comida sólida? ¿Qué haremos para lograr la unidad?
Primero, debemos evitar la mala interpretación de “vivir en la carne” y “vivir en el Espíritu.” Esta interpretación dice que hay dos mundos separados, y que estás o en un lugar o en otro. En su obra trascendental La Ciudad de Dios, escrita a lo largo de quince años, entre el 412 y 426, san Agustín distingue y pone en contraposición la ciudad de los hombres y la ciudad de Dios. En esta vida terrestre las dos ciudades se encuentran mezcladas y confundidas. Por la solidaridad todos vivimos bajo el reino del pecado: “No hay nadie bueno, ni siquiera uno, no hay un sensato, para que busque a Dios. Todos andan extraviados, se perdieron juntos. (Rom 3,11-12) El segundo Adán, Cristo, hizo una nueva moción para restaurar la desintegración y la muerte que describe Pablo en el primer capítulo de Romanos. Él hizo todo lo que hizo para nosotros, para que podamos vivir una nueva vida: “no vivo yo, sino Cristo vive en mí.” (Gál 2,20)
El vivir en el Espíritu es un proceso de disminuir y aceptar cada día más el rol de “servidores que solo hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10), fijándonos en el mandato “Sean perfectos como es perfecto su Padre que está en el cielo” (Mt 5,48) y “esfuércense por entrar por la puerta angosta” (Lc 13,24). Existe un solo mundo en el cuál crecen juntos el trigo y la cizaña. Sí, en el largo plazo, hay dos alternativas: la caridad y la codicia, pero esto no quiere decir que haya dos órdenes o dos mundos separados.
Sólo la gracia perfecciona la naturaleza según el modo de la naturaleza, es decir sin cambiarla o quitarla. El teorema de lo sobrenatural que dio a la luz la teología como una disciplina, fue descubierto y manejado por Alberto y Aquino en el siglo XIII. El teorema hace posible distinguir, sin separar, el orden de la naturaleza y el orden de la gracia. San Agustín no podía haber hecho la interpretación de su obra que hizo Aquino. Pero no quiero que nos perdamos en las implicaciones de la historia del teorema de lo sobrenatural. El asunto es cómo notamos la acción el Espíritu en nuestra vida. ¿Su acción está limitada a lugares y momentos especiales, o “sopla donde quiere”? ¿Puedes lavar los dientes como un hombre o una mujer espiritual? ¿Puedes comprar la despensa para la semana como un hombre o una mujer espiritual? ¿Puedes estudiar mate, biología o historia como un hombre o una mujer espiritual?
Si la gracia perfecciona la naturaleza, podemos decir que el estudiar, el investigar y el contemplar pueden ser elevados y perfeccionados. Entre los dones espirituales que menciona Pablo en el capítulo 12 de su carta a los corintios están hablar con sabiduría, comunicar enseñanzas, hacer curaciones, hablar en lenguas e interpretar lo que se dice en lenguas (1Cor 12,8-10). En el capítulo 14 Pablo le da gracias a Dios por el don de hablar en lenguas, pero agrega que cuando está en la asamblea, prefiere decir cinco palabras suyas que los demás entiendan “antes de decir diez mil palabras en lenguas.” (1Cor 14,18-19). Luego, dice a sus hermanos en el Señor: “No se queden como niños en su modo de pensar. En el camino del mal, sí, sean como niños, pero adultos en su manera de pensar.” (1Cor 14,20)
Y nosotros, ¿somos niños en nuestro modo de pensar? Sí, a veces somos niños, no queremos comida sólida, ni recibirla ni contemplarla. Somos niños cuando decimos “todo es misterioso” y no intentamos buscar el entendimiento imperfecto de la fe, análogo y provechoso afirmado en el Vaticano I: “Y ciertamente la razón, cuando iluminada por la fe busca persistente, piadosa y sobriamente, alcanza por don de Dios cierto entendimiento, y muy provechoso, de los misterios, sea por analogía con lo que conoce naturalmente, sea por la conexión de esos misterios entre sí y con el fin último del hombre.” (Dei Filius, capítulo 4, “Sobre la fe y la razón”). Somos niños e hipócritas cuando decimos que somos gente de la Palabra pero, por flojera o fideísmo (la fe ciega y pasiva), no nos interesa estudiar ni la Palabra de la Sagrada Escritura ni las obras de la creación donde se puede contemplar y entender lo que es Dios, “puesto que él hizo el mundo.” (Rom 1,20)
Una manera de quedarnos en nuestro modo de pensar como niños es rechazar la historicidad de la Escritura, que es una enseñanza básica de Vaticano II. El intérprete de la Escritura tiene que determinar la significación propuesta por el autor, y por consiguiente tiene que estudiar y entender las convenciones literarias y las condiciones culturales del lugar y del tiempo. (Dei Verbum, III, 12, “Inspiración divina de la Sagrada Escritura y su interpretación”). El estudio de lenguas y culturas es importante para entender la Escritura. De hecho, a través de los desarrollos en las ciencias naturales, la historia, la filosofía y la teología, podemos descubrir implicaciones en la Escritura que anteriormente eran inadvertidas. Por ejemplo, el decreto de Calcedonia (451), que afirmó que la misma persona, el Hijo, es divina verdaderamente y humana verdaderamente; una persona con dos naturalezas, enriqueció el decreto de Nicea (325) que había afirmado que el Hijo es engendrado, no creado. Así, los dos decretos nos hacen posibles interpretaciones de la Escritura que no tenían los autores. Más cerca a nuestra época, el estudio de antropología y psicología nos puede ayudar a entender cómo un mismo sujeto humano puede tener dos subjetividades, y con esta pregunta transportamos el asunto de Calcedonia del siglo V al siglo XXI.
