viernes, 9 de octubre de 2009

Pobreza y fraternidad

Había en Rivotorto dos árboles interdependientes que habían creecido muy altos: la pobreza y la fraternidad. Pero había una flor que brillaba con colores propios: la alegría. ¡La penitencia vestida de alegría!
-Somos los hombres más alegres del mundo -pensaba Francisco de Asís-, porque nada tenemos. Ya en aquellos meses les repetía Francisco lo que más tarde habría de estampar en la legislación: «Mostraos contentos con el Señor, alegres y amables como conviene».
Como de la semilla de la rosa nace el rosal, como la resurrección brota de la muerte de Jesús, la alegría franciscana surge de la pobreza franciscana. Hermano, dijo un día Francisco a uno de sus compañeros: Hace buen día; vete a la mesa del Señor a pedir limosna. Después de varias horas regresó el hermano, no con mucha limosna, pero sí cantando de alegría. Al escuchar a lo lejos su canto, Francisco, lleno de felicidad, salió corriendo a su encuentro y, descargándole las alforjas, lo abrazó efusivamente, le beso en los dos hombros y lo tomó de las manos exclamando: Bendito sea nuestro hermano que ha ido a mendigar sin hacerse rogar, y ahora vuelve a casa de tan buen humor.
Una vez, estando todos dormidos, un hermano comenzó a dar ayes lastimeros. ¿Qué pasa?, preguntó Francisco. -Me muero, respondió el otro. De un salto se levantó el Hermano. Encendió la lámpara y comenzó a moverse entre los hermanos dormidos mientras preguntaba: ¿Quién es? ¿Dónde estás? -Aquí estoy, soy yo, hermano Francisco, dijo el otro. Arrimándole la lámpara, le preguntó: ¿Qué pasa? -Hambre, hermano Francisco, me muero de hambre. Francisco sintió que se le apretaba el corazón y le crujían las entrañas de madre. Quiso disfrazar el dolor de su alma con aires de alegría y buen humor.
Hermanos queridos, levantaos todos. Hagamos fiesta. Traed todo lo que haya de comer. ¿Que habría? ¿Algunas nueces y aceitunas? Acabaron con todo. Comieron todos. Cantaron todos. ¡Espectáculo único de familia pobre y feliz! Francisco estuvo en la fiesta nocturna extremadamente efusivo. En el fondo, sin embargo, su alegría era una piadosa máscara. Como una serpiente se le enroscó el temor en el corazón: ¿No estaría cargándoles pesos insoportables? ¿No era él un desconsiderado al imponerles semejante pobreza? Sufría. Temía.
Para esos momentos no había ninguna prioridad, ni siquiera la de la pobreza. Lo único importante era el hermano mismo. No importaba que fuese día de ayuno riguroso. Nada importaba el silencio y otras formalidades.
El hermano estaba por encima de todo. Aquello era una familia. Cada hermano valía tanto como la familia, la Orden o la ciudad. No había ningún valor por encima del hermano mismo. Cuando sufría uno, sufrían todos.
De nuevo se acostaron todos en medio de bromas. Todos, menos Francisco. Pensó largamente en cada uno de ellos. Los depositó a todos, y uno por uno, en las manos del Padre Dios.
Y aquí comenzaba el gran salto: de la pobreza a la fraterniidad. Allí donde los miembros de una comunidad se bastan para todo y no tienen necesidades, ahí es difícil la fraternidad, casi imposible. Más que los principios, es la misma vida la que va abriendo cauces fraternos. Donde se da una necesidad, viene la ayuda del otro. La pobreza crea necesidades y las necesidades abren a los hermanos unos a otros.
Este género de vida primeramente se vivió; y en sus últimos años el Hermano lo codificó. Francisco comienza diciendo que los «hermanos no se apropien absolutamente nada para sí, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna». Las propiedades dan al hombre sensación de seguridad. Al no tener nada, el hermano queda como ave desplumada. Viene a ser como un juguete al vaivén de los vientos, con sensación de orfandad y debilidad completa. El ser humano, para no sucumbir al peso de la desolación, necesita una mínima seguridad. ¿Dónde encontrarla? En los brazos de la fraternidad.
A estos hermanos, sin monasterio, ni convento, ni hogar, indefensos y huérfanos de todo apoyo, caminando a campo abierto del mundo, Francisco les dice que «dondequiera que estén o se encuentren unos con otros, manifiéstense mutuamente domésticos entre sí».
He aquí la idea y la palabra genial: domésticos; esto es, la fraternidad hará las veces de casa. Manifestándose acogedores o familiares entre sí, el calor fraterno sustituirá, hará las veces de hogar. La seguridad y cobijo que a otros les da una casa confortable, en nuestro caso se los dará el calor fraterno.
¿Qué más? Hasta ahora poco hemos solucionado. Quedan mil necesidades y emergencias en cuanto al vestir, comer, enfermedades. Francisco lo sabía: ¿cómo solucionarlas? El dinero abre todas las puertas. Estos hermanos no disponen, ni pueden disponer de dinero. ¿Qué hacer entonces?
Otra vez el Hermano responderá con admirable sabiduría: «Manifestaos confiadamente uno a otro vuestras necesidades». He aquí la pobreza y la fraternidad enlazadas en un maridaje ideal. ¡Rota la verticalidad y abiertos los horizontes! Es decir, los hermanos abiertos unos a otros, unos para dar y otros para recibir, unos para exponer necesidades y otros para solucionarlas. Con que simplicidad provoca Francisco el éxodo pascual, la gran salida fraterna, origen de toda liberación y madurez.
Y si son tantas las necesidades, o si realmente los hermanos no pueden solucionarlas, ¿qué hacer? Y aquí el Hermano levanta de nuevo la bandera de la madre, la que transforma el imposible en posible: «Haced lo que una madre hace con el hijo de sus entrañas». Así, sin grandes teologías y psicologías, Francisco lanza a los hermanos a la gran aventura fraterna en el campo abierto de la pobreza. Yo no dudo en calificar de genial el capítulo VI de la Regla definitiva en cuanto esquema organizativo de vida.
Cuatro hermanos van por el mundo, supongamos. A uno de ellos se le lastima el pie. Los otros tres se «vuelven» para ayudarlo. Uno va en busca de agua tibia; el otro pide una tira de lienzo; el tercero, mientras tanto, lo cura y lo cuida. Los tres están vueltos al hermano herido.
Otro día se apodera fiebre alta de otro de los hermanos. Detienen la peregrinación y viven tres días y tres noches en función del hermano con fiebre. Uno sale al campo en busca de hierbas medicinales. El otro recorre la aldea procurando una habitación o al menos un pajar para acostar al enfermo. El tercero no se mueve de su lado. Se alternan en los cuidados. Como una madre para el hijo, los tres viven para el enfermo. De noche le prestan el manto para cubrirse bien. Se sienten felices al ver que la fiebre cede. Reemprenden la peregrinación. Van observando y midiendo las fuerzas del convaleciente para, según esas fuerzas, ir mas de prisa o más despacio. En suma, todos están salidos y vueltos hacia el otro. Otro hermano cae en una crisis de depresión y se abre a los demás. Estos sufren con él, oran por él. Lo consuelan, lo fortalecen. No hay «mío» y «tuyo». Todo es común, salud, enfermedad, tristeza, alegría. Todo es transparencia y comunicación.
Francisco imagina el caso peor: uno de los hermanos cae gravemente enfermo mientras van por el mundo. ¿En qué hospital, en qué enfermería internarlo? No tienen casa, hospital ni enfermería. ¿Qué hacer? Francisco viene a decir: La fraterniidad será (hará las veces de) la enfermería: «Los otros hermanos deben servirlo como quisieran ellos mismos ser servidos». El cuidado fraterno «es» el hospital. Por ser pobres, se necesitan. Al necesitarse, se ayudan y se aman. Al amarse, son felices y testifican ante el mundo que Jesús es el Enviado.
¡Alabado sea Jesucristo!
BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangeliación

