jueves, 31 de diciembre de 2009

En la casa de Pedro

Saliendo Jesús de la Sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó; ella levantándose al punto, se puso a servirles. Lucas 4,38-39
Jesús salió de la Sinagoga y se fue a la casa de Pedro. Esto tiene una doctrina, un símbolo muy grande.
La Sinagoga era el lugar de reunión para los del Antiguo Testamento. Los judíos ahí estudiaban la Palabra de Dios. Al dirigirse Jesús de la Sinagoga a la casa de Pedro nos da a entender que ya ha finalizado el tiempo del Antiguo Testamento, que por lo tanto la Sinagoga que queda atrás y que Jesús inaugura un nuevo lugar en donde su Palabra será escuchada. Ese nuevo lugar es la casa de Pedro, que al igual que la Barca de Pedro simboliza la Iglesia, la comunidad de fieles que sigue al Señor, bajo la sujeción de Pedro.
Nosotros ahora escuchamos la Palabra en la casa de Pedro, en la Iglesia guiada por el sucesor de Pedro, Benedicto XVI. ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios! ¡Esto nos alegra mucho! ¡Claro que si!
Hoy, más que nunca, es importante saber en qué casa estamos, porque hay multitud de ´casitas´. Jesús entró a la de Pedro. Tú ¿a cuál? Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro encontró diferentes tipos de personas. ¿A cuál de esos tipos correspondemos cada uno de nosotros?
LOS CAÍDOS. Al entrar, vemos inmediatamente a la suegra de Pedro, enfermo, en la cama. He ahí el primer tipo de cristianos. La suegra de Pedro representa a los hermanos que están caídos, a los que están enfermos, a los que están bajo el peso de los vicios y pecados, a los que están fuera de circulación, a los que están tocados y estacionados, que han caído, que no están activos, que están enfermos, a punto de morir, con alta fiebre.
Es muy posible que a la hora de ingresar a la Iglesia nos encontremos con este tipo de cristianos. Una persona me decía: “Yo me voy a otra Iglesia porque los católicos son borrachos”.... Le dije: No es que sean borrachos sino que algunos llegan ya borrachos y como nosotros no le impedimos la entrada a nadie...
Tal vez si tú entras en un templo católico camines entre gente sucia y desaliñada que no se baño recientemente y eso no quiere decir que en la Iglesia Católica todos sean descuidados. No somos una Iglesia cerrada y puritana; no decimos: “aquí sólo santos, aquí sólo salvos, los demás se salen”.
No nos avergoncemos de encontrar a la entrada de la casa de Pedro al que está enfermo, al que está en la cama, al que está tirado. Sí, los hay... Si tú hoy te sientes pecador, si te sientes caído, el Señor te recibe con alegría. ¡Gloria a Dios!
LOS QUE ORAN Y TRABAJAN POR QUE LOS CAÍDOS SE LEVANTEN. En la Iglesia existe otro tipo de cristianos: los que están luchando para que el enfermo se levante, los que están intercediendo, con una mano hacia Jesús y la otra hacia el enfermo, los que están trabajando para levantar a los que están caídos.
Dice Lucas que “algunos le rogaron por ella”, al Señor. ¿Eres tú de los que doblan las rodillas para implorar por los necesitados? ¿Perteneces tú a este grupo? Esa ha sido la forma de actuar en nuestra Iglesia.
Cuando Pedro estaba custodiado en la cárcel... la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios. Hechos 12,5 Y más adelante cuando Pedro había sido ya liberado: Consciente de su situación marchó a casa de María, madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde se hallaban muchas reunidos en oración. Hechos 12,12
Pedro en la cárcel, representa lo mismo que su suegra en la cama. Es el hermano sujeto a prueba, atrapado, enfermo, caído, que no puede levantarse. Cuando el Señor saca a Pedro de la cárcel, éste se va al lugar donde los hermanos habían estado y aún estaban orando por él.
¿Sabes por qué hay hermanos que se alejan de un grupo apostólico y ya no regresan? ¿por qué se van de nuestra Iglesia? ¿por qué muchos esposos aunque se sientan culpables se van y ya no vuelven al hogar? ¿por qué muchos hijos ya no regresan? Porque saben que no hemos estado orando por ellos sino que hemos estado hablando mal de ellos y sienten ganas de desaparecer. Mormuramos del que ha caído en vez de orar por él; él se entera y no tiene ganas de volver.
En la case de Pedro no hay cabida para los que critican a los que están caídos; sólo hay lugar para los que imploran: “Jesús, levanta a mi hermano que se ha caído”. “Jesús, saca de la cárcel a mi hermano que está triste y desalentado”. “Jesús, dales la mano y sana a los enfermos que hay en nuestra Iglesia”.