¿Estamos jugando con la verdad? No, no existe la posibilidad de mejorar la revelación de los misterios, ni de cambiar la significación de los dogmas de la fe. Sin embargo, el sentido de un dogma es la significación hecha en un lugar y un tiempo, y dentro del contexto de aquella ocasión. Solamente a través de un estudio histórico de la ocasión y un estudio exegético y cultural de la declaración se puede llegar a una significación más plena.
¿Por qué dijo Jesús “el que cree en mí hará las mismas cosas que yo hago, y aún hará cosas mayores”? (Jn 14,12) ¿Cómo podemos hacer cosas mayores que Él? Porque Él experimentó un kenôsis, se vació a sí mismo “tomando la condición humana” (Fil 2,6). El kenôsis al cuál Él se sometió impide hacerse “todo para todos.”(1Cor 9,22) Si no hacemos caso de las condiciones sociales y culturales particulares de su vida, demandamos demasiado de la Palabra encarnada e hijo de María y así hacemos irreverencia al Espíritu entregado a nosotros. Sin la misión visible de la Palabra, el don del Espíritu es enamorarse sin conocer al amado; es una orientación hacia lo misterioso. Por otro lado, sin la misión invisible del Espíritu, la Palabra viene “a su propia casa, y los suyos no lo recibieron.” (Jn 1,11)
¿Qué es querer comida sólida? Es querer participar en las misiones de la Palabra y del Espíritu según los intereses, talentos y dones de cada uno. Las dos misiones tienden al mismo fin último, que es la iniciación y reforzamiento de nuevas relaciones personales entre Dios y nosotros seres humanos. Sin embargo, podemos distinguir entre las misiones distintas y las obras propias de las Personas.
La misión invisible del Espíritu es hablar y enseñar, pero no como un ser humano, porque no tomó la condición humana, sino como el amor de Dios derramado en nuestros corazones. Aunque la misión es invisible, se manifieste en señales visibles: una paloma, el viento, lenguas como de fuego. El participar en la misión del Espíritu es vivir en el Espíritu según los varios dones espirituales; es aceptar a nuestros dones, desarrollarlos y compartirlos. Es respetar a todos los miembros del cuerpo y promover la buena función del cuerpo, sin celos o envidias de los que tienen una vocación o un don diferente.
La misión visible de la Palabra es ser mediador, en su condición humana, hablar y enseñar a nosotros seres humanos qué es la nueva vida y enviarnos a seguir con su trabajo. “Así como el Padre me envió a mí, así los envío a ustedes.” (Jn 20,21) Hay muchas maneras de ser mediador y enseñar, pero lo que ellas tienen en común es el engendrar una palabra interior. Para mediar y enseñar una buena palabra, hay que engendrarla y vivirla, y no podemos engendrar una palabra interior sin pensar, estudiar y contemplar. Por lo tanto, querer comida sólida es dedicar tiempo para hacer estas actividades, además es pedir perdón por no pensar, por pensar que no vale la pena buscar una comprensión de la fe, y por pensar que el pensar no es una forma de orar. De algún modo, todos tenemos la vocación de pensar, por lo menos pensar en nuestros amigos, entre ellos está Jesús que nos ha dado a conocer todo lo que aprendió de su Padre. (Jn 15,15)
james.duffy23@hotmail.com
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