La verdad nos hace libres

Sólo la verdad nos hace libres. Jesús nos libera de la mentira del pecado Jesús ha venido a liberarnos de nuestras esclavitudes y a romper todas las ataduras que nos aprisionan, tanto de las estructuras injustas, como de nuestros miedos y complejos. Su obra abarca tanto el aspecto interior como el exterior, las situaciones de pecado como todo pecado en singular.
El Espíritu Santo está sobre él y lo ha ungido para proclamar la libertad a los cautivos y dar la libertad a los oprimidos (Lc 4,18-19).
La Iglesia, sacramento de liberación. La Iglesia, nosotros, somos sacramento de liberación, partícipes de la misma misión de nuestro Fundador, contamos con el mismo poder que Cristo tenía: poseemos el Espíritu de Cristo resucitado que es un Espíritu que nos lleva a vivir la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Por tanto, todos nosotros, Iglesia, somos ministros de liberación el uno para el otro; pero esta misión la realizaremos eficazmente en la medida que hayamos sido nosotros liberados de las diferentes esclavitudes que nos privan de la libertad.
Así como Moisés, antes de liberar al oprimido pueblo hebreo que yacía bajo la esclavitud de los egipcios fue él mismo liberado por Dios, así también nosotros tenemos que experimentar antes la liberación de nuestras ataduras para después ser agentes de liberación.
La Renovación Carismática ha puesto énfasis en esta oración que estaba un poco olvidada, pero me temo que no se ha llegado al equilibrio en ello. En general somos muy simplistas y superficiales en este ministerio.
Existen dos extremos en la oración de liberación: algunos que no aceptan su eficacia porque no creen en el Demonio que nos engaña y nos somete bajo sus tenores de vida. Niegan su existencia y por tanto su acción en nuestras vidas. No se dan cuenta que al no creer en el Padre de la mentira ya han caído bajo uno de sus engaños. El otro extremo es cuando se cree que la total liberación se obtendrá por una simple oración que expulse el mal que está dentro de nosotros con una imposición de manos.
Yo creo que no basta sacar demonios, sino que es necesario deshacerse de todos sus engaños que motivan nuestra conducta y rigen nuestro estilo de vida ¿De qué serviría sacar un demonio si se queda una legión de engaños en nuestra mente y en nuestro corazón? La manera eficaz de sacar diablos es liberarnos de todas sus ataduras de materialismo, sensualismo, egoísmo, orgullo, vanidad y mentira.
Existe el peligro de reducir la oración de liberación para casos de personas metidas en espiritismo, ocultismo y cosas semejantes. Sin embargo, igualmente está en las garras de Satanás el orgulloso que se hace dios a sí mismo, el codicioso que idolatra el dinero y los bienes materiales, el adúltero que no puede dejar de pecar, el deprimido que se hunde en su desesperación, el mentiroso que vive engañado y engañando; en fin todo el que permanece en una situación de pecado.
La perfecta libertad implica la renuncia a Satanás y a todas sus obras y engaños con que seduce al mundo.
Pablo nos ofrece un amplio catálogo de los lazos con que el Tentador trata de mantenernos sujetos a su voluntad y de los cuales debemos ser liberados. He aquí esta lista: idolatría, hechicería, impiedad, prevaricación, perjurio, sacrilegio, egoísmo. traición, ingratitud, injusticia, avaricia, codicia, latrocinio, soberbia, orgullo, vanagloria, adulterio, fornicación, perversión sexual, lujuria, impureza, desenfreno, libertinaje, embriaguez, gula, orgía, homicidio, rivalidad, envidia, odio, discordia, celos, rencillas, cólera, ira, insolencia, detracción, engaño, mentira maledicencia, chisme, ultraje, altanería, contienda, malignidad. deslealtad, desamor, malicia, rebeldía, insensatez, perversidad, maldad, murmuración, división, disensión, desorden, acritud, temeridad, fanfarronería, enemistad, difamación y calumnia: 1Cor 5,9-10; 6,9-10; 2Cor 12,20; Gal 5,19-20; Rm 1,29-31; 13,13; Col 3,8; Ef 4,31; 1Tim 1,9-10; 2Tim 3,2-5. Todos estos eslabones forman la cadena de la esclavitud que se llama pecado.
En películas como "El exorcista" no se hablará nunca de estos dominios de Satanás, y de esa manera también logra engañarnos haciéndonos pensar que sólo actúa de la forma como se muestra allí. Sin embargo todas estas cosas enumeradas por Pablo destruyen hogares, hunden sociedades y acaban con las personas.
La forma más ordinaria como el Demonio nos esclaviza no es por medio de la posesión física, la cual es muy rara, sino a través de la mentira (Cf. Jn 8,44).
Algunos piensan muy superficialmente cuando creen que la liberación completa se va a lograr con una simple "oración de liberación". Hay casos en que somos liberados de alguna atadura mediante una oración así, pero esto es sólo un signo del poder de Cristo para que confiemos en que él nos puede liberar de toda esclavitud.
Vivir en la verdad es el único camino para ser libres. Pero ¿quién nos podrá manifestar esa verdad?
La Ley fue dada por Moisés. La Gracia y la Verdad nos han venido por Jesucristo: Jn 1,17.
Es más, él no sólo trajo la verdad: El es la verdad. Por esta razón vamos ahora a presentar la verdad. La verdad sobre Jesús y la verdad sobre nosotros mismos, y de esa manera conoceremos el plan que Dios tiene sobre cada uno de nosotros.
Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad: 1Tim 2,4.
La verdad sobre Jesús. En primer lugar, Jesús es la verdad. Esto significa que aparte de enseñarnos la verdad, su estilo de vida es la verdadera vida buena. El nos enseñó cómo vive verdaderamente un hijo de Dios. El es la imagen verdadera de Dios (Col 1,15), lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14) testigo fiel y veraz (Ap 3,14).
El fue un hombre soberanamente libre que nunca se dejó sobornar por las glorias que este mundo ofrece. Jamás algo lo dominó o coartó su libertad. Nunca dependió de las cosas materiales, ni de quienes las poseían en abundancia.
Hasta sus enemigos reconocieron que era auténtico y vivía en la verdad: Maestro, sabemos que eres verdadero y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas: Mt 22,16.
Su Espíritu jamás estuvo atado por lazo o condicionamiento. Libre de complejos, inseguridades, falsos respetos humanos y convencionalismos. El mundo y la carne jamás lo dominaron. Satán lo tentó proponiéndole el deseo de poder, el camino cómodo o el exhibicionismo, pero él salió adelante con la victoria.
Siendo hombre verdadero tuvo todas las auténticas y en sí no pecaminosas emociones y sentimientos humanos (miedo, coraje, tristeza, etc.) Sin embargo, ninguna de estas pasiones lo dominó. El siempre tuvo control sobre todas ellas.
Denunció las mentiras del mundo, por eso el mundo lo odió y lo crucificó en el Calvario. Nunca estuvo de acuerdo con los engaños y el oropel de las transitorias glorias mundanas. Renunció a ser rey y se hizo siervo lavando los pies a sus discípulos, curando a los enfermos, bendiciendo a los niños, etc., estableciendo siempre la prioridad del amor.
Especialmente fue libre de la peor de las esclavitudes: el pecado. Nunca nadie pudo acusarlo de pecado (Jn 8,46). Se hizo semejante a nosotros en todo menos en el pecado (Hb 4,15). -Libre de rencores y resentimientos, perdonó a sus verdugos, hasta ofreció una disculpa por ellos. -Libre del error y la mentira porque estaba lleno del Espíritu de la verdad que le hacía ser auténtico y honesto, tanto consigo mismo como con todos los demás. -Libre del orgullo y la autosuficiencia porque era manso y humilde de corazón. -Libre del egoísmo. Nunca se apropió nada para sí. Lo entregó todo y se entregó a sí mismo por nosotros. -Libre de la codicia y del amor desordenado por las riquezas: vivir con la libertad de los pájaros del campo a quienes les basta cor el pan de cada día. Sin necesidad de atesorar riquezas que luego estaría obligado a esconder, cuidar y defender.
¡Alabado sea Jesucristo!
BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangelización

El fuego se apaga

El Hermano de Asís le comenta al Hermano León: dile a fray Pacífico que entone el Cántico del hermano sol. Fue un espectáculo para conmover a las piedras: a pocos metros de la cabaña, los hermanos cantando a todo pulmón el Cántico; los cuatro veteranos, además de fray Bernardo y alguunos más, llorando a mares; fray León con una rodilla clavada en el suelo, apoyando su cabeza en la pared de la cabaña, lloranndo desconsoladamente; el Hermano de Asís, desnudo en el suelo, con los ojos cerrados y el rostro apacible, repitiendo las estrofas que en el exterior cantaban los hermanos...
Terminada esta “liturgia” de cortesía para la Dama Pobreza y gratitud para la Madre Tierra, el Hermano no quiso que lo levantaran todavía. Esperó a que le prestaran como limosna alguna prenda de vestir, ya que, siendo un verdadero pobre, no tenía derecho a nada. Manifestó esta idea, y el guardián de la Porciúncula le trajo algunas prendas de vestir y se las entregó, diciéndole entre sollozos: «Te presto esta ropa interior, esta túnica y esta capucha, y para que conste y sepas que no tienes propiedad alguna sobre ellas, te prohíbo por santa obediencia que las des a nadie».
Era la fórmula de la pobreza absoluta y altísima. Al oír estas palabras, aquel agonizante pareció resucitar. Vibró todo su ser; se estremeció su alma de indecible alegría. Levantó los brazos, y dijo: Bendita seas mil veces, santa Señora Pobreza, que nos libertas de todas las cadenas y nos arrojas desnudos y libres en los brazos de Dios
Entonces pidió que lo colocaran de nuevo en el lecho. Así lo hicieron con infinita veneración. El Hermano Crucificado fue apagándose como un cirio. Su voz era cada vez más débil. Su rostro estaba vestido de la dulzura del paraíso. El Cántico seguía resonando en el bosque casi sin tregua día y noche. Diferentes grupos de hermanos se turrnaban para cantarlo sin cesar. En un momento, el Hermano dijo: Es el preludio, preludio de la sinfonía eterna. Fue despidiéndose de todos.
Hermano León, le dijo, camarada fiel de mil batallas, secretario y enfermero, mi madre en tantas jornadas, me despido. Perdóname por haberte arrastrado por caminos pedregosos en nuestras andanzas caballerescas por Cristo. Todas las palabras del lenguaje humano quedan cortas para expresar la gratitud que siento por ti. Te bendigo más de lo que puedo. Y te espero de pie bajo el gran arco de la eternidad. Adiós. Fray León ni siquiera escuchó estas palabras. Estaba derribado por la emoción y las lágrimas.
Dirigiéndose al primer compañero, fray Bernardo, e imponiéndole las manos, le dijo: «Absuelvo y bendigo cuanto puedo, y aun más de lo que puedo, a todos mis hermanos ausentes. Haz que les lleguen estas palabras y bendícelos en mi nombre». Sospechando que pronto sería objeto de persecución (y no se equivocó), añadió: «Es voluntad mía que en la Orden siempre sea amado con particular afecto mi querido hermano Bernardo, quien fue el primero en dar sus bienes a los pobres y en emprender conmigo el camino del Evangelio».
En esto llegó un hermano proveniente de San Damian, diciendo que Clara y las hermanas pobres estaban llorando inconsolables. Para ellas envió este mensaje: «Yo, el pequeñito hermano Francisco, deseo seguir hasta el fin la pobreza del Señor y de su Santa Madre, y les suplico de rodillas a ustedes, mis señoras, que nunca se aparten de este camino, por más que otra cosa les aconsejaren algunos».
Volviéndose al mensajero, añadió: «Dile a la Hermana Clara que le prohíbo dejarse llevar de la tristeza; y que sea en esta oportunidad la gran dama que siemmpre fue». «Muy triste se pondría si se enterase de que salí de este mundo sin antes avisarle».
«A la dama Jacoba, sierva de Dios, el hermano Francisco, Pobrecito de Dios, salud en el Señor y unión en el Espíritu Santo. Amiga carísima, debo avisarte que se acerca el fin de mi vida. Por tanto, ponte pronto en camino si quieres verme todavía vivo. Trae contigo una mortaja de saco para envolver mi cuerpo y cuanto sea necesario para la sepultura. Te ruego traerme también de aquellos pastelitos de almendras que solías prepararme cuando estaba enfermo en Roma».
Hasta ahí llegó el dictado de la carta. En este momento entró en la choza un hermano, diciendo: Hermano Francisco, la noble dama Jacoba acaba de llegar con sus dos hijos. «¡Alabado sea Dios!, exclamó el Hermano. Abridle la puerta, pues no rige para "fray" Jacoba la prohibición de entrar aquí mujeres».
Era otro espectáculo: la elegante dama romana, con sus hijos y séquito, con sus perfumes y vestidos de encajes en la choza mortuoria del Pobre de Dios, desbordando costumbres monacales de clausura: sorprendente libertad de hijos de Dios...
Después de saludarse, le preguntó Francisco si había traído los pastelitos de almendras. Ante la respuesta afirmativa de la dama, el Pobre invitó a todos los hermanos de la cabaña, diciéndoles: Venid acá todos, y comamos los sabrosos dulces preparados por «fray» Jacoba.
Estaba escrito en la vida de este hombre que todo sería sorprendente: ¡la víspera de morir, en torno de un agonizante, en la cabaña mortuoria, comiendo alegremente golosinas! Fue un espectácuulo único en la historia del espíritu. ¡Qué libertad! ¡Qué madurez!
Con la llegada de «fray» Jacoba, pareció reanimarse el Hermano; pero en seguida se hundió de nuevo en la agonía. En realidad, le faltaban pocas horas de vida.
Levantando levemente la voz, y dirigiéndose a los hermanos presentes, les dijo: «Cuando me veáis en las últimas, ponedme en el suelo, como ayer, y cuando haya expirado, dejadme todavía en el suelo el tiempo que se tarda en andar una milla.
Desde la espesura del bosque subía cada vez con más fervor el cántico del hermano sol. A las voces del bosque se agregaron las voces de la cabaña, y a las voces de la cabaña se acopló la voz tenue del agonizante, y el mundo entero parecía cantar el cántico con la estrofa a la hermana muerte.
No había estertores. El Pobre de Dios se apagaba como un humilde cirio, como la luz de un candil cuando se acaba el aceite. Los cuatro veteranos y leales hermanos, clavados en cuclillas en torno al lecho mortuorio, no se apartaron ni un instante. A estas alturas, no le suministraban medicinas. Todo estaba connsumado. Simplemente aguardaban a que el fuego se apagara. Sollozaban tranquilamente y sin suspiros.
Sólo fray León tenía desahogos más compulsivos. Por esta razón, se levantaba, iba al otro costado de la cabaña, hincaba una rodilla en el suelo, apoyaba el codo sobre la otra rodilla recostando la cabeza sobre la pared. En esta posición permanecía largas horas llorando inconsolablemente. No le importaba que lo vieran llorar y, al parecer, la fuente de sus lágrimas era inagotable.
La voz de Francisco era debilísima. Y cuando sus labios comenzaban a moverse, los hermanos se le aproximaban para escuchar sus últimas palabras. Hermano León, dijo el Hermano, oigo las campanas de la eternidad. Me están llamando a la fiesta. ¡Qué alegría!