Al inclinarse Jesús hacia la suegra de Pedro, conminó a la fiebre. Jesús le habló fuerte a la fiebre, no a la suegra. Algo semejante ocurrió con aquel endemoniado que se golpeaba en los sepulcros. Jesús reprendió al espíritu inmundo, no al joven.
¡Qué bella enseñanza! Si la practicas en tu casa, habrá gran felicidad. Si lo practicamos en la Iglesia también será así. Cristo aborrece el pecado, pero ama al pecador. Jesús conmina a Satanás y al pecado, pero al hombre le da la mano. ¿Haces tú lo mismo? Cuando tienes un problema con tu esposo, ¿le hablas fuerte a tu esposo, o al problema?
Hace poco tuve que reprender a una joven que pidió permiso de salir de su casa. Debía regresar a las diez de la npche y volvió a las cuatro de la madrugada cuando todos estaban preocupados. A mi me tocó llamarle la atención. Mira, le dije, no es tanto por lo que andes haciendo sino por los peligros a los que te expones andando en la calle de noche. Ella me replicó altiva: ¿Quiero que sepas que ya cumplí diecinueve años! Entonces le dije: Espíritu de rebeldía, que estás en el corazón de esta hija de Dios, yo te ordeno salir de este Templo del Espíritu Santo. Ella se quedó asustada, pues no sabía ni a quién le estaba hablando yo.
Jesús no nos quiere echándonos en cara nuestras fallas y limitaciones. Quiere que conminemos al mal, no al pecador. Las personas merecen nuestra atención. A quien hay que expulsar el al pecado y al espíritu del mal.
La próxima vez que quieras regañar a tu esposa porque no ha hecho bien las cosas, no la regañes; abrázale, hazle una caricia y dile: mi amor, déjame reprender a ese espíritu de pereza que te agobia: ¡espíritu de pereza, fuera!
Eso fue lo que Jesús quiso enseñar a Pedro cuando iban a tomarlo preso en el Huerto de los Olivos y le pegó al soldado Malco la oreja que Pedro le había arrancado. Lo que necesitaba no era una oreja menos sino la purificación de su corazón. ¡No más dañar al enfermo! ¡No más criticarlo ni golpearlo!
Jesús cura y ama al enfermo, mientras expulsa su pecado y su rebeldía y a él deja con nosotros. Digámosle: ¡Te queremos aquí con nosotros! ¡Echo fuera tu pecado, tu alcoholismo, tu mentira, todo! Pero tú, ¡quédate con nosotros!
Leímos en la Palabra que después de ser conminada, la fiebre la dejó y que lo enferma se levantó. La persona que estaba caída, derrotada, es curada por Jesús. Este es el tercer grupo de cristianos: Los que habían caído, pero el Señor levanta. No tengas pena de haber caído. ¿Sabes quién es el único que no cae? El que está en el suelo. Ya no pasa de ahí.
Hay quienes dices: “yo no tengo pecados” porque viven en pecado y no sienten la diferencia. Cuando sientes dolor y dices: “Señor perdóname”. Eso es una buena señal, porque significa que sabes distinguir entre lo que es estar de pie y estar caído. Sólo el que camina se puede caer. Por eso, cuando sientes que te has caído, es que estabas de pie.
Esta misma doctrina la venos cuando Pedro camina sobre las aguas. Decimos que Pedro cayó porque le faltó fe y no es así. Fue el único que tuvo fe. Si los demás no se hundieron fue porque no se atrevieron a salir de la barca, fue el único que tuvo fe para salir de la barca y... se hundió. Si él no habiera salido, no se hunde.
Hay gente que dice: “Yo no siento que está haciendo algo malo”. Eso dice porque ya se le murió el corazón. El que siente, al que le duele, el que reconoce que estuvo caído, ahora puede alabar al Señor que lo ha puesto de pie.
¿Sabes tú distinguir el tiempo en que has estado caído y cuando has permanecido de pie? ¿Notas la diferencia? Hasta la Historia se ha dividido en dos épocas: antes de Cristo y después de Cristo. Lo mismo pasa con nuestra historia personal: Puedes recordar tú tiempo antes de Cristo y también puedes testificar de la vida después de Cristo, cuando el Señor te ha levantado y te ha puesto de pie.
Este es el grupo de los que Jesús ha consolidado de nuevo y los ha puesto a caminar en su camino.