Hubo un largo silencio. De pronto, inesperadamente, como quien llega de regiones desconocidas, el Pobre de Dios levantó la voz y dijo: Hermano León, escribe estas mis últimas palabras: Mi Señor, me arrastraré de rodillas hasta tus pies, me sentaré a tu sombra y cubriré con las dos manos mi desnudez. Con tus manos tomarás mis manos, me levantarás, me abrazarás y me dirás: Eres hijo de mi Amor y sombra de mí Sustancia. Me besarás en la frente y colgarás una guirnalda a mi cuello. Pondrás anillo de oro en mi anular y vestido de príncipe sobre mi desnudez. Y me dirás: Hijo mío, mírame a los ojos. Mírame y allá lejos, sobre las últimas laderas de tu corazón, veré escrito mi nombre. y yo te diré: Déjame entrar en ese mar. Y Tú me dirás: Entra. Y avanzaré mar adentro, y me perderé allí, y perderé la cabeza, y soñaré.
¿No te da vergüenza tenerme por hijo?, te preguntaré. Y me responderás: ¿No has visto escrito tu nombre en el rincón más florido? Pondrás tus mejillas sobre las mías y me dirás: Por los espacios siderales no hay otro: eres el único.
Mi Dios, ¿es verdad que me soñaste antes de que el rocío apareciera en la madrugada? ¿Es verdad que tus pies caminaaron por los siglos y por los mundos detrás de mi sombra fugitiva? Dime, ¿es verdad que cuando me encontraste el cielo se deshizo en canciones? ¿Es verdad que cuando se me rinden los ojos y me entrego en brazos del sueño, tú quedas a mi lado velando mi descanso?
¿Qué tengo que darte?, te preguntaré. El dar me corresponde a mí, a ti sólo el recibir, responderás. ¿Por qué no hablas?, te preguntaré. El silencio es el lenguaje del amor, responderás.
Esta noche llegaré a tu casa. Me acostarás sobre un lecho de flores. Entornarás las ventanas para que la luna no me dé en los ojos. Te diré: Vengo de lejos; soy un niño cansado y herido, y tengo sueño. Con manos de madre me tocarás los ojos y me dirás: Duerme. Y me perderé en el mar...
Se hizo un larguísimo silencio. Nadie hablaba. Todos miraban al agonizante. Un hermano leyó el Evangelio de la Pasión según san Juan. Era el atardecer del 3 de octubre de 1226. Los últimos rayos de oro cubrían de nostalgia y aires de eternidad los picos más altos de los Apeninos. La tierra había entregado su cosecha dorada y presentaba el rostro de satisfacción de quien ha cumplido su misión.
Inesperadamente, el agonizante abrió los ojos; hizo ademán de incorporarse, diciendo: Había en su voz y en su expresión algo de ansiedad, mucho de alegría y una cierta sensación de alivio de quien va a ser liiberado de la cárcel. Los hermanos lo miraron expectantes. El agonizante se hundió de nuevo en su lecho y quedó en silencio, respirando con dificultad.
A los pocos minutos abrió de nuevo los ojos, y esta vez sin ninguna ansiedad y sin moverse, dijo: Hermanos, ayudadme a incorporarme. Los cuatro veteranos lo tomaron con gran veneración y lo sentaron en el lecho mortuorio. Extendió los brazos y, mirando hacia la puerta de la choza, dijo con voz apagada: «Bien venida seas, hermana mía, Muerte», No sé por qué todo el mundo te teme tanto, amable hermana. Eres la hermana libertadora, llena de piedad. ¿Qué sería sin ti de los desesperaados, de los sumidos en la cárcel de la tristeza? Nos libras de este cuerpo de pecado, de tantos peligros de perdición. Nos cierras las puertas de la vida y nos abres las puertas de la Vida.
Luego, dirigiéndose a los presentes, les dijo: Caballeros de mi Señor, si en el transcurso de nuestra breve vida hemos rendido cortesía caballeresca a nuestra señora Pobreza, es correcto que lo hagamos ahora con la señora hermana Muerte que acaba de llegar para librarme de la cárcel del cuerpo y llevarme al paraíso inmortal.
E improvisó una “liturgia” caballeresca. Mandó al médico que se plantara en la puerta de la choza y que, como introductor de embajadores, anunciara solemne y gozosamente la llegada de la ilustre visitante.
Pidió a los hermanos que lo colocaran en el suelo. Por última vez los cuatro leales veteranos lo tomaron con infinita reverencia y lo colocaron en la tierra sobre una piel de oveja. El Herrmano mandó que, en honor de la hermana Muerte, derramaran polvo y ceniza sobre su cuerpo. Así lo hicieron.
Pocos minutos después el moribundo comenzó a rezar el salmo “Con mi voz clamé al Señor”. Los hermanos lo continuaron. El Hermano tenía cuarenta y cinco años. En veinte años escasos había consumado esta singular historia del espíritu.
En el bosque y en la cabaña, los hermanos seguían cantando fervorosamente el Cántico del hermano sol. El Hermano yacía en el suelo. Ya no se movió más. Todo estaba consumado. En este momento se formó espontáneamente, sin ningún plan premeditado, un cortejo triunfal que acompañaría al Pobre de Dios hasta el umbral del paraíso.
Abrían la marcha los ángeles, arcángeles, querubines, serafiines, principados y potestades. Ocupaban el firmamento de un extremo a otro y cantaban hosanas al Altísimo y a su siervo Francisco.
Luego venían los jabalíes, lobos, zorros, chacales, perros, pumas, bueyes, corderos, caballos, leopardos, bisontes, osos, asnos, leones, paquidermos, antílopes, rinocerontes. Todos ellos avanzaban en orden compacto. No se amenazaban ni se atacaban unos a otros. Al contrario, parecían viejos amigos.
Detrás volaban los murciélagos, mariposas, abejas, cóndores, colibríes, alondras, moscardones, golondrinas, grullas, zorzales, pinzones, perdices, gorriones, ruiseñores, mirlos, gallos, gallinas, patos. Había tal armonía entre ellos como si toda la viida hubieran convivido en el mismo corral en la mejor camaradería.
Más tarde seguían los caimanes, delfines, hipopótamos, peces espada, ballenas, pejerreyes, dorados, peces voladores, truchas. Era admirable: los peces grandes no se comían a los peces chicos. Parecían hermanos de una misma familia. Finalmente cerraban el cortejo las cobras, anacondas, víboras, boas, lagartos, lagartijas, dinosaurios, plectosaurios y serpientes de cascabel.
Mientras en el bosque de la Porciúncula no cesaba de resonar el Cántico del hermano sol, todos estos hermanos cantaban, gritaban, piaban, graznaban, rebuznaban, silbaban, bramaban, aullaban, ladraban, rugían, balaban, mugían.
Desde el principio del mundo no se había escuchado semejante concierto. Todas las criaturas, según su naturaleza, cantaban aleluyas a su amigo y hermano Francisco. Y Francisco y las criaturas alababan, al unísono, al Altísimo Creador.
Detrás de esta escolta triunfal, el Hermano de Asís, sentado sobre un burrito, se despegó de la tierra y empezó a cruzar los cielos. Se había abierto la puerta grande del paraíso como en las grandes solemnidades. Desde el día de la Ascensión, no se había abierto esa puerta. El Pobre de Dios arrastraba consigo a toda la creación al paraíso. Había reconciliado la tierra con el cielo, la materia con el espíritu. Era una llama desprendida del leño. Era la piedad de Dios que retornaba a casa.
Lentamente, muy lentamente, el Hermano fue internándose en las órbitas siderales. Fue alejándose como un meteoro azul hasta que se perdió en las profundidades de la eternidad.
¡Alabado sea Jesucristo!
BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangelización

¿Por qué me preguntas por lo bueno?

¿Qué he de hacer yo de bueno para obtener la vida eterna?. Esta pregunta que le formula un hombre a Jesús denoota búsqueda y desconcierto. No es extraño, por eso que Mateo (a diferencia de Marcos y de Lucas) agregue que ese hombre era en realidad un joven. Como todos los jóvenes del mundo, andaba aquél buscando su camino. El joven tiene por delante muchas rutas y teme equivocar su senda. «¿Qué he de hacer de bueno?».
El hombre del relato tenía muchos bienes, pero le faltaba tal vez lo principal: a pesar de sus riquezas, no sabía qué hacer para alcanzar la vida. «¿Qué he de hacer de bueno?».
Ese joven ha intuido que en Jesús existe una bondad radical -sólo Dios es bueno- que puede darle la respuesta definitiva al problema de su vida. Ha percibido que en Jesús hay algo de Dios que puede presentar los verdaderos valores, abrir la verdadera ruta y proponer los verdaderos retos.
Jesús se resiste a darle una receta. «¿Por qué me preguntas por lo bueno?», es la extraña respuesta del Maestro. Antes de proponerle soluciones, Jesús quiere ir a lo más hondo del alma de ese hombre.
Antes de dar cualquier respuesta y antes de dar cuallquier consejo, es necesario saber si el hombre está dispuesto a revisar a fondo sus criterios... si está dispuesto a aceptar como bueno lo que el Señor le diga. Se trata de llegar a las raíces de la moralidad. «¿Por qué me preguntas por lo bueno?».
Jesús, tanteando su terreno, le ofrece primero un camino seguro, sin grandes aventuras: «Cumple la ley». Quédate con lo que está mandado. Marcha a paso tranquilo por tus obligaciones. Allí todo está claro. Viviendo de la ley conocerás las prohibiciones y las órdenes; no tendrás sobresaltos.
Para el que sólo busca ser fiel a las normas, sólo hace falta un código. Pero el joven, porque es joven, necesita algo más; y porque ha intuido en Jesús lo que en verdad es bueno, se atreve a pedirle que le indique otro camino. El hombre joven quiere acceder al verdadero cristianismo. Quiere pasar de la mentalidad judeo-farisaica que vive de la ley, al cristianismo que propone el amor.
Entonces, mirándolo con cariño, Jesús se atreve a presentarle su camino: «Si quieres ser perfecto, deja todo lo que tienes y dalo a los pobres»; abandona tus seguridades; despójate, atrévete a amar riesgosamente... «ven y sígueme». Es la invitación a una religión del seguimiento personal y del amor. Es mucho más exigente, llega en verdad más lejos, cumple la ley porque ama mucho.
¿Por qué me preguntas por lo bueno? ¿Estás dispuesto a escucharme? Frente a los grandes problemas que agitan a los jóveenes de hoy: el sentido de su vida, su sexualidad y tantas otras cosas, Jesús les pregunta -y nos pregunta a todos- si estamos dispuestos a creerle a él, si estamos dispuestos a revisar nuestros criterios acerca de lo que es bueno, si estamos dispuestos a afinar nuestro espíritu para tener un mismo corazón con él.
Él no nos propone en primer lugar una prohibición, ni siquiera una ley... N os invita a una decisión, a una aventura, a un riesgo: a atrevemos a ser como él y a compartir con él la vida: «Ven y sígueme».
Ante un problema tan candente como el del uso de los bienes o frente al problema de la sexualidad, Jesús no se limita a proponer un mandamiento. El Evangelio ha hecho santos no porque coarta sino porque agranda el corazón y el ideal. Es un modo distinto de enfrentar los grandes desafíos. No se trata de ensanchar la manga o de agrandar la puerta... se trata de agrandar el corazón. Es una vida nueva.
Es éste, tal vez, el mayor desafío para la Iglesia: si quieres ser perfecto, si quieres realizar tu vocación de hombre, déjalo todo, ven y sígueme. Pedir menos es quedarse para siempre sin entender el Evangelio. Es volver insípida la sal y esconder cobardemente la luz del candelero.
Te invitamos a ver en nuestra página web, www.jesusestavivo.org.mx la Misa del domingo de las 9 de la mañana en Catedral; la misa en la Parroquia de San Pedro de las 9 de la mañana y en Las Rosas la Misa de Sanación. En Blooger tenemos nuestras seis columnas diferentes publicadas en los tres principales diarios de Morelia. La dirección para encontrarlas es: jesusestavivoenmorelia.blogspot.com También nos puedes localizar en Twitter donde están nuestras columnas, pero ahí puedes hacer comentarios, críticas, sugerencias y todo lo que se le parezca. Su dirección es: twitter.com/jesusestavivo
¡Alabado sea Jesucristo!
BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangelización

Prédica a las aves

Por aquel tiempo Francisco de Asís llamó el fray Maseo, y le dijo: Hermano, hace días que estoy metido en un pozo y no puedo salir. ¿Qué tengo que hacer? ¿Plegar las alas, acurrucarme a los pies de Dios y vivir siempre así, o extenderlas y volar sobre el mundo anunciando su Palabra? A veces tengo miedo de que, al caminar sobre el mundo, se me pegue el polvo del camino. Pero cuando pienso en nuestro bendito Cristo, que renunció a la dulzura del paraíso para salvar nuestras almas, me vienen ganas de saltar sobre el mundo y no parar nunca. ¿Qué hago? Hermano Francisco, respondió fray Maseo. Siempre he oído decir que Dios manifiesta su voluntad a las almas de alta oración. ¿Por qué no consultar con algunas de estas almas? Fray Maseo, mañana por la mañana irás a San Damián para encontrarte con la hermana Clara. Ella vive en la cámara más secreta del Señor: todos los misterios divinos le son familiares. Le dirás que Francisco quiere saber si debe dedicarse sólo a la contemplación o también a la evangelización. Pero dile que, antes de darme la respuesta, elija a la hermanita más simple, inocente e ignorante del monasterio y consulte con ella sobre este grave problema. Después, querido Maseo, subirás por la garganta profunda del Subasio hasta las cárceles, donde nuestro hermano Rufino vive escondido en Dios, y le harás la misma consulta.
Al día siguiente, antes de las primeras luces, salió fray Maseo cumpliendo el deseo del Hermano en todos sus pormenores. Francisco, a su vez, pasó gran parte de la mañana suplicando al Señor que manifestara inequívocamente su voluntad. Pasaban las horas y Maseo no regresaba. En realidad, necesitaba recorrer un largo trayecto. Francisco estaba impaciente por saber la respuesta de los dos grandes adoradores.
Al filo del mediodía, retornó fray Maseo. Al verlo, Francisco se alegró sobremanera. No le preguntó, sin embargo, por el resultado de la embajada. Primeramente le dio un gran abrazo. Después lo tomó de la mano y lo llevó a una de las chocitas donde le tenía preparada agua tibia. Le lavó los pies con reverencia y cariño. Después de secárselos, se los besó pausadamente. Luego le llevó a la choza grande, lo sentó a la mesa y le dio de comer aceitunas, higos secos, pan y agua fresca.
Después lo tomó otra vez de la mano y lo llevó al bosque. Se internaron en la espesura profunda. Francisco se arrodilló delante de él como en una escena caballeresca. Se quitó la capucha con reverencia. Extendió los brazos en forma de cruz y, en voz alta, le preguntó: ¿Qué manda mi Señor Jesucristo? -Tanto a la hermana Clara como a fray Rufino, respondió Maseo, se les ha revelado que debes ir por el mundo pregonando el amor de Dios.
Oída esta respuesta, una honda exultación se apoderó del Pobre de Asís. Se levantó y, elevando los brazos, dijo: ¡En el nombre de Dios, en marcha!
Y, sin regresar a la ermita, se lanzó en compañía de Ángel y Maseo en dirección a Espoleto. Arrastrados por el impulso del Espíritu, ebrios de felicidad, pronto llegaron a un pueblecito llamado Canara.
Allá se encontró con un grupito de personas y comenzó a hablarles del Amor Eterno, de la Paz y de la Pobreza. Pero una compacta e innumerable bandada de golondrinas y vencejos, con su chirriar y acrobacias, molestaban y no permitían escuchar con tranquilidad a Francisco. Impostando la voz con inefable modulación, Francisco suplicó a las golondrinas que por el amor del Amor estuviesen quietas y en silencio por un tiempo.
Así hicieron ellas. En vista de lo cual la gente quedó arrebatada, y querían abandonar todas las cosas y seguir al Hermano de Asís. Este les dijo: Calmaos y no os precipitéis; ya llegará la hora para vosotros, no os olvidaré.
Aquella gente quedó sumamente consolada con estas palabras y el milagro de las golondrinas. Los hermanos se ausentaron de la aldea en dirección de otra aldea llamada Bevagna. Francisco iba vestido de fervor y alegría. Se sentía el hombre más dichoso de la tierra.
A lo lejos, a la derecha del camino, se veían varios árboles de copa muy alta y de amplio diámetro. Francisco los fue contemplando con gran atención. Pero, al aproximarse a ellos, comenzó a oírse una vocinglería abigarrada y polifónica. El Hermano abrió desmesuradamente los ojos y casi no podía creer lo que estaba viendo: una muchedumbre casi infinita de pájaros de todo plumaje y tamaño ocupaba la espesura del bosque.
Hermanos, dijo Francisco a sus compañeros, quedaos ahí. Es el Señor quien me ha preparado este original auditorio. También las aves entrarán en el paraíso. ¿Quién sabe si su corazón es un terreno bien preparado para producir el ciento por uno?
Y pausadamente, casi sin tocar el suelo para no espantar a las aves, se internó Francisco en el campo y, tomando cierta distancia, comenzó a predicar a los pájaros que estaban picoteando en el suelo. No se puede creer lo que sucedió. Los pájaros que estaban inquietos picoteando semillas invisibles, al escuchar la voz de Francisco, se aquietaron, y colocándose en semicírculo, permanecieron mirando a Francisco y escuchándolo.
Este seguía hablándoles. Y, ¡oh prodigio!, saliendo desde la profusa enramada, bajaron al suelo millares de otras aves. Se colocaron delante de Francisco ordenadamente: delante las más pequeñas, en medio las de tamaño mediano y detrás las más grandes. Mientras duró el sermón ninguna pió, ninguna picoteó en el suelo. Estuvieron quietas hasta que Francisco terminó el sermón. Pero ni siquiera entonces se marcharon. Esperaron pacientemente hasta que Francisco les diera la bendición. Al predicarles, el Hermano se movía entre ellas. Y aunque las rozaba con el borde de su hábito, ni aun así se asustaban ni se movían.
Todo esto no se podía creer si no lo hubiera contado el mismo fray Maseo al hermano Santiago de la Masa. Estas fueron las palabras que el Hermano dirigió a las aves: “Queridas aves, hermanas mías: Hacéis lo más hermoso de la creación: volar. Los hijos de Dios por nada debemos sentir envidia, pero yo os confieso este pecado: yo os envidio porque podéis volar. Cómo me gustaría volar ahora mismo hasta el vértice de este árbol, hasta aquel risco inaccesible. Para vosotras nada hay inaccesible. ¡Que hermoso panorama debe verse desde esas alturas!
Vuestros cantos de oro, vuestros silbas sonoros, todo será poco para aclamar el amor y la sabiduría de vuestro Creador. Desde que aparece la luz hasta que desaparece, deben rasgar los aires anunciando que no existe otro Todopoderoso sino vuestro Creador. Aunque nadie os escuche, llenad el mundo de las alabanzas del Señor.
En su infinita inventiva, el Creador os ha investido de doble y triple plumaje, para preservaras del frío, para que no os quemen los rayos del sol y para que os encontréis bonitas. El Señor os ha dado plumas que no se mojan para que la lluvia os resbale, y tenéis el poder de volar aun en medio del aguacero más torrencial. Vuestras plumas son del más variado colorido. Tenéis tonalidades que no se ven en nuestro arco iris: verde-negro, negro-azul, rojo-blanco, verde-amarillo... Sois muy vistosas, hermanas mías, aves. Todo es Gracia de Dios.
Vuestro Padre tuvo gran cuidado de conservaras en el arca de Noé para que no desapareciera vuestra estirpe. Y cuando bajaron las aguas, fue una de vuestra raza la primera en salir del arca y averiguar si la tierra estaba habitable. Porque vosotras sois las únicas capaces de volar por encima de las aguas. Además, el Señor os ha dado ese cielo azul y ese espacio dilatado para agitar alegremente vuestras alas y cantar. Yo nunca os he visto tristes. Al contrario, siempre os veo felices. Sois las criaturas más privilegiadas de la creación. Todo es Gracia de Dios.
Además, vuestra Padre ha sembrado la tierra de manantiales y ríos en consideración a vosotras para que podáis apagar la sed y bañaras en los días de gran calor. Ha edificado, además, montañas altas y valles espaciosos para que podáis habitar sin que nadie os moleste. Y el mayor invento de Dios, y el mayor regalo para vosotras, son los árboles. No os quiero hablar de sus cualidades porque vosotras las conocéis mejor que yo. Solamente os quiero advertir que si los árboles son tan altos, es para que podáis colocar vuestros nidos en las primaveras sin ningún peligro. De esta manera, los niños, a quienes tanto les gustan los nidos, no los pueden alcanzar y destruir. Todo es Gracia de Dios.
Finalmente, todos los días encontráis la comida preparada. El hombre tiene que salir al campo para sembrar en el invierno, en la primavera para escardar y en el verano para segar y cosechar; y para vestirse, necesita construir innumerables fábricas y talleres de tejidos. Vosotras, nada de esto. Saltáis del nido, y el Padre os viste para toda la vida. Por lo demás, nunca se ha visto a un pájaro morirse de hambre. Todo es Gracia de Dios.
Realmente, sois las criaturas predilectas del Altísimo Padre. Vuestro único pecado es el de la ingratitud. Guardaos de ese pecado, hermanas mías. Y alabad, bendecid y agradeced eternamente el amor del Señor.
Mientras Francisco les iba hablando así, todos aquellos pájaros comenzaron a abrir sus picos, a estirar sus cuellos y a extender sus alas, inclinando respetuosamente sus cabezas hasta el suelo, y a manifestar con sus actitudes y con sus cantos el grandísimo contento que les causaban las palabras de Francisco.
El Hermano de Asís se regocijaba y recreaba juntamente con ellos, sin dejar de maravillarse de tan gran muchedumbre de pájaros en tan hermosa variedad, y de la atención y familiaridad que le mostraban. Por todo lo cual alababa devotamente al Creador.
Finalmente, terminado el sermón, Francisco trazó sobre ellos la señal de la cruz y les dio licencia para marcharse. Entonces, todos los pájaros se elevaron en bandada entre cantos armoniosos. Luego se dividieron en cuatro grupos, siguiendo la cruz que Francisco había trazado. Un grupo voló hacia el oriente. Otro, hacia el occidente. El tercero, hacia el mediodía. Y el cuarto, hacia el septentrión. Y cada bandada se alejaba cantando maravillosamente. Los hermanos menores, igual que las avecillas no han de poseer ninguna propiedad en este mundo, dejan su cuidado en las manos de Dios...
Visita nuestra página web: www.jesusestavivo.org.mx y vive los 119 videos de misas, evangelización y testimonios de sanación que tenemos, estos son algunos: Bienvenida, ¿Ciego yo?, Dieciocho años enfermo, El Espíritu de Dios me sana, El Espíritu sobre Jesús, El ministerio de Jesús, Epiléptico sanado, Jesús me sanó de diabetes, Jesús Gallina, Jesús enseña y sana, Jesús me enseña y me sana, Jesús a resucitado, Jesús tiene todo el poder, Mi Pastor me sana, Misas en la Catedral, en la Parroquia de San Pedro, en el Niño de la Salud, y de sanación en el templo de Las Rosas. Oración de sananción por Alan, Oración de sanación por Octavio y Wilfrido, Pedid y se os dará, Proclamando la Buena Nueva, ¿Qué dice Dios de la influenza?, Quiero, ¡queda sano!, Resurrección de un joven, Sanando enfermedad de nacimiento, Te doy 15 días para que me lo sanes... ¿Ustedes también quieren dejarme? Yo ciego, Zaqueo y el más grande: Bendición con el Santísimo. Próximamente subiremos las misas de sanación que celebra el P. Miguel Contreras. Entra a la página buscando en Google: aurelio prado flores Abre el nombre, te vas a INICIO y ahí están las misas, los videos evangelizadores con testimonios de sanación. Además tenemos un libro con más de 200 testimonios de sanación. Te vas a LIBROS y abres: Jesús está vivo... en Morelia y los encontrarás.
¡Alabado sea Jesucristo!
BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangelización

sábado, 3 de octubre de 2009

Esclavitud y libertad

Una enfermedad muy difundida en el mundo de hoy es la esclavitud... tan extendida y generalizada que ya hasta se acepta como la forma normal y ordinaria de vivir. Nos pasa como a los israelitas cuando salieron de la opresión egipcia. Les pareció tan alto el precio que estaban pagando por la libertad, que comenzaron a añorar las cebollas y los ajos del país de los Faraones. Se habían acostumbrado tanto a la esclavitud que no sabían ser libres.
Nuestra sociedad vive bajo la esclavitud de la mentira, encarcelada en los engaños del mundo, encadenada por los apetitos desmedidos y aprisionada en los falsos valores de poder, gloria y materialismo.
La hermosa película "Nací Libre" trata de una leona nacida en cautiverio. Sus dueños, conscientes de que esa prisión es anormal puesto que ella ha nacido para ser libre, están dispuestos a otorgarle la libertad. Sin embargo, no la sueltan de un día para otro, sino que tienen que enseñarle a bregar con los peligros de la libertad. Por fin, mientras la música toca la canción "Nací Libre” la leona se interna en la selva, mientras todos los espectadores lloran de emoción.
Nosotros, aunque hemos sido llamados a la libertad, nacimos en la esclavitud del pecado. El camino único para apropiárnosla es viviendo la verdad. El problema de nuestro mundo es que yace bajo el dominio del padre de la mentira que lo seduce de mil formas y de esa manera lo somete a sistemas de pecado y a situaciones pecaminosas. No se puede ser sano si no se es completamente libre. La sanación integral podríamos resumirla en una palabra: ser libres de toda mentira y falsedad, siendo el pecado el peor engaño de todos.
La vocación cristiana es un llamado a la libertad. Cristo Jesús nos participa de su Espíritu y donde está el Espíritu del Señor allí está la libertad: 2 Cor 3,1 7. Hemos recibido un espíritu de adopción para vivir como hijos libres de toda esclavitud; y si hijos, coherederos de todos los bienes de nuestro Padre Dios.
Jesús nos ha indicado claramente el camino que nos lleva al país de la completa y permanente libertad: Si se mantienen fieles a mi Palabra, serán verdaderamente mis discípulos; y conocerán la verdad y la verdad los hará libres: Jn 8,34. La libertad no se logra en un instante. Al pueblo de Israel le costó cuarenta años llegar a la tierra prometida. Toda una generación tuvo que peregrinar por un árido desierto, lleno de pruebas y peligros. No hay otra vía para conseguir la libertad. No hay caminos cortos ni recetas mágicas.
La liberación es un camino y una conquista. No es fácil. Se tiene que cruzar por la soledad del conocerse a sí mismo y encontrarse cara a cara con Dios. Jesús nos dice que para conseguir la libertad hemos de escuchar la Palabra de Dios, la cual nos hace discípulos suyos. El único camino para llegar a la libertad es mantenernos fieles a su Palabra, es decir, que sus criterios y valores rijan nuestra vida.
Jesús ha venido a liberarnos de nuestras esclavitudes y a romper todas las ataduras que nos aprisionan, tanto de las estructuras injustas, como de nuestros miedos y complejos. Su obra abarca tanto el aspecto interior como el exterior, las situaciones de pecado como todo pecado en singular. El Espíritu Santo está sobre él y lo ha ungido para proclamar la libertad a los cautivos y dar la libertad a los oprimidos (Lc 4,18-19).
La Iglesia, sacramento de liberación. La Iglesia, nosotros, somos sacramento de liberación, partícipes de la misma misión de nuestro Fundador, contamos con el mismo poder que Cristo tenía: poseemos el Espíritu de Cristo resucitado que es un Espíritu que nos lleva a vivir la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Por tanto, todos nosotros, Iglesia, somos ministros de liberación el uno para el otro; pero esta misión la realizaremos eficazmente en la medida que hayamos sido nosotros liberados de las diferentes esclavitudes que nos privan de la libertad.
Así como Moisés, antes de liberar al oprimido pueblo hebreo que yacía bajo la esclavitud de los egipcios fue él mismo liberado por Dios, así también nosotros tenemos que experimentar antes la liberación de nuestras ataduras para después ser agentes de liberación.
La Renovación Carismática ha puesto énfasis en esta oración que estaba un poco olvidada, pero me temo que no se ha llegado al equilibrio en ello. En general somos muy simplistas y superficiales en este ministerio.
Existen dos extremos en la oración de liberación: algunos que no aceptan su eficacia porque no creen en el Demonio que nos engaña y nos somete bajo sus tenores de vida. Niegan su existencia y por tanto su acción en nuestras vidas. No se dan cuenta que al no creer en el Padre de la mentira ya han caído bajo uno de sus engaños. El otro extremo es cuando se cree que la total liberación se obtendrá por una simple oración que expulse el mal que está dentro de nosotros con una imposición de manos.
Yo creo que no basta sacar demonios, sino que es necesario deshacerse de todos sus engaños que motivan nuestra conducta y rigen nuestro estilo de vida ¿De qué serviría sacar un demonio si se queda una legión de engaños en nuestra mente y en nuestro corazón? La manera eficaz de sacar diablos es liberarnos de todas sus ataduras de materialismo, sensualismo, egoísmo, orgullo, vanidad y mentira.
Existe el peligro de reducir la oración de liberación para casos de personas metidas en espiritismo, ocultismo y cosas semejantes. Sin embargo, igualmente está en las garras de Satanás el orgulloso que se hace dios a sí mismo, el codicioso que idolatra el dinero y los bienes materiales, el adúltero que no puede dejar de pecar, el deprimido que se hunde en su desesperación, el mentiroso que vive engañado y engañando; en fin todo el que permanece en una situación de pecado. La perfecta libertad implica la renuncia a Satanás y a todas sus obras y engaños con que seduce al mundo.
Pablo nos ofrece un amplio catálogo de los lazos con que el Tentador trata de mantenernos sujetos a su voluntad y de los cuales debemos ser liberados. He aquí esta lista: idolatría, hechicería, impiedad, prevaricación, perjurio, sacrilegio, egoísmo. traición, ingratitud, injusticia, avaricia, codicia, latrocinio, soberbia, orgullo, vanagloria, adulterio, fornicación, perversión sexual, lujuria, impureza, desenfreno, libertinaje, embriaguez, gula, orgía, homicidio, rivalidad, envidia, odio, discordia, celos, rencillas, cólera, ira, insolencia, detracción, engaño, mentira maledicencia, chisme, ultraje, altanería, contienda, malignidad. deslealtad, desamor, malicia, rebeldía, insensatez, perversidad, maldad, murmuración, división, disensión, desorden, acritud, temeridad, fanfarronería, enemistad, difamación y calumnia: 1Cor 5,9-10; 6,9-10; 2Cor 12,20; Gal 5,19-20; Rm 1,29-31; 13,13; Col 3,8; Ef 4,31; 1Tim 1,9-10; 2Tim 3,2-5. Todos estos eslabones forman la cadena de la esclavitud que se llama pecado.
En películas como "El exorcista" no se hablará nunca de estos dominios de Satanás, y de esa manera también logra engañarnos haciéndonos pensar que sólo actúa de la forma como se muestra allí. Sin embargo todas estas cosas enumeradas por Pablo destruyen hogares, hunden sociedades y acaban con las personas.
La forma más ordinaria como el Demonio nos esclaviza no es por medio de la posesión física, la cual es muy rara, sino a través de la mentira. (Cf. Jn 8,44)
Algunos piensan muy superficialmente cuando creen que la liberación completa se va a lograr con una simple "oración de liberación". Hay casos en que somos liberados de alguna atadura mediante una oración así, pero esto es sólo un signo del poder de Cristo para que confiemos en que él nos puede liberar de toda esclavitud.
Te invitamos mañana lunes al templo de Las Rosas a la Misa de Sanación de las 19:00 horas. Después de la Misa del mes pasado recibimos testimonios de sanación. Algunos hermanos sanaron de resentimientos y enfermedades diversas, otros volvieron a oír y no faltaron los que perdieron los miedos, rencores y odios. Pero sin duda el más grande fue el de nuestra hermana Rocío que nos comentó que en ocasiones cuando comulga come carne viva: “!Jesús está vivo en la Eucaristía!” Esto verdaderamente nos alienta y nos motiva a seguir llevando la Buena Nueva: ¡Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo! La forma en que Jesús se manifiesta para llevar a cabo esta promesa es precisamente... la Eucaristía.
¡Alabado sea Jesucristo!
BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangelización

Rompe el frasco

Hoy terminamos nuestra reflexión cuando Jesús tuvo un encuentro con una mujer de la calle. Lucas nos muestra el amor misericordioso de Dios cuando Jesús fue invitado a una comida y una mujer quiso tener un encuentro vivo y personal con el que tiene todo el amor del mundo. La mujer abrió su plateada bolsa y con delicadeza femenina tomó entre sus manos el exquisito perfume que portaba. Golpeó repetidas veces y con suavidad el cuello del frasco contra la mesa, hasta romperlo sin derramar gota alguna del preciado líquido. Luego, con maestría de experta y sin escatimar cantidad ni costo, comenzó a verterlo amorosamente en los pies de Jesús. La fragancia inundó la casa completamente.
Al romper aquel frasco sellado y dejar escapar su aroma, percibió lo efímero y transitorio que es un apasionado amor de una noche. Esa fragancia era el concentrado de su atormentador pasado. Pero en contraste, despedía ahora el olor de la más pura de las flores, porque cuando aun el más sucio y asqueroso de los pecados se pone a los pies de Jesús, ya no apesta, sino que perfuma, mientras que el pecado guardado en el frasco del corazón, es como el agua que no corre: se pudre.
Ella rompió el frasco de alabastro, porque su corazón ya estaba quebrantado. El Maestro ya la había seducido con ese amor total y desinteresado. Jesús, por su parte, se impregnó del perfume femenino, mientras que ella comenzaba a tener el más fino de los perfumes: el suave olor de Cristo. Ya no tenía necesidad del otro. Jesús cargaba con su pecado y lo transformaba.
Lucas nos describe la escena con rasgos tan vivos y elocuentes, que es como si nosotros mismos estuviéramos sentados a la mesa. No somos espectadores, sino que formamos parte del cuadro. Teníamos una invitación personal al banquete y fuimos sentados a un lado de Simón. Casi nos parece estar mirando a la mujer y ser mirados por ella; nos estremecemos al contemplar la escena, alcanzamos a escuchar el susurro del murmullo de los fariseos y el rechinido de sus dientes por el coraje. Podemos hasta disfrutar el fino perfume que aromatiza todo el ambiente.
Sin duda que esta descripción tan vívida es intencional por parte del evangelista, para hacernos notar que cada uno de nosotros tiene algo de fariseo, cuando nos creemos mejores que los demás y los despreciamos o condenamos. Basta con creer que no somos fariseos, para convertirnos automáticamente en el mejor representante de su gremio. Por eso, sentados junto a Jesús y compartiendo la mesa con nuestros colegas del fariseísmo, es como debemos contemplar el desenlace de la escena evangélica.
Estamos, pues, obligados a tomar postura frente al drama que se va a desarrollar. Permanecer indiferente o sin partido, es desaprobar la actitud del Maestro de Nazaret.
La mujer guardó silencio por largos instantes. Luego comenzó a besar dulcemente los pies de ese alegre mensajero que había traído a su vida la Buena Noticia de que Dios la amaba. Alzó su mirada y, al no encontrar rechazo alguno por parte del Maestro, sus ojos se empañaron con lágrimas de agradecimiento. Jesús no sólo se dejaba acariciar y besar. El mismo posó suavemente su mano sobre ella, aceptando de esa manera todo el amor que le era mostrado. Con esta expresión de cariño, su llanto se transformó en río de felicidad. Las lágrimas barrieron la pintura de sus ojos y negras gotas comenzaron a mojar los pies de Jesús. Entonces ella, con el ingenio del amor, improvisó la más original de las toallas: su seductora cabellera.
Los fariseos se sentían cada vez más incómodos ante escena tan escandalosa. Con mirada de reprobación exigían a Jesús poner alto a todo eso, pues temían que fuera a llegar a mayores expresiones de afecto, ya que esa mujer era capaz de atreverse a todo.
Simón observaba sin perder el más mínimo detalle. Entonces, mientras esbozaba una nerviosa sonrisa de satisfacción y golpeaba con su dedo la mesa, comenzó a decirse con absoluto convencimiento: "Si este hombre fuera de veras profeta, sabría qué clase de mujer es esta que le está tocando".
Con un juicio así clasificó y juzgó a ambos, encuadrándolos en el lugar que a su entender les correspondía:
- En el caso de la mujer, la miró con desprecio llamándola "esta clase de mujer". Para él había diferentes clases de personas, separadas por barreras infranqueables. A ella la tenía catalogada entre las que no tienen remedio y por las que nada se puede ni se debe hacer. La condena de Simón condicionaba de tal manera a la pecadora, que la hacía incapaz de cambiar.
- En el caso de Jesús, el incidente le sirvió a Simón para despejarse una terrible duda que lo venía atormentando: en verdad no podía ser el profeta de Dios. Esta conclusión tranquilizó su conciencia, pues entonces las palabras y enseñanzas del predicador de Galilea no tenían valor, ya que su conducta no estaba respaldada por la santidad y pureza que caracterizaban a la religión de Israel, ni menos la mentalidad de los fariseos. Por tanto, él, Simón, estaba en el camino correcto y no había razón alguna para cambiar.
...y sin embargo, Simón se equivocó en ambos juicios. Otra vez, como siempre había sido su costumbre, se fijó sólo en el exterior de la copa y no miró su interior.
Simón estaba reforzando su juicio con mil argumentos cuando Jesús interrumpió sus pensamientos, llamándole la atención: "Simón, tengo algo que decirte...". Jesús lo llamó por su nombre. Para él, cada uno es importante y diferente a los demás. Para él no es un fariseo como todos, sino una persona con su nombre propio.
Poniendo su mano sobre la cabeza de la mujer, prosiguió: "Un acreedor tenía dos deudores. Uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como ninguno de los dos tenía con qué pagarle, les perdonó la deuda a ambos. Tú, ¿cuál crees que le amará más?".
Simón, haciendo un gesto de absoluta seguridad, afirmó con lógica matemática: "Supongo que aquel a quien más se le perdonó".
Al darse cuenta Jesús de que el fariseo había caído en las redes de su propia astucia, le respondió con ironía: "Piensas muy bien, Simón, muy bien...". A quien se había equivocado rotundamente al juzgar a la mujer y a su persona, Jesús le dice que piensa muy bien. Cuando Simón se fija en el exterior de la copa, siempre acierta. Lo malo es que no tiene ojos para mirar adentro. Luego Jesús añadió: "Mira bien a esta mujer. Tú no la ves como yo, por la simple razón de que no me miras como ella. Yo soy para ella la manifestación de la misericordia de Dios con todos los hombres, especialmente los pecadores. A ella se le perdonó todo. Debía quinientos, y no se le perdonó cincuenta ni cien. Ni siquiera cuatrocientos o cuatrocientos noventa y nueve. El perdón fue total. En cambio, tú has puesto límites al perdón de Dios. Para ti es mejor que Dios no tenga mucho qué perdonarte, y no te das cuenta que para Dios cualquier cantidad siempre será poco, pues donde abunda el pecado, sobreabunda su amor compasivo.
Por otro lado, aunque según tus cálculos sea poco lo que se te debe perdonar, de todos modos ni eso puedes pagar: mereces la misma cárcel que quien debía quinientos.
Tú no me diste agua para lavarme, pero sí me condenaste por comer con las manos sucias. En cambio ella regó mis pies con sus lágrimas. Tú no me besaste, ni tampoco me ungiste con aceite. Ella, en cambio, no ha dejado de besarme desde que entró, y hasta derramó todo su exquisito perfume sobre mí.
Eres tú el que te has hecho diferente a ella, porque según tú, hay muy poco de qué perdonarte. Simón, sólo hay un pecado que Dios no te puede perdonar: el pecado que tú no reconoces. Si a ella se le ha perdonado tanto, ¿por qué te extraña que se comporte de esta manera?
Ella es diferente a ti sólo en cuanto a que su justicia no está basada en buenas obras ni el cumplimiento de una ley. Ella es justa no por la ley que siempre produce muerte sino por la misericordia de Dios. En cambio, la ley que tú cumples, puesto que tienes tu confianza puesta en ella, hace que no reconozcas que me necesitas".
Mientras la mujer levantaba su cabeza y reacomodaba su pelo sobre su espalda, Jesús se dirigió a todos los comensales afirmándoles: "En verdad, en verdad les digo: Las prostitutas y los pecadores los aventajarán en el Reino de los Cielos, porque es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, a que alguno que se cree justo se salve".
Estas palabras parecieron demasiado duras y ofensivas para algunos, que de inmediato se pusieron de pie y dejaron violentamente la sala. Otros rechinando los dientes masticaban su rabia, mientras Jesús permanecía mirando la copa que él mismo había ensuciado con sus manos sin lavar. En la casa entera se respiraba aquella fragancia de perdón, que contrastaba con la dureza de corazón de los que se decían buenos.
Jesús se volvió a la mujer. La veía diferente. Ella no esquivó su mirada y escuchó algo que ya sabía: "Tus pecados ya están perdonados".
Sin embargo, Jesús hizo esta declaración en voz alta para que fuera escuchada por todo aquel que tuviera oídos y se abriera al amor misericordioso y clemente de Dios.
Mas fue contraproducente, pues al escuchar a Jesús hablar de esta manera, los fariseos comenzaron a murmurar con indignación: "¿Cómo es que se le perdonan los pecados a esta? ¿Por qué esta que ha pecado tanto, ahora ya está sin pecado? Si nosotros nos hemos esforzado en cumplir toda la ley, ¿en qué está nuestra ventaja, si Dios puede perdonar a cualquiera?".
Ellos no consentían que el amor de Dios, se extendiera a los pecadores. Dios, según sus cálculos egoístas, pertenecía en propiedad exclusiva a los cumplidores de la ley. Para ellos era inconcebible que el Dios tres veces Santo y Justo tuviera algo que ver con los pecadores, a no ser para castigarlos y condenarlos.
Jesús venía a dar una imagen herética de ese Dios, perfilado por la mentalidad legalista y perfeccionista de ellos, pues presentaba un Dios que no condenaba, sino que salvaba; que no castigaba, sino que redimía; que buscaba y amaba a los pecadores para transformarlos...
Esta mujer experimentó el perdón y la misericordia de Dios gracias a su fe. No fueron sus obras, ni siquiera el llorar delante de Jesús. El fondo y la raíz por la cual Dios la justificó y le perdonó la deuda completa que tenía, era su fe en aquel que era capaz de perdonar cualquier pecado.
Sin duda que esta mujer ya había creído en Jesús desde antes de entrar en casa de Simón; por eso entró. Más no era suficiente. Era necesario confesar de una manera exterior lo que creía en el corazón. En casa de Simón hizo su profesión pública de fe.
No es suficiente pensar que se cree. Es indispensable también manifestarlo de una manera exterior dentro de la comunidad de creyentes, confesando delante del mundo que se tiene a Jesús como único Salvador y soberano Señor.
Hay muchos creyentes que nunca dan este segundo paso en su fe, y por eso nunca crecen en su experiencia de salvación. Se contentan con creer dentro de su casa, o en el templo los domingos. Oran nada más en un cuarto cerrado, donde nadie los ve. Es necesario, además de todo lo anterior, hacer pública profesión de su fe y dar razón de su esperanza ante todos los demás, para que glorifiquen al Padre que está en los cielos.
Jesús posó suavemente su mano sobre la cabellera humedecida por las lágrimas. Luego añadió: "Vete en paz".
La paz mesiánica no es un tranquilizante psicológico, sino la plenitud de todas las bendiciones. Es vida plena y abundante. Es fuerza y capacidad de superar cualquier adversidad. Es salud tanto interior como exterior. Sin embargo, esa paz no puede ser recibida sino por quien se reconoce necesitado de ella.
La mujer sale de casa de Simón con una fuerza que antes no poseía; la paz que la ha reconciliado con todos: con Dios, consigo misma y con los demás, y aún con quienes se consideraban mejores que ella. El perdón y la paz la restablecieron de tal manera, que la capacitaron para no volver a la misma vida de antes.
Te invitamos mañana lunes al templo de Las Rosas a la Misa de Sanación de las 19:00 horas. Después de la Misa del mes pasado recibimos testimonios de sanación. Algunos hermanos sanaron de resentimientos y enfermedades diversas, otros volvieron a oír y no faltaron los que perdieron los miedos, rencores y odios. Pero sin duda el más grande fue el de nuestra hermana Rocío que nos comentó que en ocasiones cuando comulga come carne viva: “!Jesús está vivo en la Eucaristía!” Esto verdaderamente nos alienta y nos motiva a seguir llevando la Buena Nueva: ¡Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo! La forma en que Jesús se manifiesta para llevar a cabo esta promesa es precisamente... la Eucaristía.
¡Alabado sea Jesucristo!
BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE DE HOY
Grupo Apostólico Nueva Evangelización