LOS VICTORIOSOS QUE YA SIRVEN. Dice Lucas que la suegra de Pedro se levantó al punto y se puso a servirles. Este último grupo de cristianos, el el que más necesitamos hoy en día. Pablo dice: “Quien siente que está de pie, cuida que no caiga”. Y, ¿cómo lograr no caer de nuevo? La suegra de Pedro no se puso a hacer promesas ni a pronunciar discursos. Se quedó serviendo en la misma casa en la que antes había estado enferma.
En esa misma casa donde te han aguantado tu mal carácter allí, donde han soportado tus deslices, tus pecados y todas tus cosas, ahí, donde te vieron caído, ahí deben verte feliz yo sirviendo.
Cuando el Señor visitó la casa de Zaqueo, todos le decían: “¡Cuidado que ése es un ladrón, cuidado con la bolsa!” A lo que Zaqueo replicó: “Señor, te prometo que ya no robo más. Devolveré cuatro veces más lo que he robado. No sólo se levanta, sino que se pone a servir, a dar...
Cuántas veces nosotros decimos al final del día: “Gracias, Señor, porque hoy no maté, no robé, no fui infiel, no dije blasfemias ni malas palabras, ni...!”
Pero, ¿qué hiciste hoy de bueno? No es suficiente evitar ser malo, es indispensable ser diferente. No basta no matar, hay que ayudar a que un muerto vuelva a la vida. No basta suprimir las malas palabras, es necesario decir una palabra de aliento y consuelo a quien lo necesita. No es suficiente evitar la infidelidad, debes llenar de felicidad a tu esposa. No basta decir: “estoy de pie”, es necesario poder decir: “estoy serviendo, sirvo de algo”.
Hay quienes mientras están en la Iglesia, en la casa de Pedro, toman, son tocaños, en nada ayudan, criticar, no leen la Biblia, para nada tienen tiempo; pero, en cuando les habla el Señor, se ponen la Biblia bajo el brazo y se van a otra Iglesia. Aquí oramos por él, soportamos todas sus faltas, y cuando quiere empezar, ¡se va!
Eso está como si la suegra de Pedro, una vez curada, se hubiera ido a trabajar a otra casa.
¡Quédate aquí y sirve a la Iglesia, a tu familia, a quienes han soportado el peor tiempo de tu vida! ¡No vayas a vivir a otra parte el mejor tiempo de tu vida! Vívelo con esa misma mujer con la que empezaste, con esos mismos hijos! ¡Vívelo con ese grupo que te acogió, que oró por ti, que te predicó la salvación, que fue testigo de que el Señor te tocó!
No vayas a decir: “Me voy a donde me den más, porque ustedes ya no dan más”. “Lo más” que te hace falta es dar gracias a Dios por lo que te ha dado, ponerte tu delantal y empezar a servir. No te hace falta buscar quien te siga alimentando.
Haz lo que dijo el hijo pródigo cuando volvió a su casa: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus siervos”. Este hijo estaba caído pero al regresar a la casa paterna, estaba dispuesto a ser tratado como un siervo.
Vamos a orar al Señor por todos los que estamos en la casa de Pedro, ya sea caídos, ya sea orando por los caídos, ya sea de pie, testificando o ya sea sirviendo, para que el Señor nos lleve a todos por el camino de su voluntad: Padre amado, ¡gracias por tu Palabra! Mírame, identificado con el grupo de los caídos. Señor, levanta a mis hermanos que están caídos, libera a mis hermanos encarcelados.
Ayuda, Señor, a los que están caídos en su pecado, haz que sientan que ya nadie los desprecia: hazle saber y sentir que aquí lo queremos, no por lo que es, sino por lo que tú sabes que va a llegar a ser con tu gracia.
Te alabamos, Señor, por la victoria que tú nos das, sobre nuestro pecado. ¡Gracias, Señor, bendito y alabado seas!
¡Señor, hazme útil! ¡Hazme siervo de tu Iglesia! Que no me conforme tan sólo con no llegar tomado a mi casa, ¡sino que sea amable!, ¡que no esté contento únicamente por ya no faltar mi fidelidad matrimonial, sino que sea cariñoso! ¡Que no me conforme sólo con no robar sino que ayude a los necesitados! ¡Que no me sienta satisfecho con no decir malas palabras, sino que anuncie tu Palabra!
¡Señor, si me has levantado, úsame en tu servicio! ¡Toma mi vida y hazla útil en mi familia, en mi país, en tu Iglesia!
Todo esto, Padre, te lo pedimos, en el nombre poderoso de tu hijo Jesucristo, el Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
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¡Alabado sea Jesucristo!
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